“An Eraser And A Maze” es el octavo álbum –obviando las casetes iniciales y un par de álbumes retrospectivos– de Isaac Brock y los suyos, un colectivo de perfil bajo en consonancia con la naturaleza de su nombre –procede de un cuento de Virginia Wolf, “La marca en la pared” (1921)– que ha experimentado constantes cambios de formación a lo largo de los años y que ahora cuenta con el bajista Russell Higbee –sustituto de Eric Judy, cofundador del grupo pero fuera del mismo desde 2012–, el batería Damon Cox –su colega Jeremiah Green, único miembro verdaderamente estable en la historia de Modest Mouse, murió de cáncer en 2022 con tan solo 45 años– y el guitarrista Simon O’Connor –la salida de Dann Gallucci propició el aterrizaje interino de Johnny Marr al proyecto hace veinte años–. También es el primero para Glacial Pace Recordings, un sello independiente propiedad de Brock, operativo desde hace una década y distribuido en este caso por Virgin. El disco sale cinco años después de “The Golden Casket” (2021), último trabajo de Modest Mouse para Epic. Allí entregaron discos como “The Moon & Antarctica” (2000) o los más accesibles “Good News For People Who Love Bad News” (2004) y “We Were Dead Before The Ship Even Sank” (2007), donde colaboró intensamente el ex The Smiths.
La faceta que más recordamos de Modest Mouse, y que no falta en el álbum, es la más salvaje de cortes como “Picking Dragons’ Pockets”, la catarsis, más dadaísta que nihilista, de “Song About Nothing”, el post-punk pulsante de “Third Side Of The Moon”, un poco entre la abrasión de Pixies y la delicadeza post-rock de unos Red House Painters –habla de los amigos que ya no están–, o la marcial “I Can’t Talk Right Now”, donde Brock da rienda suelta a su sentido crítico –“te doy las buenas noches con un texto porque ahora no puedo hablar, puede que otra noche”–, mientras piensa tal vez en las disonancias oníricas de My Bloody Valentine. Pero el sonido indie rock de acento americano, a veces desordenado pero siempre arriesgado de Modest Mouse, muy centrado en la personalidad mercurial de Brock, un surrealista proclive a la experimentación y acumulador compulsivo de instrumentos musicales –él mismo dice que llegó a comprarse uno de esos Moogs gigantes que nunca aprendió a tocar y que acabó revendiendo–, se ve reforzado esta vez por la robustez de cortes liberados de la necesidad de epatar como “Life’s A Dream”, temáticamente conectado, sin la misma complejidad lírica, al “What Presence!?” de Orange Juice, una referencia no tan loca si recordamos viejos temas de Brock como “Float On”. Esa finura añadida se aprecia en su coda electrónica, una vertiente que Modest Mouse introducen en su repertorio al menos desde “Strangers To Ourselves” (2015), o también en cortes reflexivos como “Remember Yourself” y en el electro-folk de “Dogbed In Heaven / Give It A Skeleton”.
El álbum también utiliza el recurso de las miniaturas puente –“Interlude”, la vocal “Knocked Down By Waves”, “Stoner Party”– para dar cohesión a su variada colección de registros. La psicodélica “Absolutely Necessary Never” recuerda a los Depeche Mode más góticos, mientras que “Speak ‘N Spell (Or Not)” concita a Television, Echo & The Bunnymen y Jad Fair, reincidiendo con el trágico convencimiento de un Martin Phillipps (The Chills) en lo única que es la experiencia de vivir y en la importancia de la memoria, dos temas recurrentes en “An Eraser And A Maze”, su primer disco sin Jeremiah Green, al igual que “Rotten Fruit”, un corte donde interviene Justin Raisen (colaborador de Charli XCX) y usa la metáfora del árbol frutal. En la conclusiva “Impossible Somedays”, Brock se aplica de nuevo en la escritura de un tema melódico, incluso versionable, con la imperante temática poético-filosófica del disco: “no basta con estar vivo, nada permanece siempre igual, todo es imposible si ni siquiera lo intentas”. ∎