Álbum

Nala Sinephro

The Smashing MachineWarp, 2025

Cuando el año pasado el director Benny Safdie escuchó Endlessness” (2024), el segundo disco de Nala Sinephro, pensó que la compositora belga-caribeña afincada en Londres sería alguien idóneo para musicar “The Smashing Machine” (su ópera prima en solitario, tras casi dos décadas de colaborar con su hermano Josh); y aunque aparentemente el peculiar space jazz vanguardista de Sinephro no tendría mucho que ver con la temática de la cinta –el retrato de un momento clave en la vida de Mark Kerr, luchador estadounidense de MMA–, tampoco sorprendió demasiado la elección, visto que en sus películas precedentes los hermanos habían solicitado los servicios electrónico-progresivos del también idiosincrático Daniel Lopatin (u Oneohtrix Point Never), quien, de hecho, se encarga de la banda sonora de “Marty Supreme”, el nuevo filme de Josh.

A pesar del cruce de charco y el cambio de horizontes, lo cierto es que nos hallamos ante una obra muy sinephriana, así como muy londinense, en el sentido de que prácticamente todos los músicos que participan en las sesiones forman parte de la fecunda “nueva” escena jazz de la capital británica, y del entourage habitual de la artista. Esta se encarga de la producción, la composición, los arreglos y el manejo de sintetizadores, aunque el arpa, su instrumento insignia, se encuentra bastante ausente, adoptando un rol más textural que cede gran parte del protagonismo a otros, especialmente el saxofón. La mayoría del disco consiste en experimentos ambientales-sensoriales donde el saxo dialoga con teclados modulados y potentes barridos de cuerdas, que están interpretados por el conjunto Orchestrate y adoptan tonalidades diversas, desde la calidez inspiradora (las dos “Dawn”, hitos melódicos del repertorio) hasta la épica rimbombante (“Grand Prix”). Estas interacciones no sorprenderán a los que estén familiarizados con la música de la artista (nos remitimos, por ejemplo, al paisajismo digital-orquestal de los “Continuum” 3, 4 o 7 de su último álbum), aunque por lo general aquí resultan menos juguetonas y explosivas: se sacrifica la habitual exploración cósmica abarrotada de elementos para dar paso a un dramatismo terrenal –en ocasiones romántico, en otras sombrío o turbador–. En las piezas más modestas, la sección de cuerdas desaparece, como en la brevísima “The High”, intimista conversación entre el saxo y Sinephro al piano; en “Mark”, liviano ejercicio abstracto donde los fraseos del saxofón de James Mollison son loopeados y filtrados por un eco; o en “Mark II”, donde ese mismo tratamiento del cuerno discurre sobre un oscilante sintetizador.

Aunque ya conocíamos a Orchestrate de “Endlessness”, lo cierto es que en algunos puntos de este set Sinephro les prepara unas partituras más espinosas, que beben directamente de las vanguardias europeas de la música clásica. En piezas como “KO” se genera una atmósfera inquietante, no muy alejada de algo que podría sonar en la franquicia “Alien”, radicada en clústeres tonales en glissando, o notas deslizándose microtonalmente a cámara lenta hasta rebasar picos agudos. El resultado es una ramificación menos caótica-ruidosa, más amable y cinemática de las “masas de sonido” urdidas por arquitectos como Górecki, Penderecki o Ligeti –que en la pieza mencionada, están aderezadas con segmentos de electrónica progresiva y las dubitaciones de un saxofón distante (interpretado, en esta ocasión, por Nubya Garcia)–. Sin duda, la composición estrella es la alargada “The Smashing Machine”, que con sus casi nueve minutos ocupa un tercio del álbum. En la primera mitad puede olerse el sudor del boxeo: una batería –interpretada a cuatro manos por Natcyet Wakili (Ariya Astrobeat Arkestra) y Morgan Simpson (black midi)– cabalga liberada sobre synths emergentes, esbozando el único momento propiamente percusivo (así como el más puramente jazzístico) de todo el disco. Un crescendo al más puro estilo THX da paso a una sección de serenidad ambiental –un agradable jardín espiritual en el que los vientos conversan sobre el arpa–.

A excepción de la última pista comentada, los 25 minutos de “The Smashing Machine” nos ofrecen la cara menos trepidante y más austera de Nala Sinephro. Sabe que el encargo es musicar el filme; es consciente, por tanto, de que sus expresivas fantasías flotantes deben anclarse a determinadas funciones narrativas y a imágenes concretas. Pero, a pesar de ciertos amagos, tampoco es una “banda sonora” en el sentido ortodoxo, ya que se preserva cierto aventurismo y abstracción, situándose en un interesante punto intermedio que o bien podría suponer el inicio de un nuevo camino en el ámbito del cine o quedarse como singular experimento en su todavía incipiente carrera discográfica. ∎


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