¿Qué es un “álbum político”? Al escuchar el decimosexto disco de la veterana cantautora de country alternativo, su primera obra de esta tipología en el sentido más puro, resulta inevitable reflexionar sobre este concepto y sus dialécticas diversas –las tensiones entre lo general y lo específico, lo esperanzador y lo derrotista, el pasado y el presente, o la originalidad y el pastiche–. Estas orientaciones nos serán útiles para comprender mejor, desde una perspectiva crítica, en qué aspectos funciona (o no) lo que nos propone
Lucinda Williams. Tras haber dedicado unos años a labores de introspección –en una serie de homenajes cándidos a sus héroes musicales (como Tom Petty o Bob Dylan)–, aquí intenta algo nuevo: musicar sus ya públicamente declaradas convicciones políticas, opuestas al trumpismo y el populismo de derechas. Según ella misma ha declarado, vistos los
“acontecimientos recientes”,
tenía que expectorar estas canciones, como si de un incontrolable imperativo moral se tratara. Sin embargo, mantiene su andamiaje habitual de colaboradores: la mayoría de los temas fueron compuestos a seis manos junto con el multinstrumentalista Doug Pettibone –con quien trabajó por vez primera en el excelente
“World Without Tears” (2003)– y su marido Tom Overby, coproductor del álbum y colaborador constante de las últimas dos décadas. En la mesa de mezclas nos encontramos también a otro viejo conocido: Ray Kennedy, quien aparte de sus exitosas sinergias en el estudio con Steve Earle y Chris Knight, ya le había prestado sus servicios a Williams en el clásico noventero
“Car Wheels On A Gravel Road” (1998).
Un contraste evidente al que debemos prestar atención es el conflicto entre la autenticidad y el oportunismo que se asoma en pistas como
“Low Life” –compuesta, curiosamente, junto con los miembros Big Thief–. Podría describirse como un elogio de armónica desvencijada a los baruchos de mala muerte y sus cócteles
hurricane baratos. Es palpable la tensión que contiene entre la visión romántica de la austeridad (y, en consecuencia, la “normalización” de la pobreza y la pasividad) y la elevada posición económica de la artista. Que la canción sea meramente correcta no ayuda a disipar una leve pero incómoda sensación de hipocresía paternalista. También podría producir sentimientos encontrados
“Black Tears”, suculenta pieza de blues-rock con claras reverencias al delta del Misisipi. Magníficamente interpretada, pero conceptualmente inerte; no será Williams quien nos ilumine sobre la violencia (física y estructural) padecida por la comunidad afroamericana a lo largo de las décadas –aunque, todo sea dicho, la propuesta parte del respeto y la sinceridad–.
Hacia la mitad del álbum encontramos
“How Much Did You Get For Your Soul”, cuyo bailable compás
rockerillo proporciona una muy bienvenida dosis de energía humeante al conjunto. Se trata de un pegadizo refrito del famoso tropo faustiano (¡con referencia a Robert Johnson incluida!) que no interpela a nadie en concreto; pero su identidad puede inferirse fácilmente –no por nada Williams había explorado una temática muy parecida hace unos años en “Man Without A Soul” (2020), su fantástica oda a Donald Trump–. Otro agradable cambio de marchas es
“So Much Trouble In The World”, regreso al mítico tema de Bob Marley And The Wailers. Aquí, Williams erige un puente entre las protestas de ayer y las de hoy –que, siendo reduccionistas, son comparables– con la recuperación de letras todavía relevantes: esos hombres poderosos que, en sus delirios ególatras, se montan en naves espaciales para alejarse de la realidad sin que les importe nadie para nada. Quien las canta es Mavis Staples, invitada estrella, en lo que bien podría ser el punto álgido del disco en cuanto a los arreglos: sobre un tapiz de organillo y repiqueteo de bongos, se plantea un fulgurante diálogo entre líquidos punteos eléctricos y guitarra acústica. La naturaleza reggae del original queda bastante diluida en una elegante pero más destartalada interpretación que, no obstante, preserva un distante sabor isleño.
