Diez años esperando este disco y resulta que J. Cole no estaba exagerando: “The Fall-Off” es su trabajo más ambicioso, más completo y, probablemente, su mejor álbum. Un doble disco de 24 canciones que funciona como cierre de círculo perfecto desde “The Come Up” (2007) hasta aquí, el supuesto final de su carrera. Y lo hace con una honestidad brutal que pocas veces se ve en el hip hop de este nivel.
El concepto es simple pero efectivo: “Disc 29”, el primer volumen del lote, es Cole volviendo a Fayetteville tras triunfar en Nueva York, con todas las contradicciones de ser el héroe local. “Disc 39”, el segundo disco, es la misma escena una década después, más maduro, casado, padre de dos hijos, con menos hambre pero más claridad. No es nostalgia vacía, es Cole haciendo balance: qué ganó, qué perdió, qué significa realmente haber llegado. Las portadas son literales: fotos de su habitación que él mismo tomó con 15 años. Fotos con pósteres de 2Pac, Biggie, Eminem, 50 Cent o DMX en las paredes. Todo el disco está construido sobre esa tensión entre el chaval que soñaba con ser rapero y el hombre que lo consiguió y ahora se pregunta si valió la pena.
Y aquí está lo importante: Cole rapea como un cabrón. Cuando se pone técnico sobre beats contundentes –“Two Six”, “WHO TF IZ U” con sample de Mobb Deep, “Old Dog” con Petey Pablo–, recuerdas por qué está donde está. El storytelling es impecable: “SAFETY” con Cole interpretando a sus colegas de Fayetteville que le cuentan quién murió y quién está preso, “The Let Out” con la paranoia de salir del club por la noche, “Life Sentence” –en la que interpola “How's It Goin’ Down” de DMX– para hablar de su mujer. Son escenas cinematográficas, narradas con esa mezcla de vulnerabilidad y técnica que solo Cole consigue.
La producción es orgánica, variada, con T-Minus, Ibrahim Hamad y el propio Cole como ejecutivos, más The Alchemist, Boi-1da, Beat Butcha y FnZ. Las colaboraciones están perfectamente dosificadas: Future en dos temas, “Run A Train” y “Bunce Road Blues” también con Tems; Burna Boy en “Only You”; Erykah Badu en “The Villest”. No saturan, acentúan. Y cuando Cole se pone experimental –“Bunce Road Blues” funciona como nota suicida lírica–, el riesgo merece la pena.
¿Problemas? Claro, son casi dos horas de música y hay momentos donde la introspección se vuelve circular. Algunos temas del segundo disco funcionan mejor en concepto que en ejecución. Pero eso es parte del punto: Cole no está haciendo un disco para las listas, está cerrando una carrera de veinte años con todo lo que eso implica. El final es “Ocean Way”, un tema sin rimas, casi ambient, que funciona como despedida en paz. Y funciona precisamente porque no fuerza nada, porque Cole se ha ganado el derecho a irse así, sin aspavientos.
Robin Murray en ‘Clash’ lo llamó “obra maestra” y no le falta razón. Es un disco hecho desde la madurez, no desde la inseguridad. Cole ya no necesita demostrar nada, y esa libertad se nota. Es un trabajo denso, literario, que requiere varias escuchas para apreciar todos sus matices. No es el disco más inmediato de Cole, pero sí el más completo. Si realmente es su despedida, se va habiendo conseguido lo que se propuso: hacer su mejor trabajo cuando más importaba. ∎