Taja Cheek habla de su cuarto disco como
L’Rain en términos de autoexploración, reflexión sobre su carrera e intento de averiguar cómo y por qué ha topado con un techo de cristal (o si vale la pena buscar el modo de romperlo). Ya desde el título, que hace referencia a una clase de espejismo que distorsiona la forma y posición de objetos lejanos en el horizonte, Cheek juega con los temas de la percepción. ¿Quiénes somos? ¿Cuál es nuestra identidad? ¿Nos la creamos nosotros mismos o nos la dan?
Preguntas en un mundo que tiende a la simplificación, a encasillar, y que no ha sabido muy bien qué hacer con esta artista negra que no hace lo que, al parecer, se sigue esperando de una artista negra, sino algo sencillamente abierto al infinito. Otra vez acompañado por Andrew Lappin (como coproductor, ingeniero y mezclador), la artista utiliza
“fata morgana” como nueva exhibición de todo lo que es capaz de hacer. El ejercicio de contrición podría tardar en llegar. Aquí lo que tenemos es un montón de géneros (jazz, dancehall, góspel, pero también metal o ambient) filtrados por una perspectiva escurridiza en la que se alternan o superponen lo beatífico y lo abrasivo.
Con sus voces rotas por la cobertura y todo ese ruido blanco, la introducción
“rumors of light” avanza una aventura sonora poco acomodada.
“with time” comienza como balada inquietante con piano a lo Trent Reznor, pero se enrarece y desintegra antes de que la voz reaparezca más prístina que nunca.
“blue” es una balada jazz extraterrestre con saxo vagabundo y percusiones con la textura de esputos volcánicos, un poco como las que Björk buscó con Mark Bell para “Jóga”. El sobresalto más gozoso llega con
“july 5th”, que de meditación folk pasa en su minuto final a bomba dancehall en alianza con el venerable Screechy Dan.
“borderline” empieza también en un lugar tranquilo antes de abrirse a guitarras reverberantes, baterías serpenteantes e incluso filigranas acid house.
Pero en el álbum encontramos también piezas más directas, quizá pequeñas, escasas elucubraciones de Cheek sobre la clase de música que podría hacer para llegar (popularmente) más lejos.
“soulless cycle” es su imponente versión de un perdigón punk, una composición simple sacudida por ideas de producción desestabilizadoras. En el otro extremo encontramos la belleza tonalmente coherente del single
“elmyra”, titulado así por el personaje de “Las aventuras de los Tiny Toons” (Tom Ruegger, 1990-1992) que confundía afecto con asfixia, o la
slow jam “birthday”, con las que, sin que sirva de precedente, uno puede hasta ceder al relajo.
“Intento dejar que me guíen el sentido de la maravilla y la afinidad por lo desconocido”, ha dicho Cheek en
recomendable entrevista con ‘The New York Times’.
“Si me sorprendo a mí misma, estoy en el camino correcto”. Es decir, a pesar de las frustraciones, parece haber decidido no preocuparse por percepciones ajenas o por las parcelas de popularidad por conquistar. El placer está en seguir viajando. ∎