Álbum

Daft Punk

DiscoveryVirgin, 2001
Como parece ser que el underground ya no existe, Bangalter y de Homen-Christo se lanzan de cabeza a la piscina de la horterada con barniz moderno y regenerador. Porque eso es “Discovery, un álbum de Daft Punk de cromos y recortes que juega a la carta de la nostalgia y la provocación para intentar justificar sesenta minutos de voces filtradas, tecno-pop inofensivo, funk anémico y heavy trasnochado. Los firmantes de “Homework” (1997) –un disco sobrevalorado hasta la saciedad; la clave de su “importancia” habrá que buscarla, imagino, en la escasez de obras largas con verdadera enjundia dentro del ámbito electrónico de consumo– han respondido a la (supuesta) presión de la industria hurgando en el baúl de sus recuerdos adolescentes y destapando su debilidad por cosas como Buggles, el metal cardado, Supertramp, Genesis y otras más innombrables. Muy, muy punk.

El dúo powerrangeriano argumenta que es posible sacar oro de la basura y que con “Discovery” –¿un homenaje a la Nasa o (very/disco) a los Pet Shop Boys?– han intentado hacer continuos equilibrios entre lo sublime y lo ridículo, huyendo de la pureza de géneros para crear algo nuevo, eufórico, festivo y lúdico. Nada que objetar a tan alto objetivo, excepto que lo que suena es tan vacío, aburrido, risible y hueco como sus pretendidos objetos de adoración. ¿Dónde está la ironía o, como mínimo, unas cuotas de creatividad propia que justifiquen el engendro? Es muy fácil escudarse en frases tipo “nuestra música huye del mensaje” cuando lo que llega a los pabellones auditivos es una colección de sintonías de electro-chungo (“Crescendolls”), disco-chochi (“High Life”), baladitas que no colarían ni en un MP3 de Prince (“Something About Us”) y neosinfonismos a lo “Hooked On Classics” (“Aerodynamic”, “Veridis Quo”).

Ni tan siquiera son capaces de sacar el genio cuando intentan fusilar a los Headhunters (“Short Circuit”) o a Chic (“Face To Face”). Con este panorama, resulta que el sospechoso single de adelanto (“One More Time”: Cher con dos copas de más, que dijo un francés en un extraño momento de autocrítica) y “Too Long” (cierre en potable clave de house profundo, también con Romanthony en la parte vocal) están entre los pocos momentos realmente salvables del álbum que tenía que poner patas arriba el circo de la música en el 2001. Así que llámenme anticuado, serio, trascendente, hetero, intelectual, aguafiestas, muermo, sesudo y reaccionario. Pero si esto es el pop del siglo XXI, que venga, ya, H.G. Wells y me teletransporte. Lejos. A cualquier otro lugar. ∎

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