Sin duda, la dialéctica más prevalente es el choque entre las fuerzas de la ilusión y la rendición. Salta a la vista en el contenido lírico de
“The World’s Gone Wrong”, que sacrifica las pretensiones poéticas en favor de un enfoque descriptivo y directo que retrata a grandes rasgos el
zeitgeist sociopolítico y cultural de los Estados Unidos de la era Trump. Williams explica cómo las tribulaciones actuales –la desaparición de personas non gratas, la proliferación de casas vacías y gente sin techo, una inflación castigadora, el auge de las
fake news y la manipulación informativa de los hechos– producen un estado de fatiga y confusión en el ciudadano medio, para acabar reclamando el amor, el compañerismo y el escapismo que proporciona la música como formas necesarias para lidiar mentalmente con esa realidad de mierda.
“Something’s Gotta Give”, de
riffeo más perverso, ahonda en esa misma oscuridad, hablándonos de la “pesadez” de estos tiempos y lamentando la frustración colectiva y la división social. Aunque el tema se alarga en demasía, destacan momentos musicales como el solo guitarrero del final o el eufórico contrapunto vocal de Brittney Spencer en el estribillo. El contenido de
“Punchline” vuelve a insistir, ya de forma un tanto cansina, en la desorientación y caos existencial fruto de un gobierno radicado en la hostilidad, el odio y el engaño. Por suerte, la canción (compuesta junto con Marc Ford, de los Black Crowes) es atmosféricamente absorbente, incluso hechizante. Por todas estas composiciones, donde se plantean escenas y sensaciones evocadoras, pero genéricas, circula bastante desolación reiterada; el único remedio es un “hay que apechugar y seguir adelante”. Es una de las limitaciones del “álbum político” generalista: si el punto de mira es demasiado radical o específico, el conjunto puede flaquear en lo demagógico y panfletario –lo que, además, podría enajenar a los sectores más centristas del público–.
No es hasta el final del álbum cuando emergen la militancia y –más tímidamente– la esperanza: primero tenemos
“Freedom Speaks”, con sus bonitas melodías y armonías salidas directamente de la tradición Neil Young. En la pista, que cuenta con un interesante tramo final de bajo protagónico y juegos de efectos vocales, Williams encarna el espíritu de la Libertad para recordar a los oyentes que no deberían darla por sentada, y que se nieguen a ser cegados por la apatía. Concluye el set
“We’ve Come Too Far To Come Around”, que exige perseverancia ante las dificultades y celebra la lucha continua de un
“we” colectivo contra toda injusticia. La pieza, compuesta originalmente para
“Vanished Gardens” (2018), su muy encomiable disco con Charles Lloyd, está en esta ocasión interpretada junto con Norah Jones. Esa primera versión brillaba por los arreglos jazzísticos, pero aquí se presenta como una especie de
roots rock gospeliano que, si bien entrañable, podría suscitar más ganas de regresar a ejemplos paradigmáticos de ese sonido (véase, sin ir más lejos, los Rolling Stones) que a otra cosa. Es un tema donde, además, reluce en particular la voz de Williams, con sus temblores septuagenarios en las notas alargadas que, por fortuna, en absoluto ha querido camuflar. El paso del tiempo: debemos abrazarlo. Al igual que quizá deberíamos, en última instancia y a pesar de todo lo criticado, valorar y apreciar las intenciones esenciales de la artista. Musicalmente, es un sólido álbum de madurez, sin ninguna canción que resulte apabullante ni tampoco cochambrosa. Pero podría argumentarse que existe una especial valía moral y sociológica en el ejercicio de documentar, categórica y artísticamente, la desesperación y el desamparo que se están viviendo en tierras estadounidenses; y ensalzar las mínimas bases de un discurso férreo y combativo que, por desgracia, muy probablemente nunca dejará de ser necesario. ∎