Providence, Rhode Island, 2011. Joey La Neve DeFrancesco trabajaba en el Renaissance Hotel y tocaba en la charanga What Cheer? Brigade. Un día reunió a sus compañeros, entró con ellos en el hotel y, mientras sonaban los metales, le puso a su jefe la carta de renuncia en la mano. Alguien lo grabó. El vídeo (“Joey Quits”) se hizo viral en plena resaca de la crisis de 2008, cuando largarse de un empleo precario con una fanfarria era una pequeña venganza que sabía muy bien. Bueno, no es que ahora no lo sepa.
En ese hotel, DeFrancesco y Victoria Marie organizaban a los trabajadores para afiliarlos al sindicato, y ahí se conocieron. Hoy se llaman Downtown Boys y son cinco. Victoria Marie pone la voz y grita más de lo que canta, en español y en inglés. DeFrancesco lleva la guitarra y le responde a voces, Joe DeGeorge mete el saxo y los teclados, Mary Jane Regalado el bajo, Joey Doubek la batería. Dos latinas, tres hombres blancos. Desde el primer disco las canciones cuentan lo que se hablaba en las asambleas: turnos, sueldos, explotación, la rabia de aguantar todos a la vez la misma injusticia.
“Public Luxury” es su cuarto disco y el primero en casi una década. Cantado en spanglish, el concepto parte del eslogan “suficiencia privada, lujo público”, que lleva años siendo repetido por la izquierda ecologista y fue acuñado por George Monbiot. Es, por supuesto, un disco de punk, pero mezclado con varias cosas: caja de ritmos y batería orgánica peleándose, el saxo de DeGeorge sosteniendo un riff, acordes de house, un bolero.
El lujo que conocemos es privado: cada uno acumula lo suyo, su coche, su piscina, su segunda casa, y casi nadie llega. El lujo público es lo contrario, cosas magníficas que son de todos porque no son de nadie en particular: bibliotecas, parques, piscinas municipales, transporte, una buena plaza. “Public Luxury” reclama eso desde temas como “No me jodas”. El single que abre el disco es punk a secas, rápido y agresivo, pero su vídeo y su actitud remiten a la chicha peruana: esa cumbia eléctrica que inventaron en los setenta los migrantes andinos llegados a Lima, guitarras psicodélicas sobre ritmo bailable, la música con la que una clase entera llenaba sus fiestas después del trabajo.
Además del anarcocomunismo, otra temática rodea el disco: la abuela de Victoria Marie murió en mayo de 2025 (poco antes de las grabaciones) y el duelo se cuela por debajo de casi todo. “Sirena”, por ejemplo, crece a partir de “Gema”, un bolero de Los Dandys que aquella mujer adoraba, pero con la voz de Victoria cantando a grito pelado. “La gema, la joya, divina, preciosa”, canta: el duelo de una nieta metido en un disco de punk. Por su parte, “You’re A Ghost” mueve una caja de ritmos industrial contra las redadas del ICE, y “Viva la rosa” se agranda con una guitarra que sube progresivamente sobre una letra inspirada en Federico García Lorca: “Todavía creo en un futuro, todavía veo nuestros muertos”. “The City Begins” y “Enemy Without” (esta no llega a los dos minutos) son el punk de puño en alto, rápido, corto y calimochero. “Mi concha”, rescatada del proyecto de synth-punk que Victoria y DeFrancesco llevaban aparte, Malportado Kids, repite “mi concha no es bastante blanca para ti” sobre ritmos sincopados. “Yellow Sun”, en cambio, es una rara avis: todo lo que puede ser un medio tiempo dentro de este disco, y bastante más cercano a esas bandas seudopunkis, seudoindies.
El final junta dos títulos hermanos, “Public Works” y “Public Luxury”, fundidos en un baño de sintetizadores y, esta última, acordes de house: la obra pública, que es el trabajo de organizarse, y el lujo público, que es la recompensa de un mundo con todo para todos. No puedes tener uno sin el otro. La esperanza que ofrecen está magullada y a ratos es torpe, y justo por eso se la cree uno. ∎