Hay discos que reordenan el mapa de una escena. Cuando Martyn Deijkers irrumpió a finales de los dos mil con “Great Lengths” (2009) y “Ghost People” (2011), el post-dubstep británico empezaba a atascarse en el luto de la textura pesada y el minimalismo clínico. Martyn llegaba desde Eindhoven, una ciudad sin escena segregada, donde el drum’n’bass se cruzaba por necesidad con el punk y los sound systems del reggae en los mismos squats. De ahí salió su método: inyectar el swing del UK garage, la velocidad nerviosa del jungle y la profundidad armónica de Detroit en estructuras rítmicas que nunca terminaban de asentarse.
Aquella mezcla detonó en Berlín. La llegada de su música a la capital alemana coincidió con el impacto de su primer disco: en 2010, Martyn era la vara de medir obligada para DJs de toda Europa central que buscaban una salida al techno de manual y al dubstep de postal.
“Music For Existing” llega ocho años después de “Voids” (2018) y lleva esa inquietud a otro terreno. La novedad no es que Martyn –afincado hoy en Washington D.C.– se haya acercado al jazz, sino que adopta su lógica de trabajo. Por primera vez cede parte del control: el disco nació de bocetos que envió a un grupo variopinto formado por Duval Timothy, Lucinda Chua, Cees Bruinsma, Mischa Porte, Mark Cisneros y Musa Okwonga, quienes respondieron con improvisaciones que Martyn cortó, reorganizó y convirtió en canciones. Quizá el único reparo que cabe hacer a este método es que, en algún momento, el oyente pueda sentirse más cerca del proceso que del resultado, pero la escucha continuada despeja pronto esa impresión.
El jazz aparece aquí menos como sonido que como procedimiento: escuchar, reaccionar, aceptar lo imprevisto y decidir después qué se queda. Es una lógica de ensamblaje que recuerda a la que Max Roach aplicaba con sus propios colaboradores: la batería como eje que organiza, no que subordina.
Ese giro se nota desde “Heavy Sound”, single de adelanto que imagina el post-dubstep tenso de Martyn tocado por un cuarteto de jazz: el bajo conserva la presión física de la bass music, pero la batería de Porte y la trompeta de Bruinsma introducen un tiempo inestable. Apenas se percibe, en algún pasaje, la tensión entre el control del productor y la libertad del músico, pero es un detalle menor que no empaña el conjunto.
“Phantom Jazz” actualiza la fórmula en penumbra jazztrónica de los polacos Skalpel con la batería de Porte, difuminando la frontera entre el bajo acústico y el Reese bass del drum’n’bass. En esa misma línea, “Hypnotoxic Laser” tira hacia el jungle lento y evoca al mejor Photek de sus primeros años (el de “Modus Operandi”). Y “Whiplashed”, con Porte y el saxofonista tenor Mark Cisneros, suena a sesión de jazz moderno grabada en directo, aunque la edición corta y recompone constantemente lo que se escucha. Si acaso, algún corte podría haber pedido un desarrollo más extenso, pero la contención es también una decisión artística.
Con Duval Timothy y Lucinda Chua, el disco se abre más. En “No One Plays The Game”, piano y electrónica dejan respirar esas armonías características de Timothy sobre una base muy distinta; “Remnants”, con Chua al chelo, tiene la textura nocturna de una banda sonora de una película de la productora A24. Martyn ha contado que, tras la crisis cardíaca que sufrió en 2017, empezó a percibir con más claridad el espacio entre los sonidos; aquí esa percepción se ha vuelto una forma de composición.
Pequeños matices al margen, frente a la tiranía de la inmediatez, Martyn firma una obra rotunda. “Music For Existing” no busca complacer a la pista ni a las modas pasajeras; busca reconectar al oyente con la calidez del gesto artesanal. ∎