Álbum

Flora Yin-Wong

Holy PalmModern Love, 2020

Al abrir los ojos en medio de la oscuridad, es necesario esperar a que la vista se acostumbre para empezar a distinguir formas en la penumbra. Ocurre algo parecido con “Holy Palm”, el primer álbum de Flora Yin-Wong, que utiliza la yuxtaposición de elementos dispares como la base de su lenguaje sonoro, dotando a ambientes y texturas erosionadas digitalmente de una cualidad casi táctil.

La suya es música hermética, creada a partir de interrogantes. Muchos de los temas de “Holy Palm” surgieron durante el tiempo que Yin-Wong –que nació y creció en Londres– pasó en Hong Kong, Japón e Indonesia en los últimos años. Flora buscaba reconectar con su herencia asiática, y, de algún modo, el sustrato religioso que impregna la vida en esos lugares ha acabado filtrándose en estas piezas. Hay algo en ellas que remite al influjo de las supersticiones y los rituales, como si el sonido también estuviera regido por leyes secretas, por una mecánica incomprensible.

Mediante técnicas digitales de procesamiento de audio, Flora manipula instrumentos de cuerda como el violín, el yangqin chino o el kemenche turco, laminando esas muestras (como en los nueve minutos de “Śūnyatā”, la oceánica pieza central del álbum que toma su título de la idea de la vacuidad en el budismo) o enfrentándolas con motivos rugosos y metálicos (“Tirta Empul”, “Bitterness”).

Su aproximación al diseño sonoro es hiperdetallista: se esmera en las terminaciones de cada fragmento y trata cada patrón como un objeto de coleccionismo que merece ser expuesto delicadamente. De hecho, adentrarse en “Holy Palm” es como hacerlo en un gabinete de curiosidades.

También hay espacio para dos temas (“Aurochs” y “Diyu”) en los que Yin-Wong rompe con el juego de superposiciones y contrastes que sirve para armar el discurso del disco para ofrecer su propia versión de la música de club deconstruida. Y, cuando los timbres de metal de “Of The Ferns” se apagan, un epílogo: “Loci”, dividida en dos partes. Dos mitades simétricas que forman un segmento de treinta minutos que sirve como reverso del resto del álbum; un apéndice en forma de collage sonoro, hecho de cientos de grabaciones que Flora –acostumbrada a registrar su vida en notas de audio de iPhone– preserva en su forma original y que ya utilizó en “Ubi Sunt” (2019), su colaboración con el artista audiovisual Go Watanabe para los Somerset House Studios.

Esas tomas en bruto –sin apenas edición– encierran pistas concretas: los cánticos de monjes en un templo chino, el tránsito en el aeropuerto de Bali, “Rhythm Of The Night” de Corona retumbando en los altavoces de un Uber de madrugada o pisadas sobre la nieve en Hokaido, entre muchos otros fragmentos. Son escenas que se intercalan en una sucesión de imágenes de entornos urbanos y paisajes naturales, formando un diario sonoro que parece aleatorio, pero que no tarda en revelar profundidad de campo.

Tanto en esa media hora final a modo de anexo como en las piezas más elaboradas que conforman el grueso de “Holy Palm”, Flora difumina la frontera entre material fuente y creación original, entre edición de audio y composición, para meditar sobre la relación entre el espacio y la memoria, así como sobre la separación entre lo tangible, lo sensorial y lo invisible. Son ideas en las que profundizará en “Liturgy”, su primer libro, que recogerá vivencias de aquellos viajes, ficción, arte visual, tradiciones cantonesas y taoístas y servirá para complementar una música que ya de por sí parece desbordar el soporte audio. ∎

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