Álbum

Charlotte Cornfield

Hurts Like HellMerge-Popstock!, 2026

Hay discos, como la deslumbrante y última entrega “Hurts Like Hell” de Charlotte Cornfield, en los que te recorre por el espinazo esa electricidad de quien acaba de adentrarse en un garito clandestino. La cantautora de Toronto lleva más de una década siendo ese tesoro oculto de la escena canadiense, pero es ahora cuando se erige como piedra angular de una fascinante hermandad del folk confesional y atemporal. Es esa misma sensación que emana de otras compositoras de ese club secreto de la vulnerabilidad, donde ofician sacerdotisas de lo estoico y lo analógico como la californiana Jessica Pratt, la melancolía arqueológica de su compatriota canadiense Myriam Gendron o la sinceridad descarnada de la neoyorquina Joanna Sternberg. Paradójicamente, esta artesana de las seis cuerdas atesora un título en batería de jazz, un bagaje rítmico que la dota de una soltura natural y la aleja de cualquier rigidez previsible o académica.

Tras haber entregado hitos de calado como el celebrado “Highs In The Minuses” (2021), quizá su trabajo más reconocido hasta la fecha por cómo transitaba entre la ansiedad adulta y los recuerdos de hospital, Cornfield da ahora un golpe en la mesa con este último trabajo. Este álbum, forjado tras el nacimiento de su hija en 2023, es un tratado de alt-country y romanticismo abollado que supura la lucidez de quien ha decidido tomar una vista panorámica de la existencia. La maternidad la ha sacado de su propio ensimismamiento, otorgándole una maestría de brillante storytelling para perfilar personajes que trascienden el torbellino emocional de sus propios veintitantos.

Para cincelar esta obra, se alió con el productor Philip Weinrobe, colaborador habitual de Adrianne Lenker, cuya influencia se palpa considerablemente. Weinrobe metió a una banda de ensueño en una habitación pequeña, tocando todos juntos para capturar la fricción de la madera y las cuerdas. En un toque de astucia de estudio, incluso forzó a Charlotte a transponer las canciones a tonos más altos, empujándola a cantar desde un desfiladero emocional mucho más expuesto y frágil. Arropada por aliados de primer nivel como Buck Meek, El Kempner de Palehound y la elegantísima voz de Feist, el disco suena tan cálido y reconfortante como la ropa dando vueltas en una secadora en un día de sol.

“Before” funciona como un inventario minucioso de los destellos que cimentan una historia (el viento del Pacífico, dormir en el coche bajo las estrellas), culminando en esa despedida en la puerta nueve del aeropuerto que desemboca en un mantra hipnótico: Real love, no fantasy”. Una letanía que se repite hasta la saciedad para desterrar cualquier idealización y aferrarse a la certeza de un amor tangible. Inmediatamente se abre paso al corte homónimo, “Hurts Like Hell”, una trémula balada sobre el amor entre gente tímida que lidia con el miedo visceral a bajar las defensas.

Cornfield se revela como una funámbula de las pequeñas tragedias ajenas en la descorazonadora “Lost Leader”, retratando a un líder musical en declive que mendiga atención entre fans despistadas. No falta tampoco la nostalgia de la juventud dilapidada en “Long Game”, rememorando esas madrugadas de barra y desengaño, ni el estallido enérgico de “Lucky”, donde busca un respiro temporal al peso aplastante del mundo. Sin embargo, la candidez más absoluta resplandece en “Squiddd”, la crónica de un flechazo en un tugurio con el cantante de una banda donde se escupen los versos más tiernos y contemporáneos que un músico puede articular hoy en día: You had part of the mic cable curled in your / Hand when you addressed the crowd / You sang ‘I wanna share files with you, I wanna share files with you’”.

Esa pátina de honestidad a tumba abierta alcanza su cénit en “Living With It”, un dueto vaporoso con Feist (que ya os adelantábamos aquí) sobre la resaca de una ruptura donde nadie quiere borrar el número del otro, un sentimiento que se entrelaza a la perfección con la vulnerabilidad de “Number”, donde la nieve en el umbral hace aflorar la duda de si aún conserva su contacto. Es un disco que abraza la crudeza física y terrenal, admitiendo haber estado embarazada sin saberlo mientras vomitaba en la costumbrista “Kitchen”, para rematar la faena con “Bloody And Alive”. Este epílogo mínimo narra descarnadamente la exactitud sagrada del parto a medianoche, ensangrentada y sosteniendo a su hija por primera vez.

“Hurts Like Hell” consagra así a Charlotte Cornfield, haciendo que una se sienta con este disco como una feligresa privilegiada que acaba de dar con un secreto endiabladamente especial. Como dato curioso: la amistad con Feist surgió gracias a que ambas pertenecen a un grupo de apoyo para madres músicas. Feist grabó sus partes por separado y se las envió por internet, un proceso que Cornfield recibió con mucha emoción mientras ella misma estaba de gira. Al final, entre berrinches de madrugada y notas de voz, queda claro que compartir archivos de audio es la versión moderna y eficaz de las señales de humo entre náufragas. ∎

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