Jerskin Fendrix es el nombre artístico de Joscelin Dent-Pooley, un compositor que emergió ante el público en 2020 (su edad es indeterminada, pero puede que fuera a los 25 años) con su disco de debut “Winterreise”. Rápidamente se convirtió en una de las promesas más destacadas entre los artistas programados en The Windmill, el prestigioso local del barrio londinense de Brixton en el que también se dieron a conocer, por citar unos pocos ejemplos, Fat White Family o black midi –estos últimos, amigos suyos desde que llegó a Londres procedente de Shropshire (el condado agrícola y ganadero al que su familia se trasladó en 2001, cuando Joscelin tenía 6 años) y con quienes colaboró en una canción, “Ice Cream”, publicada en un disco benéfico navideño publicado en diciembre de 2018–.
“Winterreise” llamó la atención del cineasta griego Yorgos Lanthimos, que le encargó la partitura para su película “Pobres criaturas” (2023). En poco tiempo, el artista experimentó un reconocimiento internacional: esta banda sonora fue candidata al BAFTA, al Óscar y al Globo de Oro y en 2024 consiguió en Reino Unido el premio Ivor Novello a la Mejor Banda Sonora Original, además de ser considerado “Compositor del año” y “Descubrimiento del año” en los World Soundtrack Awards que concede en Bélgica la Academia Mundial de Bandas Sonoras, durante el Festival de Cine de Gante.
Tras ese primer encuentro, Fendrix ha seguido desarrollando su carrera como compositor para Lanthimos –tanto en “Kinds Of Kindness” (2024) como en “Bugonia”, que se estrenará mundialmente este próximo 7 de noviembre–. Pero, en realidad, cronológicamente, Jerskin Fendrix se entregó enseguida, nada más publicar “Winterreise”, a la elaboración de su segundo álbum de canciones, “Once Upon A Time… In Shropshire”, que ha terminado apareciendo casi cinco años después, dado el frenesí de encargos al que se vio sometido por Lanthimos. El disco ha sido definido en ‘The Quietus’ como su “álbum country”: “of country death songs, country life songs and country love songs”…
Desde luego, desde una óptica literal, no es, en absoluto, un álbum country, aunque el comentario tenga que ver con el ambiente no bucólico pero sí rural –británicamente rural– en que se ha sumergido Jerskin Fendrix. Digamos, quizá, que sí es su “county album”… por el condado de Shropshire. Pero ¿qué es lo que le llevó a centrarse en el condado en el que creció? El suicidio en 2020 de uno de sus amigos íntimos de la adolescencia, a quien quiso rendir homenaje. Así comenzó “Once Upon A Time… In Shropshire”, que se convirtió en un disco mucho más complejo, ya que Fendrix necesitaba aportar contexto sobre el rincón del mundo en el que su amigo y él habían crecido. Hablar de su infancia, sus amigos, su adolescencia y juventud y todas las cosas que habían compartido no tenía sentido sin mostrar también cómo es Shropshire. Durante ese proceso, ralentizado por la elaboración de las dos primeras bandas sonoras, también se produjo la repentina enfermedad e inesperado fallecimiento de su padre, en mayo de 2022, cuando Fendrix seguía trabajando en las canciones de este disco, que se nos muestra con una trama densa que abarca la vida de su autor, la de su familia y la de su condado natal. A lo largo de casi una hora de grabación, se siente el peso de todo, en constante cambio, sin llegar nunca a estabilizarse, acompañado por la inevitabilidad de la muerte.
El tema que abre el álbum, “Beth’s Farm”, comienza cantado con la técnica medieval del “hocquetus” al tiempo que el texto captura una escena bucólica idílica en la que los animales campan a sus anchas y los jóvenes se divierten: “Nos besamos bajo el manzano / Y nunca me había sentido tan enamorado hasta ahora / Enlazamos la noche sentados en la granja / Pon Kanye, pon Rosey, pon Mulan. / Bailamos en el granero / nos encontramos en el barro. / Tú ríes y la luz de la luna brilla sobre los cultivos. / Aquí no hay dolor, aquí no hay sangre. / Y tus ojos brillan como dos perlas”. La letra de “Mum & Dad” toma la forma de una conversación con sus progenitores, y “King Lear” es otro homenaje más a su padre, que había sido profesor de literatura inglesa, con Shakespeare como una constante a lo largo de la educación del joven Jerskin Fendrix.
El disco podría ser una sucesión de atmósferas viciadas por la claustrofobia, a la manera del “Nebraska” (1982) de Bruce Springsteen, que tan de actualidad está ahora, pero, aunque “Once Upon A Time… In Shropshire” está envuelto en dolor y nostalgia, no está exacerbado en su dramatismo, sino que logra transmitir, paradójicamente, ganas de vivir. Fendrix ha dicho que intentaba “transmitir lo bucólico y paradisíaco que era todo antes de que empezara a corromperse”, de forma que podemos entender este álbum como una carta de amor idealizado a las cosas que una vez existieron y ya no existen.
“Once Upon A Time… In Shropshire” refleja estas emociones vastas y complejas en un conjunto de canciones audaz y dramático, desgarrador, vulnerable, íntimo y, también, divertido. Hay pop de cámara arrebatador, exploraciones clásicas vanguardistas, baladas tiernas y canciones para cantar en grupo alrededor del piano familiar. Fundamentalmente, piano y violines, salvo en dos (o tres) momentos más arrebatados: “Princess”, “Jerskin Fendrix Freestyle” y “Sk1”, una pieza, esta última, de post-rock con momentos electrónicos de erupción volcánica.
Aquí, al contrario de en “Winterreise”, donde acudía al Auto-Tune para dar energía hyperpop a las canciones, no hay efectos vocales que enmascaren su espíritu cálido e intimista. Y ya que citamos constantemente “Winterreise”, no estaría mal que lo escucharais… Completamente distinto a “Once Upon A Time… In Shropshire”, es un ejemplo fabuloso del camino de pop experimental por el que podría haber seguido deambulando Jerskin Fendrix si la vida no se le hubiese cruzado por delante. ∎