Álbum

Juliana Hatfield

Lightning Might StrikeAmerican Laundromat, 2025

Hay al menos dos cosas sorprendentes del último álbum de Juliana Hatfield. La primera, aunque se suele decir, no deja de ser notable: su voz se mantiene prácticamente intacta, tras casi cuarenta años de carrera y dieciséis álbumes de estudio, más los publicados como Blake Babies, Some Girls o The Lemonheads. La segunda tampoco es novedosa, pero por lo mismo es aún más destacable: su arte para encajar versos profundos, oscuros, ácidos o descarnados en un pop-rock aparentemente inofensivo.

Dos años después de su anterior disco –“Juliana Hatfield Sings ELO” (2023)–, la artista estadounidense regresa con un álbum de doce canciones, donde asume una vez más la mayor parte de su desarrollo –composición, voces, guitarras, teclados, percusión y algunos bajos–, respaldada por Chris Anzalone en la batería, Ed Valauskas en el bajo y Pat DiCenso en mezcla y masterización.

En 2017, cuando Donald Trump asumía la presidencia de Estados Unidos por primera vez, Hatfield escribió y grabó en solo doce días “Pussycat”, un álbum furibundo donde denunciaba la misoginia, el poder, la violencia y los quiebres sociales, con un ingenio mordaz, muchas veces humorístico, empacado en melodías pegadizas.

Con Trump de nuevo en el poder, temas de aquel disco como “Short-Fingered Man” recuperan vigencia, mientras Hatfield dirige ahora su atención a batallas más personales: cambios vitales (“Fall Apart”), depresión (“Long Slow Nervous Breakdown”), despedidas y duelo por una amiga (“Ashes”) y su perro (“Constant Companion”), la lucha contra el cáncer de su madre (“Scratchers”), la aceptación de sus propios triunfos y derrotas (“Harmonizing With Myself”) y la música como tabla de salvación (“All I’ve Got”).

Su sonido, que suele alternar entre temas más rockeros o más suaves, melódicos o de orientación folk, pendula en Lightning Might Strike” hacia el indie pop, con su característica voz aguda y frescura de colegiala, pero sin dejar de lado las guitarras chirriantes, los bajos incisivos y, sobre todo, su lírica filosa.

“Popsicle” es la muestra perfecta: melodía divertida, sonido brillante con producción impecable y una letra que en dos frases y un contagioso estribillo captura en tres palabras la decepción de la vida adulta: “Obtienes lo que crees que mereces / Y por eso no obtuve gran cosa / Mis esperanzas y sueños están en decadencia / Derritiéndose lentamente como mi mente”, como ese helado de la infancia convertido en símbolo de la amarga realidad: “Popsicle, drip, drip”.

Desde el inicio, en “Fall Apart”, llama a enfrentarse al destino y lidiar con uno mismo: “Él tiró mi única guitarra al abismo y me lancé tras ella”. Sin batería, conmemora con delicadas armonías vocales la muerte de una amiga en “Ashes”, mientras que en “Harmonizing With Myself” confiesa que nunca me siento sola armonizando conmigo misma”, conciliando dulce, por primera vez, música y letra en un mismo espíritu.

Entonces, salta a la magnífica “Scratchers”, juguetona en el insidioso cruce de guitarra y bajo, hasta la estocada lírica, esperanzada con deje sarcástico: “Tengo un rasca y gana / Soy un jugador / Porque solo hay una manera de salir de esta existencia en la mitad del mundo / Sin inclinarnos ante los señores y las corporaciones”. Enfermar de cáncer puede que sea una lotería, pero, tristemente, esos billetes instantáneos también pueden verse como la única salida. ∎

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