Álbum

Marisa Anderson

The Anthology Of UnAmerican Folk Music Vol. 1Thrill Jockey, 2026

Siempre resulta un absoluto placer celebrar el regreso discográfico de Marisa Anderson. Quienes sigan la pista de la artista afincada en Oregón sabrán que su brújula suele apuntar hacia la disección de las raíces musicales estadounidenses. Lo suyo siempre ha sido agarrar el blues, el jazz o el folk rural y estrujarlos hasta exprimir un dialecto casi propio. Ya nos atrapó con esa electricidad tan visceral en Still, Here” (2022), y en joyas previas como Cloud Corner” (2018) o Into The Light” (2016). Por no hablar de su estupendo mano a mano con Jim White en The Quickening” (2020). En todos esos surcos dejó clarísimo que no tiene vocación de arqueóloga de museo. A ella le gusta meter las manos en la tierra y lograr que la tradición palpite en pleno presente. Sin embargo, con “The Anthology Of UnAmerican Folk Music Vol. 1”, la creadora da un volantazo fascinante y nos arrastra hacia territorios que, a priori, quedaban lejísimos de sus coordenadas habituales. Y sí, posee ese don casi insultante para reiniciarnos el sistema con cada nuevo disco.

Para rastrear el epicentro de este nuevo trabajo hay que viajar a Tulsa, Oklahoma. Allí, custodiada en las instalaciones del Bob Dylan Center, descansa la inmensa colección privada de vinilos que perteneció al mítico folclorista y cineasta Harry Smith (1923-1991). Durante una visita fortuita a esos archivos, Anderson decidió dejar a un lado las grabaciones estadounidenses para fijar su atención en un repertorio decididamente global. El concepto que vertebró el proyecto no tardó en germinar: reimaginar canciones procedentes de lugares con los que Estados Unidos ha mantenido conflictos bélicos o tensiones políticas desde 1970, su año de nacimiento. La concepción del álbum regateó las prisas y en él apagó por completo el piloto automático. Durante ocho meses, la guitarrista silenció por completo sus influencias diarias para convivir en exclusiva con un archivo de más de novecientos cortes procedentes del Sudeste Asiático, la antigua órbita soviética y regiones árabes e islámicas. Se empapó de esos ritmos sin intentar tocarlos de buenas a primeras, dejando simplemente que el sonido calara y alterara su propia fluidez.

Lo más estimulante del álbum es que Anderson se despoja de la bata de académica o etnomusicóloga institucional. Se aproxima a estas texturas desde una óptica puramente musical y terrenal. Traduce escalas complejas y melodías remotas utilizando las herramientas que tiene a mano: guitarras eléctricas y acústicas, teclados, acordeón o requinto jarocho. De este modo, “Hamd” parte de una extensa grabación qawwali pakistaní de voces masculinas, percusión y armonio, y Anderson la reduce a una arquitectura de cuerdas, drones y respiración eléctrica de una emotividad brutal. En “Quodlibet”, la instrumentista moldea una melodía uzbeka pensada inicialmente para la dambura, un laúd tradicional. Como la guitarra no puede reproducir de forma exacta esos desvíos microtonales, Anderson busca una salida lateral: desplaza la tensión hacia un fraseo acústico con acento bluegrass, rápido, nervioso y luminoso.

Mención especial merece “Zar”, asociada en las notas originales a prácticas yemeníes de sanación espiritual. Aquí, el ambiente muta en una espiral hipnótica impulsada por el requinto jarocho, a la que se suma la brillante fricción del violín y la viola aportada por Gisela Rodríguez Fernández. Ambas intérpretes juguetean con un puñado de notas, reconfigurando el espacio sonoro sin caer jamás en la repetición calcada. La fluidez de los surcos también nos regala espejismos acústicos como “Rop Koh”, donde la densidad de una orquesta de cuerdas camboyana se evapora para dejar espacio a un trío atmosférico de guitarra, piano eléctrico y pedal steel. Finalmente, cortes como “Whistle Song” agarran el soplido de las flautas de bambú vietnamitas y lo condensan en un ejercicio de minimalismo ambiental exquisito apoyado sobre las teclas.

En definitiva, este primer volumen de la antología supera con creces la simple anécdota exótica o el tributo lejano. Anderson nos lanza una reflexión punzante sobre lo que la etiqueta de “antiamericano” conlleva y esconde. Al difuminar las líneas fronterizas con una paleta de cuerdas, teclas y resonancias, firma un trabajo dinámico, orgánico y rebosante de humanidad. Harry Smith tenía el archivo y Anderson, la paciencia, el oído y las llaves del coche para sacarlo de Tulsa. Ha cambiado de marcha y nos ha dejado con el salpicadero lleno de chispazos. ∎

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