Disco destacado

Mandy, Indiana

URGHSacred Bones-Popstock!, 2026

Mandy, Indiana llega a su segundo álbum como una banda asentada en un eje gobal edgy que, si entiende o pertenece al post-punk, es justamente para sabotearlo desde dentro. El cuarteto (entre Mánchester y Berlín, con la francesa Valentine Caulfield al frente) venía de su debut I’ve Seen A Way (2023) con un imaginario de club industrial y cine nocturno, y aquí mantienen ese ADN, pero lo endurecen en dos direcciones a la vez: más pegada rítmica y más detalle microscópico. Así, si el debut de 2023 parecía una película violenta de serie B, “URGH” es esa misma película proyectada con las luces encendidas: menos niebla cool, más músculo y unos efectos especiales mucho más conseguidos.

“URGH” suena a segundo disco en el mejor sentido: no reinventa su mundo, pero lo vuelve operativo, con un marco más sólido para que ese impacto sea memorable y no solo abrasivo. En ese gesto se inscribe dentro de una tradición concreta, situada en el punto en que el rock empezó a contaminarse seriamente de club y viceversa. Aunque su punto de partida conceptual pueda rastrearse hasta “Metal Box” (1979) de Public Image Ltd., el álbum dialoga de forma más directa con una línea reciente que va de “You Won’t Get What You Want” (2018) de Daughters a “Cavalcade” (2021) de black midi, tomando, sin embargo, una decisión opuesta. Frente a la hipertrofia instrumental y el exceso casi teatral de esos trabajos, Mandy, Indiana optan por la compresión y la asfixia. No buscan el virtuosismo ni el colapso barroco, sino el bucle insistente y la repetición coercitiva como principio formal. En paralelo, el disco también puede leerse desde la mutación post-club de la última década, en la que trabajos como “R.I.P” (2012) de Actress o incluso “Serotonin II” (2019) de yeule entendían el club como un espacio mental antes que social.

Guerrilleros del post-club. Foto: Charles Gall
Guerrilleros del post-club. Foto: Charles Gall

Desde ahí, lo que aporta “URGH” no es tanto una estética inédita como una síntesis generacional. A diferencia de muchos discos recientes de noise, no opera desde el cinismo ni desde una abstracción distanciada, pero tampoco cae en la literalidad panfletaria. Su radicalidad reside en cómo traduce experiencias políticas y corporales concretas en diseño sonoro. No hay canciones de denuncia en el sentido clásico, sino un sistema musical que reproduce dinámicas de poder, intimidación, repetición y desgaste. La clave del álbum está en la mezcla: el bombo funciona con la presión de una máquina industrial, la caja suena seca y metálica, y la guitarra de Scott Fair evita el rol de riff para disolverse en capas de procesamiento donde cuesta distinguir qué proviene de una cuerda y qué de un oscilador. Ese límite borroso entre instrumento “orgánico” y electrónica emparenta al grupo con la estirpe de Liars, These New Puritans o Model/Actriz, pero con un pulso de club más malicioso, como si el EBM se contaminara de manera irreversible.

“Sevastopol” abre el disco con una estructura rítmica fragmentada que evita cualquier pulso estable: la batería se organiza por bloques irregulares, con acentos desplazados, cortes abruptos y silencios que funcionan como unidades formales, no como transiciones. La percusión parece ensamblada por capas independientes más que tocada como un kit orgánico, lo que acerca el tema a la lógica del glitch y la música industrial temprana. Ese bloque inicial desemboca en un interludio de carácter casi sintético-orquestal, que sirve como ampliación inicial del espectro tímbrico. “Magazine” desarrolla esta lógica con mayor claridad formal: parte de un patrón repetitivo cercano al techno, sostenido por un pulso constante y un bajo insistente, para después colapsar en una masa de ruido comprimido donde la dinámica queda deliberadamente aplastada.

A lo largo del álbum, el cuarteto consolida una escritura basada en la reiteración rítmica y tímbrica. “Life Hex” y “Dodecahedron” prescinden de melodía reconocible y se articulan a partir de motivos mínimos que se repiten con ligeras variaciones de textura, filtrado y densidad, una estrategia heredera tanto del punk más funcional como de la EBM clásica. La colaboración con billy woods en “Sicko!” refuerza esta orientación: su voz se integra con una dicción seca y acumulativa que dialoga con 808s distorsionadas, líneas de bajo saturadas y un diseño sonoro que remite a entornos industriales atonales. El cierre con “I’ll Ask Her” introduce un cambio de idioma: la voz pasa al primer plano, con menor procesamiento, y el texto se organiza como un bucle verbal sostenido sobre un patrón repetitivo, cercano al spoken word punk. En conjunto, “URGH” se suma a esa lista pequeña pero significativa de álbumes que redefinen qué puede ser una banda de guitarras cuando el club, la electrónica, el ruido y la política ya no funcionan como escenas separadas, sino como capas superpuestas de una misma experiencia. ∎

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