En Providence, la ciudad de Rhode Island donde
Kristin Hersh pasó la infancia, hay una calle que se llama Hope (“esperanza”) y a pocas manzanas otra, Blackstone Boulevard (“piedra negra”), con un camino peatonal de un par de kilómetros que la recorre por el centro. La cantante y guitarrista de Throwing Muses ha vivido tres veces en la primera, la última mientras componía este disco, y de ahí sale el título de su nuevo álbum:
“Sugar On Blackstone”, azúcar sobre la piedra negra. Fue en esas mismas calles donde arrancó el grupo que en 1986 se convirtió en el primer fichaje estadounidense de 4AD, la casa de Cocteau Twins. En su nuevo trabajo, Hersh conserva aquella
reverb catedralicia, pero la aplica sobre otra cosa: casi todo el disco va rasgueado, con la púa marcando el pulso, y apenas hay colchones sostenidos que lo envuelvan. Lo que suena debajo es un trío de guitarra, violonchelo y batería que bebe del folk, con el rasgueo y la melodía siempre al frente, y por momentos hasta del country, en algunos cambios de acordes y en la forma de arrastrar las sílabas al final de los versos: es casi un grupo de folk tocando dentro de una iglesia, la estética de un género aplicada al funcionamiento de otro.
Para esta vuelta a casa, Hersh se ha encargado de la producción y de casi todos los instrumentos (guitarras, bajo, piano, melotrón). Así, sus guitarras ocupan el espacio principal, mientras el violonchelo suele hacer de bajo y la batería llega a contrapié y solo en momentos muy puntuales. El melotrón tiñe el conjunto de grabación antigua, muy a propósito en un disco que rebusca en los setenta.
“Pink Nightgowns” es puro dream pop, la canción que más debe a la escuela 4AD; y
“101 Run” recupera el rock alternativo noventero que Throwing Muses ayudaron a fraguar en Boston a finales de los ochenta, cuando se llevaban de gira a unos Pixies que casi nadie conocía.
Con
“Dark Eyed Junco”, bautizada con un pájaro gris que anida en cualquier jardín norteamericano, vuelve a su infancia en Providence y la recuerda como algo agridulce: dos hermanos que estiraban los partidos de baloncesto en la calle hasta que no se veía la canasta porque se hacía de noche, para no entrar en una casa donde se acababa de instalar su nuevo padrastro. “101 Run”, por su parte, mira ese mismo hogar por el retrovisor y con cierta retrospectiva, desde una vida de gira en gira. Domonick Knight, amigo íntimo de Hersh, murió en julio de 2025, y dos canciones son para él:
“Ticking”, una despedida que termina invitándolo a volver (
“Let’s go home, fill the tub with ice, call it a pool”), y
“Dom In Orange”, lenta, con una guitarra que suelta unas pocas notas empapadas de eco y un violonchelo que sostiene notas largas y graves bajo una voz más hundida que en el resto del disco. Allí le propone meterse de nuevo en el agua, y termina comparándose con él:
“I’m like you in the water”. Que Knight sea un color y una textura tiene una explicación, y es que, a los 16 años, a Hersh la atropelló un coche cuando iba en bicicleta, y afirma que del golpe en la cabeza le quedó para siempre la sinestesia, la capacidad de oír los sonidos como colores. Por ello, basta mirar el
tracklist (“Pink Nightgowns”,
“Snow White Lies”,
“Silver Beach”) para darse cuenta de que asemeja componer con pintar con acuarelas. Aquel accidente le dejó también un trastorno disociativo que los médicos confundieron durante décadas con esquizofrenia y con trastorno bipolar.
“Moths” es una canción que habla de aquello:
“You aren’t brain damaged, Your brain does the damage”, canta en los primeros versos.
El disco es un debate entre el presente y el pasado, entre abrazar un nuevo sonido con los recursos del anterior, mientras las canciones arrastran a Hersh hacia los recuerdos que tuvo en los setenta. Suena a esa esquina de Providence donde una calle se llama esperanza y la otra piedra negra: un rasgueo de folk que insiste en avanzar y un eco de iglesia que no deja de devolverle lo que ya pasó. ∎