Siempre un verso suelto respecto a las tendencias de la música electrónica, el productor londinense Joseph Richmond-Seaton ha definido su propio camino en la frontera más experimental del house y el techno, ahondando cada vez más en el sincretismo entre lo orgánico y lo electrónico y perfeccionando, refinando, afinando su entendimiento de la melodía como catalizador de la emoción en la narrativa electrónica. A lo largo de tres álbumes notabilísimos, jazz, espiritualidad y (viento) madera han ido recubriendo en una sólida aleación cada raíz sintética de su imaginario, cada recurso digital, hasta darle forma a un yggdrasil seudomecánico, con savia de cromo y una vívida singularidad.
“Eulo Cramps”, su cuarto álbum, quizá no sea su obra más brillante. Pero quizá sí es la que sirve, de algún modo, como culminación de una visión que pretende dotar a las máquinas de cualidades naturalistas y romper las barreras entre lo orgánico y lo digital. Kotos –o más bien las distintas variaciones sonoras que saca Call Super a su arpa electrónica– y clarinetes que emulan bambúes, como en un jardín japonés, como Monet en su etapa de los puentes –“Ondo Helps Us Hear The Splinters”–, chocan a merced del viento con percusiones en pleno valle inquietante como las de “Clam Lute Wig”, entre el ambient siniestro y el free jazz, confundiendo naturaleza y mecanicismo. Los glitches de “Sapling” se abren camino, open doors, entre la voz de Eden Samara, que repta entre la selva con la velocidad de un depredador en una pulsión futurista, una corriente subterránea, que encuentra su horma espiritual en “Coppertone Elegy”: como un picor que se va aliviando, el tema va entrando poco a poco en una doliente alucinación, retirándose hasta desaparecer. Todo está en tensión, y en esa tensión encuentra paradójicamente su equilibrio.
La idea misma de tensión recorre de principio a fin “Illumina”, piedra angular del trabajo y ya clásico de la carrera del artista británico. Su simbolismo la hace prácticamente indescifrable, una pesadilla de ritmos difusos, colisiones espaciales y vacíos perfectos en la que la voz de Julia Holter parece asomarse desde otra dimensión. Pero su afán experimental no va en contra de su obsesión por extraer todas las posibilidades melódicas que le ofrece la estadounidense. Su delirio explota en un tono de Shepard que desaparece entre pajarillos electrónicos, y fragmentos de la voz de Holter regresan en forma de transmisiones perdidas a lo largo de “Glossy Bingo Stain”, donde los clarinetes atraviesan su fase más catártica al abrazo de un piano.
En ese universo, que puede parecer etéreo pero que está dotado de una tremenda fisicalidad, Richmond-Seaton se permite reflexionar sobre su propio cuerpo y sobre la fragilidad, exorcizando los traumas de juventud que le causó su enfermedad ósea. Las articulaciones renquean como un robot sin engrasar en “Years In The Hospital”, una abstracción psicodélica que se adentra en el sueño progresivo y que culmina todo un proceso de conceptualización en torno a la aceptación de la naturaleza dual de todas las cosas, incluidos los sentimientos y la memoria. Una simulación que se aprecia a la perfección, de nuevo jugando a las paradojas, en “Fly Black Stork”. El tema que más se aleja de los extremismos de “Eulo Cramps” y más cerca queda de algo universalmente reconocible como house es también el que mejor balancea la idea de una orquesta electrónica interpretada por las piedras de un arroyo, las cortezas de los árboles, el viento en las montañas y los restos de una humanidad hace tiempo abandonada. ∎