Ya hace un par de años que se lleva hablando bastante en los circuitos electrónicos de Miami y su efervescente escena. Especialmente desde que Nick León, el principal estandarte de la ciudad en materia techno, conquistara las pistas con “Xtasis” (tanto en su versión original como con el remix de Pearson Sound) y apareciera en la mayoría de medios de referencia, bien siendo reseñado, grabando mixes o concediendo entrevistas. Jonathan Trujillo, aka Jonny From Space, es amigo y colaborador de León, y, junto al dúo INVT y el veterano Danny Daze, forman la avanzadilla de la nueva electrónica que Miami muestra al mundo. Pero ahí donde Leon o INVT proponen contundencia, breaks hinchados y rítmica latina (la influencia cubana es perenne en la ciudad de Florida), Trujillo se ha ido concentrando en los dos últimos años hacia los tempos medios y bajos, las melodías sinuosas y unos beats sutiles que se alejan de la pista para buscar cierta profundidad de campo.
Y ahí es donde entra el otro gran foco que explica este primer álbum oficial de Jonny From Space: Nueva York, personificado en la figura de Anthony Naples y su sello, Incienso, sin duda uno de los más interesantes de los que operan desde hace tiempo en la Costa Este americana. La IDM elegante, orgánica y levemente oscura de Trujillo encaja perfectamente en un catálogo en el que también encontramos a héroes americanos que se salen por la tangente (DJ Python, Huerco S) y británicos de pura finura en el corte y confección (Call Super, Facta). Pero a quien de verdad remite este “Back Then I Didn't But Now I Do” es al propio Naples y su último disco, “orbs” (2023), al que se parece en timbre, tono, tempo, melodías, estructuras e incluso portada.
Ambos discos recuperan sin miedo alguno dos géneros que durante años parecían algo denostados por su excesiva proximidad nostálgica, pero que el paso del tiempo está devolviendo despojados de prejuicios: el downtempo y el trip hop. De hecho, un tema como “Slip”, quizá el highlight más claro del álbum, puede recordar a los beats secos del mejor Dabrye y un poco también al misterio de Boards Of Canada, ídolos de esa electrónica ensoñadora de finales de los noventa y principios de los dos mil que sirvió como escuela de aprendizaje para oyentes que quisieran explorar zonas alejadas de la pista o relajar las revoluciones una vez terminada la noche en el club. Música melancólica, sin estridencias, con un punto inquietante pero no demasiado, de diseño sonoro perfectamente modulado y que no siente la necesidad –muchas veces agotadora– que empuja a muchos productores actuales a querer revolucionar, impactar y agitar en cada beat y línea de sinte. Al final, la mejor definición la da él mismo: “an album built to chill”. Habría que añadir que, si es un “chill” bueno, sin cursilerías ni pastiches, con cierta tensión y personalidad, bienvenido sea. Y sí: este lo es. ∎