Graba para Mute, el sello de Einstürzende Neubauten, The Pop Group y Swans, y no desmerece de tales próceres de la música intensa y vanguardista. Nos referimos a Desire Marea, un inclasificable y ambicioso músico sudafricano que, además de hacer gala de su condición de gay, se lamenta de la homofobia rampante en un país de machos como el suyo, con una música que es tan libre como su ideología. La defensa de la libertad sexual y de los derechos del colectivo LGBTQI ha sido una de sus prioridades, desde el primer álbum, “Desire” (2021), un trabajo mucho más electrónico, con un determinante single, “You Think I’m Horny”, que cuestiona la hipersexualización del mundo gay; un himno que mezcla espiritualidad soul y decorado techno espeluznante. Capaz de falsetes rompecorazones y de aquelarres sónicos pavorosos, de aunar experimentación extrema y melodía pura, algunas canciones, como “Studies In Black Trauma”, parecían ritos de iniciación, y eso que aún no se había metido a estudiar a los antepasados. Eso sucedió después.
Durante los dos últimos años ha estado aprendiendo de curanderos tradicionales nguni, un grupo bantú sudafricano, la técnica de curación conocida como sangoma, un término zulú que engloba un significado holístico y simbólico de creencias sobre los ancestros, que guían y protegen a los vivos a través de la posesión espiritual de un médium o de la interpretación de los sueños. Esto lo ha llevado a cambiar radicalmente su posicionamiento estilístico, a rodearse de una numerosa banda que engloba a algunos prestigiosos músicos sudafricanos, procedentes del campo del jazz, como Lwanda Gogwana (trompeta), Alex Hitzeroth (trombón), Sibusiso Zondi (batería), Sibusiso Mash Mashiloane (teclados) o Portia Sibiya (bajo). También de Andrei Van Wyk (guitarra), un músico experimental versado en collages sónicos, jazz improvisado y drones, y de Leroy Mapholo (violín), otro músico avanzado de Johannesburgo activo en proyectos mutidisciplinares que exploran el significado de la identidad.
Es algo por lo que Desire Marea está muy preocupado, tal como demuestra el potente vídeo que ilustra su single “Be Free”, cuyo prominente erotismo homosexual es utilizado para mostrar de manera descarnada lo duro que puede llegar a ser gay en un mundo homófobo. Y lo hace con una música que es una auténtica catarsis, con la parsimonia del doom metal y una atmósfera psicodélico progresiva, en una progresión llena de detalles y que explota en un océano de teclados y voces. Únicamente con este tema ya se puede comprobar su ambición; cinco minutos que son como una opereta, cantada en ingles y en zulú, y que demuestran de lo que es capaz con su voz. Según afirma Marea, está inspirado en algo que dijo su admirado Marlon Riggs (1957-1994), cineasta, poeta y activista tejano que hizo varios documentales explorando temas de raza y sexualidad en Estados Unidos: “Black men loving black men is the revolutionary act”. Así, según explica, “la canción relata la historia de amor de dos hombres a través de la crisis de masculinidad, en el hipermasculino mundo sudafricano de las mafias del taxi, uno de los muchos lugares donde los gays tienen que sobrevivir bajo una capa de opresión que se suma a la violencia homofóbica del mundo entero”. Y añade que para él es importante explicar esta historia porque “el amor, incluso en las más pésimas condiciones, es siempre una historia que vale la pena contar”.
Grabado con los músicos tocando en directo y en algunos casos en una sola toma, en este alarde de creatividad sin cortapisas se atreve con todo, incluso con la tonalidad operística que aporta Zoë Modiga a “Rah”. La cantautora sudafricana –con dos álbumes en su haber que mezclan jazz con música sudafricana– demuestra que tiene un registro espectacular, capaz de unos agudos sobrenaturales que relucen en grado sumo en tan espiritual pieza; unos lamentos que, dialogando con la quejumbrosa voz del protagonista, alcanzan cotas de gran lirismo con el uso del bel canto. El tema dura ocho minutos, pero aún se reserva otra odisea que se acerca a los diez para el final: el hipnótico “Banzi”, que busca provocar un estado de trance similar a la práctica de Marea como sanador; jugando con metales repetitivos, percusiones sincopadas y voces de ultratumba, logra una apabullante mezcla entre post-rock y free jazz, coronada por una voz gutural y áspera, que explota en una gran risotada entre un maelstrom instrumental.
En el extremo opuesto, “Ezulwini” es como un mantra, iniciado con piano y voz, pero cortocircuitado por sarpullidos de guitarra, que va creciendo con pulsión shoegaze, mientras él repite imperturbable “I wanna see you levitate” (“Quiero verte levitar”) a la manera de cuando Benjamin Clementine impresionaba. Así de atormentado se muestra un Desire Marea que también sabe evocar la sensación de ingravidez en “Makhukhu”, con profusión de arreglos orquestales y una manera de cantar completamente emocional y soul, pero de un soul que no tiene nada que ver con el revival, sino con el sentido literal de alma, doliente y desgarrada. Igual de íntima y sensual es “Skhathi”, aunque con una coloración que recuerda a la música coral sudafricana.
Cada canción es un mundo y nunca mejor dicho; en “Mfula” empieza dominando la tensión del rock, con la intensidad de un rito chamánico, para luego volverse mucho más melódico. Todos los temas guardan sorpresas: en “Arrival”, lo que parece algo funk se vuelve un festival de vocalese experimental, entre Frank Zappa y el coro de la iglesia, en un festín de voces que deja claro el grado de sofisticación de su música. ∎