Lima Negra le echan mucho morro, y lo mejor es que les sale muy bien. Sobre el papel, pudiera parecer una conversión forzada o directamente antinatura: banda de rock anglosajón de querencia indie transmutada en un combo de sonoridades latinas y fronterizas. Pero no hay nada que la magia de Granada no pueda conjurar (que se lo pregunten a Joe Strummer). Conocíamos a los calagurritanos Javier Sola y Juan Carlos Ruiz por su aventura británica al frente de The Gulps, aquella banda que contactó con Alan McGee en Londres a través de Bobby Gillespie: entonces se hacían llamar Harry All y Charlie Green. Así, con un par. Ya entonces decían en algunas entrevistas que el objetivo era petarlo o dejarlo, y, como no lo petaron, optaron por transformarse. En eso, nadie les puede decir que no sean transparentes ni coherentes.
Empezaron a empaparse del ambiente cultural de Granada a raíz de su primera visita al estudio de Youth (Killing Joke) en el Valle de Lecrín en 2019, se familiarizaron con la cultura y la música autóctona en ese trayecto (el que se encamina a las raíces geográficamente más próximas) que otros músicos tardan lustros en resolver, entablaron contacto con Antonio Arias (Lagartija Nick), Jose A. Sánchez de Producciones Peligrosas y Nore de Chesapik y han logrado liar a casi una veintena de músicos de la escena local para este primer álbum: una nómina más larga que cualquier lista de la compra familiar, entre guitarras, contrabajos, trombones, saxos, violas, violines, percusiones, palmas, sintetizadores y hasta un cuatro venezolano, una mandola y un guembri. Este último, de manos del propio Antonio Arias. Pueden parecer unos oportunistas. Y es posible que lo sean. ¿Por qué no? Pero sus canciones funcionan porque transmiten frescura y veracidad.
Nos los venden como Pete Doherty y Carl Barat disfrazados de Juan Perro o Willy DeVille. Y este primer álbum genera ganas de comprar tal argumento. Su canalleo suscita empatía, qué puedo decir, y no el abierto rechazo que se ganan a pulso otros proyectos de similares hechuras. Ocurre cuando se ponen rumberos con algún deje moruno, como en “Delante de mí”, pero también cuando le meten trompetas mariachis a lo que en un principio parece una copla: “Día de muertos” se apropia con gracia de esa filosofía vital de la que tan bien haríamos en aprender. Pueden recordarte a Calamaro en “Barbarie en armonía” o a Ry Cooder en “Teoría del arrepentimiento”, y hacen un uso inteligente del ritmo de la cumbia en “Pena y dolor”. Hay un poso de liviana melancolía en baladas como “María Isabel” o “Me dejó”, y cuando más se acercan a lo que podríamos entender como el clásico canon pop/rock, como en “Regalo envenenado”, lo hacen desde una óptica tan candorosamente impura y bastarda que te seducen por su propia ausencia de grandes pretensiones. El próximo 24 de abril presentarán este “Peligros” en Madrid, en la sala Hangar 48, dentro de la programación de Sound Isidro. ∎