Álbum

Swamp Dogg

Swamp Dogg Contemplates The AfterlifeS-Curve, 2026
Cuando hablamos de Jerry Williams Jr., a quien el mundo conoce como Swamp Dogg, lo hacemos de uno de esos excéntricos maravillosos que todavía nos regala la música negra estadounidense. Su genialidad iconoclasta resulta innegable desde que facturó aquel anárquico y fundacional “Total Destruction To Your Mind” (1970). A lo largo de los años, su estela ha sabido mutar, pasando por su reciente incursión en el bluegrass con “Blackgrass: From West Virginia to 125th St” (2024), por sus juegos con el Auto-Tune en I Need a Job... So I Can Buy More Auto-Tune” (2022) y, antes, por el giro vocoderizado de “Love, Loss, And Auto-Tune” (2018), donde cruzó caminos con Justin Vernon.

Él mismo confesó en su día, con esa lucidez desaliñada que lo caracteriza, que tuvo que crearse su propio mito porque carecía del “sex appeal of Daffy Duck”. Ahora, ya instalado en ese canon paralelo que sellos como Light In The Attic saben rescatar con mimo arqueológico, llegar a los 83 años y seguir dando guerra en un estudio es digno de enmarcar. Pero si además lo haces riéndote de la Parca, la cosa adquiere tintes de genialidad. Ahora, con “Swamp Dogg Contemplates The Afterlife”, su vigesimoséptimo álbum de estudio, este incombustible francotirador regresa a sus raíces más orgánicas para entregarnos un tratado sobre la mortalidad que esquiva la lágrima fácil y apuesta sin miramientos por la socarronería y el groove.

Para este festejo de despedida, o de sala de espera, el artista se ha rodeado de un equipo de productores que acumulan unos cuantos Grammys en la repisa: el fundador de S-Curve, Steve Greenberg, junto con sus habituales Mike Mangini y Sam Hollander. Además, ha decidido que es menester cerrar viejas heridas. La más sonada es su nuevo acercamiento a Gary U.S. Bonds, viejo vecino de Portsmouth con quien la vida y el tiempo habían terminado poniendo tierra de por medio a lo largo de las décadas. Conviene no olvidar que juntos firmaron en su día aquel glorioso “She’s All I Got” que terminó siendo un exitazo country para Johnny Paycheck allá por 1971. Ahora ambos veteranos unen fuerzas en “Waka Waka Waka”, una delicia con aires de second line de Nueva Orleans donde se despachan a gusto contra los amores traicioneros. La letra no se anda con chiquitas a la hora de mandar a paseo a la otra persona, escupiendo versos hilarantes: “The BS is over / Go get a new turd / I’m cuttin’ you loose / You’re free as a bird”.

Ese veneno juguetón y sin filtros alcanza su cénit absoluto en “Hot To Trot”, una pieza rebosante de metales donde el artista desata todo su ingenio contra una expareja. No hay diplomacia alguna cuando arranca el puente entonando eso de “You’re a liar, and you can go to hell / Your feet stink, and your breath smells”. Pero el verdadero desparpajo de la canción asoma cuando narra cómo la fortuna le sonríe de pronto y la interesada vuelve arrastrándose a su puerta: “I’m back on top, I hit the lottery / Two hundred and forty-two mill’ / You called me up, begged me to take you back”.

Ya desde la apertura con “Searching For Heaven”, el viejo sabueso nos deja claro que su idea del paraíso es de andar por casa, más de lumbre y zapatillas que de arpas celestiales. El contrapunto amargo asoma por la grieta de “A Million Tears Ago”, donde aparca las risas y entra en una zona más áspera, a ritmo de R&B añejo, retratando la bofetada de realidad del soldado que vuelve al hogar y descubre que su propio país le ha dado la espalda.

El repertorio también tiene hueco para versiones llevadas magistralmente a su terreno, como ese “Please Don’t Bury Me” de John Prine, despojado de su piel original a golpe de batería y piano saltarín. Sin embargo, el broche de oro llega con “Final Approach”, abordando el final de sus días simulando estar en un avión a punto de tomar tierra. Entre guiños a colosos caídos como Sam Cooke, Otis Redding y Chuck Willis, Swamp Dogg entrega un testamento vital impecable y luminoso: “As I get closer to the tarmac, I feel like singin’, I feel like dancin’ / I’m happier than I’ve ever been / I know everything is finally alright”.

En definitiva, aunque el título nos advierta de que el bueno de Swamp Dogg “contemplates the afterlife”, salta a la vista que no tiene ninguna prisa: prefiere hacerlo disfrazado de monje y leyendo un tebeo en la mismísima portada antes que ponerse a entonar salmos. Todo gira en torno a su propia mortalidad y el más allá, pero Swamp Dogg lo convierte en un trabajo lleno de humor, energía, ironía y canciones festivas. Dejemos que este maestro nos enseñe cómo se aterriza con estilo. Y sí: aquí el único Waka” que suena tiene bastante más barro, soul y mala leche que el de Shakira. ∎

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