Un punto y aparte. Un verso suelto. Un alma libre. Uno de los últimos románticos. Todo eso y algunas cosas más es Julio Bustamante, camino de sus 74 primaveras. Este es el álbum número quince que registra a su nombre en 45 años de carrera ininterrumpida, a lo largo de la cual ha publicado en diez casas discográficas distintas: es el primero en Satélite K, algo que habla mejor de su inquebrantable consistencia creativa que de la de la industria, para qué nos vamos a engañar. Los sellos cierran, se transforman, mutan o desaparecen, por mucho empeño que le echen. El músico valenciano permanece, y además lo hace sin modificar sustancialmente sus postulados. Diría que “Constelator” prolonga la buena senda de “Sueños emisarios” (2022) hasta erigirse en uno de los mejores discos que uno es capaz de recordarle, siempre que obviemos dos lejanas obras maestras que solo podrían competir consigo mismas, como fueron “Cambrers” (1981) y “Entusiastas” (1998). Su portada también es una de las más bonitas de su trayectoria, sobre un dibujo de Alfredo Aguilera. Su hijo Lucas Balanzá y quien fue su mánager durante mucho tiempo, José Antonio Rivas, figuran en los agradecimientos, y justo es decirlo.
El de Bustamante sigue siendo un surtidor de sensibilidad melódica y lírica, serena melancolía y un sempiterno espíritu juvenil, de engañosa apariencia naíf: en el encarte interior del disco posa junto a su colega Ferran Pardo –aquí coproductor y teclista– y su hija, Sira Pardo, señal de que siempre le ha gustado ver la vida a través de la mirada infantil, y no por inconsciente, sino por pura, por incontaminada. Una visión profundamente humanista del mundo en el que vivimos, en la que las injusticias son abordadas con sencillez y sin aleccionamientos panfletarios: ahí está la crítica al mal llamado primer mundo en “Primer mundo”, a la turistificación sin mesura en “Turistas” (con unos punteos de guitarra que me recuerdan a la escuela Nile Rodgers) o al edadismo en la hermosa “Companys”, que reivindica hacerse mayor sin perder la pasión por la música y la literatura. Esta última la canta en valenciano, por cierto: hay hasta cuatro canciones (de catorce) en el idioma de Ausiàs March (que es el mismo que el de Ramon Llull, Mercè Rodoreda o Baltasar Porcel, mal que le pese a la surrealista conselleria de cultura valenciana), el mayor porcentaje que le ha reservado a la lengua autóctona en un disco suyo en mucho tiempo.
Su cálido, apacible y mediterráneo enfoque del pop trasluce en “La ciudad”, “Somni nou” o “Escenas”, las dos últimas con evidentes referencias a una de sus obsesiones: la realidad paralela de los sueños. En “Ferrocarril” se marca nada menos que un bolero. “Baladre” es un rock’n’roll clásico con mucho swing y los coros infantiles de Sira Pardo, quien a su vez da nombre a un bonito instrumental protagonizado por el piano (“Sira”), en un registro que eleva aún más su cota de belleza en el tema titular, también instrumental, cuyo final me recuerda a las maravillas miniaturistas de Pascal Comelade.
Quizá sea tan solo una boutade, pero es que hay aquí cosas que me recuerdan a algunas de mis músicas favoritas, aunque estoy seguro de que tan solo se debe a que beben de fuentes o linajes sonoros similares: “Barniz”, con un sintetizador de lo más prominente (y letra de su hermano, el batería Puchi Balanzá), tiene un deje yacht rock, mientras la guitarra final de la costumbrista “La casa de al lado” sintoniza con la escuela del pop anglosajón sombrío y nostálgico marcado por New Order, y la armónica en “Palabras atrevidas” (con una vibra tan cercana al soft rock o a la bossa nova) me trae inevitablemente a la mente a los Prefab Sprout de “Nightingales”, aunque Carlos Sanchis no sea Stevie Wonder. Lo mismo da. Si esta fuera una de las críticas que Rockdelux publicaba cuando aún era una revista mensual en papel, podría llevar inscrito el bustamantismo como descripción genérica. ∎