A estas alturas, se podría decir que la mayor seña de identidad de Roc Marciano ya no es un estilo propio tremendamente reconocible e influyente, sino la radicalidad y el compromiso con los que lo afronta. Desde ese seminal “Marcberg” (2010), su primer disco en solitario, no ha habido desvíos ni probaturas en la carrera del veterano y prolífico rapero y productor. Y eso, en parte, es lo que lo ha ayudado a erigirse como una de las figuras clave de ese revival noventero que asoló en la Costa Este durante la década pasada, llegando a ser definido, con acierto y un plus de connotación mafiosa, como padrino de un underground que traspasó fronteras mediáticas con la popularización de los trabajos de Griselda. A sus 47 años, no es que Marci haya hecho siempre el mismo disco –sus colaboraciones con The Alchemist, sin ir más lejos, amplían un poco su radio de acción aportando algo de color a un estilo eminentemente en granulado blanco y negro–, y tampoco se le puede encajonar exlusivamente en el sendero del drumless que él mismo pavimentó –su repertorio también está lleno de martilleante boom bap–, pero su fórmula insignia, esa idea de modernizar el rap callejero con una destilación antirrítmica de su esencia, ha llegado a tal punto de refinamiento que sería fácil confundirlo con estancamiento.
Esa sensación de perfeccionamiento obsesivo de un método sobresale en las bases, los esquemas y las rimas de “656” consiguiendo un efecto de trance que, si no fuera placentero, se podría considerar de gota china: es repetitivo y ominoso, erosiona el cerebro sin tener que alzar la voz. Y es que no hay flow más despreocupadamente amenazador que el de Marci. Completamente producido por el neoyorquino, el disco se despliega sin aspavientos, como rezagado en las sombras de un callejón, durante doce canciones que apenas suman más de media hora. Un compendio de fantasías gansteriles contadas con más humor negro que con recitado de fantasmadas en el que el lujo se confunde con lo grotesco, y el ego –“If I ain’t top 10 the list was created by atheists” en “Trapeze”– también sabe dejar paso a una cierta gratitud vital –“Had 360 waves on my head for every brush that I had with death / But not even death can make me acquiesce” en “Yves St. Moron”–.
El disquete quemado y lleno de celo de la portada puede evocar lo que acontece sonoramente en el álbum, como si toda la música y todos los detalles sampleados por Marci estuvieran archivados ahí, dándole al corazón analógico de sus instrumentales una ligera pátina digitalizada que se explota especialmente en “Childish Things”, un tema armado con solo unos sintetizadores que parecen sacados de un metroidvania bugueado, ralentizado, con un final tétrico que baja aún más el tempo en lo que deviene la auténtica joya minimalista del trabajo. En “Yves St. Moron”, sostenida solo por una línea de bajo y un saxo ahogado, parece que se haya olvidado de quitar el metrónomo del programa de composición musical de turno, pero sirve como oportuno sustituto percusivo. Dentro de lo que cabe, hay una cierta ortodoxia en el jazz rap de “Trick Bag”, los aires lounge de la relajada “Tracey Morgan Vomit”, el soul chopeado de “Hate Is Love” yéndose a una explosión doo-wop en su parte final, el hermoso uso de vibráfonos en “Rain Dance” o el R&B meloso de “Melo” –valga la redundancia, aunque el tema se titula así en referencia al exjugador de los Knicks Carmelo Anthony–. Y aunque también hay amagos rítmicos en algunas canciones, como “Vanity” o “Good For You”, y con “Easy Bake Oven” hasta te puedes imaginar a Marci colándose en el bar clandestino de “Los pecadores” (Ryan Coogler, 2025), en general el tono se balancea entre lo tenso y lo sugestivo: la melancólica “Prince & Apollonia”, como en un recuerdo borroso, casa esos dos polos, con su detritus de diálogo fílmico infiriendo en el loop de violines decadentes y de piano tímido, como de caja de música. Sin necesidad de más, con el bajo marcando el ritmo de una percusión ausente, es el tema perfecto para entender la maestría de un tipo que, acostumbrado a un injusto (pero entendible e incluso preferible) segundo plano, acepta con filosofía que quizá no es el diablo (666), pero que se encuentra a pocos números de él. ∎