Álbum

Chet Faker

A Love For StrangersDetail-BMG, 2026

Suele decirse que para avanzar hay que mirar por el retrovisor, no por nostalgia barata, sino por pura supervivencia. Nick Murphy (Melbourne, 1988) saltó al mapa como Chet Faker en “Built On Glass” (2014), un alias que homenajeaba al jazzista Chet Baker y que le sirvió para convertir en fenómeno global aquel soul electrónico nacido de su versión viral de “No Diggity” de Blackstreet (que no de los Boys). Cuando todo parecía encarrilado, decidió frenar en seco: en 2016 dejó el nombre que lo había hecho famoso y empezó a publicar como Nick Murphy para escapar de la etiqueta y probar otros territorios sonoros en trabajos como su gran “Run Fast Sleep Naked” (2019). Fue una etapa de experimentación consciente, casi una huida necesaria para no quedar atrapado en la versión más cómoda de sí mismo.

Desde 2020, lejos de elegir entre uno u otro, ha aprendido a convivir con ambos nombres. Bajo su nombre real se permitió explorar paisajes más introspectivos y casi terapéuticos en “Music For Silence” (2020). Bajo el alias recuperó el pulso del soul electrónico con el que conecta con el público en “Hotel Surrender” (2021). Ahora reconoce que ha completado un ciclo de quince años que lo ha devuelto al punto de partida. En “A Love For Strangers” se acaba el tira y afloja. Murphy firma la paz consigo mismo y vuelve a ponerse el traje de Chet Faker, asumiendo que el alias ya no es un corsé del que deba huir.

El título encierra una premisa casi filosófica que Murphy ha madurado tras un golpe de realidad: la muerte de su padre por COVID y el aislamiento de la pandemia. No es un disco sobre el amor romántico de escaparate, sino sobre la urgencia de recuperar la fe en los demás y en nosotros mismos cuando nos sentimos como extraños. La arquitectura sonora del álbum es una amalgama de soul, electropop y ese yacht rock de seda que tan bien le sienta. El primer sencillo, “Far Side Of The Moon” (lanzado en julio de 2025), ya adelantaba el ritmo de una tríada inicial de canciones que suenan bastante similares pero con ligeras variaciones. Es una pista de entrega total que usa la cara oculta de la luna como metáfora de la distancia absoluta: no dice “ven a mí”, sino “llámame desde el lugar más inaccesible y aun así iré”. Trata sobre volver a creer en uno mismo y en los demás tras haber superado grandes dificultades.

Esa inercia se confirma con “Over You”, que arranca con un piano cálido y un beat ultrafluido que instala el disco en un electro chill de terciopelo. Sobre esa base, Murphy lanza su falsete de manual: “I was getting over you”. Le sigue “1000 Ways”, donde la pajarería de fondo y el piano nos meten en una declaración de aceptación: “A thousand ways to know you, a thousand ways to fall in love”. Es inevitable sentir que ambas pistas son ramas del mismo árbol.

El disco cambia de temperatura cuando irrumpe “This Time For Real”, un descarte recuperado de hace cinco años que inyecta un chute de góspel-soul. Para quienes prefieren el repliegue absoluto, ahí está “Can You Swim?”, una balada de piano desnudo donde Faker arrastra las vocales con deliberación. Una pista perfecta para que los móviles iluminen la penumbra de cualquier festival. También hay espacio para el desvío, como en “The Thing About Nothing”, ese duelo de falsetes con aLex vs aLex donde la voz de Sofia Insua dialoga, también en castellano, con la suya. El tema suena como si hubiera sido grabado en dos husos horarios distintos y, aun así, encaja perfectamente dentro del serpenteante rastro emocional que va dejando el disco.

La riqueza en los arreglos nos lleva también a un escenario casi beatlesiano en “Inefficient Love”, una de las canciones más brillantes de esta entrega, o a texturas que remiten al Bon Iver más atmosférico en “A Level Of Light”. También está su corte más Panda Bear y festivo “OH NO OH NO”. Al final, el círculo se cierra con otra balada: “Just My Hallelujah”. En sus últimos treinta segundos, uno se imagina al hombre de Melbourne sentado al piano en una iglesia oscura, rodeado de cientos de velas e invocando los restos de un amor que se desvanece.

En definitiva, “A Love For Strangers” es un diario de grietas y suturas. Chet Faker ha construido un refugio de vidrio un poco más grueso y resistente que el de aquel lejano 2014. Es posible que a este banquete de cuarenta y cinco minutos le falten canciones memorables, pero resulta innegablemente agradable. Es el tipo de álbum que encajaría a la perfección como hilo musical en un vuelo transoceánico o incluso en un ascensor de diseño. ¿Y por qué no? Sin ánimo de ser condescendientes, también hacen falta discos así: simplemente confortables, algo sofisticados, ligeramente expansivos. Este 2026 ya tiene su banda sonora para esos extraños que nos cruzamos cada mañana y a los que, quizás, deberíamos aprender a querer un poco más. Aunque solo sea por puro egoísmo vital. ∎

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