Con “World Of Light”, la experimental composición de 26 minutos que abre este dilatado álbum, el ya curtido supertrío metalero (constituido por Nick Yacyshyn de Baptists a la batería, Brian Cook de Botch al bajo y Aaron Turner de Isis a la guitarra y voz) tarda bien poco en dejar claras sus intenciones: transcender el mero headbanging para explorar caminos y poner a prueba paciencias. La primera mitad de la pieza está conformada por lo que podría definirse como un retablo de trasteos seudoimprovisados –explosiones de ruido y secciones de feedback droneante en ocasiones cercanas al silencio– que, superado el minuto 12, dan lugar a una cadencia discernible y un riffeo aplastante, edificación sónica que en breve se desintegra para admitir otro pasaje airoso de notas inciertas y percusión aleatoria. No es hasta el último quinto de la pista cuando se reinstala más decididamente una contundencia identificable como “canción”, antes de acelerar hacia un colofón final de death metal disonante.
Este primer tema, cuya lógica recuerda a la contención flemática de los atmosféricos Khanate, podría resultar (especialmente en una primera escucha) desprovisto de un rumbo concreto. Música “progresiva” sin una progresión claramente delineada; excreción de ideas sin un anudado hipersólido; vanguardismo de fácil comprensión intelectual, pero más difícil consumo sensorial; creatividad desbocada, aunque quizás al servicio del hastío. Así, sin tapujos, es la propuesta de SUMAC, una formación eternamente condenada a fascinar, confundir y hartar a partes iguales.
Por suerte (o por desgracia), no todo son indagaciones informes, y las dos pistas “cortas” del álbum (de 13 minutos cada una) ofrecen una experiencia sludgesca más convencional. Si bien “Yellow Dawn” arranca traviesamente con un fragmento de organillo ritual ornamentado con un punteo psicodélico, no tarda en irrumpir un nervioso combo de percusión/riffs al más puro estilo Melvins. Hacia la segunda mitad se introduce un cambio de ritmo y se reconfiguran las interacciones instrumentales, lo que refresca la composición; más adelante, estalla un solo noise de guitarra filtradísima que bien podría ser un préstamo de Les Razilles Dénudés. De hecho, en este punto, el elemento metal más claro de la mezcla es la voz gutural de Turner, que a lo largo del disco regurgita, sin demasiadas acrobacias y sin salirse del contenido esperable, imágenes oscuras/posapocalípticas.
“New Rites” sigue un patrón sludge parecido a la pista anterior, inyectando aceleraciones a los pantanos letárgicos, e incluye una agresión brutal-prog que se desmenuza en una cacofonía improvisada antes de gestar un breve y crepuscular ambiente post-metalero. Quizá la pieza final, “The Stone’s Turn”, sea la más redundante del disco, en parte porque las orejas ya llegan fatigadas a su encuentro, en parte porque sus 26 minutos no se sienten tan aventureros como los de la pista inicial. Arroja, no obstante, conceptos interesantes, como un guitarreo transformado en agujas, fugaces tejidos black metal, y un par de minutos de acordes inusitadamente cálidos, incluso con un regusto a slowcore codeinesco.
Podría insinuarse una molesta sensación de autocomplacencia en el dramatismo conceptual inherente al planteamiento del trío, así como en los clichés que plagan las letras, que a veces parecen generadas por una Inteligencia Artificial (afortunadamente, tampoco es que se entiendan demasiado). Pero también puede ser una fuente de contagiosa titilación el ingenio de una banda que no se conforma con solo dislocar cervicales y se marca como objetivo expandir la esencia del sludge (y del metal pesado en general) hacia terrenos musicales a primera vista exóticos pero en el fondo colindantes, sin traicionar o despreciar ese espíritu original, o descartarlo por completo. Un equilibrio que ya llevan un tiempo construyendo (desde su colaboración con Keiji Haino en 2019), y cuyo éxito dependerá, en gran parte, de la sensibilidad particular del oyente. ∎