Sostiene
Christina Rosenvinge que nunca se le ha dado bien mirar hacia atrás, y
“Lo nuestro” es la prueba definitiva de que la cantante madrileña tampoco necesita echar mano del retrovisor: le basta con lanzarse a campo abierto para despedirse de todas esas encarnaciones que habían paseado por los surcos de
“Foreign Land” (2003) y
“La joven Dolores” (2011) e inventar una nueva versión de sí misma. Borrón y cuenta nueva para una artista que, además de cambiar de sello, parece haberse cansado de ser vista como una cantautora folk lacónica y misteriosa y se desmarca con un disco deliberadamente extraño y contrahecho. Un disco de canción industrial y ribetes góticos, pop borroso para casar a The Cure con Franco Battiato, que arropa algunas de sus letras más trabajadas, comprometidas y valientes.
Un disco que pide paciencia –sobre todo, para acostumbrarse a los gorgoritos arrebatados de
“La tejedora” y a unos arreglos que huyen del confort–, pero que, a cambio, aniquila cualquier posible vínculo con la canción frágil y temblorosa. Así, donde antes buscábamos belleza y encanto, encontramos ahora himnos retorcidos y perversos (
“Alguien tendrá la culpa”), envoltorios umbríos y parcheados sintéticos (
“Lo que te falta”), abrasiones monolíticas (
“La muy puta”) e inesperadas erupciones de tecnopop (
“Segundo acto”). También emergen ligeros esbozos de aquel folk hipersensible que jalona su discografía, pero incluso la aparente sencillez y ligereza instrumental de
“Liquen” y
“La absoluta nada” presentan a una artista que, superada ya la barrera de los 50, está muy segura de lo que quiere y de cómo conseguirlo. ∎