En el primer disco de Lisasinson todavía había banda, que es una cosa que en 2026 ya suena casi vintage. Ahí estaban Míriam Ferrero (voz y guitarra), Mar Espinosa (guitarra), María Martínez (batería) y Paula Barberán (bajo): tontipunk, actitud chulesca con regusto a chicle, guitarras con brillo y algo macarra bajo un halo pop. Luego llegó “Un año de cambios” (2023), título bastante explicativo: de la formación original solo quedaban Paula y Míriam, el sonido se pulió, la mezcla se profesionalizó y la estética naíf siguió ahí, pero mejor iluminada. Ahora, “Desde cuándo todo” termina de cumplir la profecía: Míriam es el proyecto, el proyecto es solo Míriam, y el “grupo” se convierte en una firma para no perder los oyentes mensuales. Habrá que ver si la vocalista, que utilizaba el seudónimo de LaBorde para trazar una carrera artística paralela a la banda, sigue operando en dos proyectos paralelos de los cuales es la única integrante. “Barakaldo”, que fue la primera canción publicada por Lisasinson, sigue siendo su gran hit, como un fantasma querido y odiado que sobrevuela su trayectoria.
Así, parte del impulso inicial que situó a Lisasinson como nombre reconocible dentro del indie español se fue diluyendo entre rupturas y reajustes de formación, un fenómeno cada vez menos excepcional en una escena donde los grupos pueden pasar años emergiendo. El problema no es cambiar, sino hacerlo demasiadas veces mientras se construye una identidad pública todavía frágil. Este puede ser el “disco más prolífico de su carrera”, tal y como dice Elefant, pero, en realidad, es complicado que emane la frescura que toda banda necesita emanar después de tantos años de tropiezos. No obstante, la parte buena de que el castillo de naipes se caiga tantas veces es que, si sigues construyendo, acabas aprendiendo arquitectura a base de golpes.
“Desde cuándo todo” suena más redondo que sus predecesores: mantiene el nervio directo y el gancho inmediato, pero se permite bajar BPMs sin perder intensidad. El concepto, además, va justo de eso: la idea de los cambios, la pérdida y el luto (otra vez). El título está prestado del libro colectivo “_ (h)amor 9 amigas_” (2024) y la portada se inspira en la “Ofelia” de John Everett Millais. Es una elección que le queda sorprendentemente bien al proyecto: Ofelia flotando en el agua, traducida a 2026 como entrega total y agotamiento a la vez, que es básicamente la relación de Míriam con el show business. Relación casi tóxica con la música, pero terapéutica a su manera.
Las canciones se organizan en torno a varias obsesiones recurrentes. La rutina y el desgaste cotidiano son frecuentes (“llevo cuatro días, haciendo lo mismo (…) se acaba otro día de mierda, ¿cuántos más quedarán?”, canta en “Si todo se tuerce”). La pérdida y la resignación atraviesan el disco (“me acostumbré a no echar de menos aquello que me dolía”, dice en “Me acostumbré”), mientras el miedo al tiempo y a crecer se formula con ironía punk-pop (“no quiero envejecer, qué pereza me da tener que perecer”, asegura en el tema homónimo). A esto se suma una autoconciencia muy Z, donde el amor y la imagen pública se cruzan sin demasiada esperanza (“Y en tu feed las fotos de vacaciones, nunca me sacas en tus publicaciones (…) ¿Por qué sigues persiguiendo likes?”, pregunta en “Estuve en Valencia y me acordé de ti”). Así, el disco equilibra bien dos registros. Por un lado, la urgencia directa de temas como “Decidí desaparecer”, “Si me pierdo” o “No quiero envejecer”. Por otro, los medios tiempos donde Míriam deja respirar a la melodía sin perder filo (“Desde cuándo”, “Lanzarote”, “Me acostumbré”). En los primeros está la Lisasinson de antes; en los segundos, la de ahora. “Desde cuándo todo” no es un álbum sobre llegar, sino sobre insistir. A cada disco que sacan, la formación se divide a la mitad. Menos mal que una sola persona no se puede dividir. ¡Seguimos! ∎