Organización. Método. Disciplina. Foco. Todo eso parece haber aunado quien durante un tiempo fuera uno de los hombres más activos, prolíficos y –ay– dispersos del rock independiente norteamericano entre 2004 y 2020. El californiano Tim Presley ha engrosado durante las dos últimas décadas las alineaciones de formaciones como Model American, The Nerve Agents, The Fall (palabras mayores), The Oh Sees y la banda de Ty Segall, pero este es seguramente el disco más consistente y cohesionado de entre los ocho álbumes que ha firmado como White Fence, su proyecto personal. No descubre la pólvora. Ni mucho menos. En ocasiones resulta hasta derivativo. Pero depara unos cuantos minutos bien reconfortantes, cómodamente instalado en la tradición del jangle pop que tanto marcó al otro lado del océano a toda aquella generación de músicos indies británicos que prosperaron en torno al sonido C86.
Se aprecia ya desde la inicial “That’s Where The Money Goes (Seen From The Celestial Realm)”, grácil apertura que podría llevar la firma de Felt. Y se confirma en “I Came Close, Orange For Luck”, que perfectamente podría portar el aval de Sarah Records, Cherry Red o Postcard. A partir de “Your Eyes” se abre un poco el diafragma, porque brinda su filo más glam. Y en “Unread Books” demuestra que el ralentí y unos sintetizadores prominentes le sientan bien en su empeño por acentuar su cota de ternura. Porque todo suena aquí artesanal, doméstico, honesto en su propia ausencia de pretensiones, pero resueltamente conocedor del terreno que pisa. “Reflection In A Shop Window On Polk” revela un vago brillo psicodélico y lo-fi, quizá el único momento que sintoniza abiertamente con aquella lisergia casera tan de la generación post Mac DeMarco, al igual que “I Wanted A Rolex” enlaza con la tradición velvetiana por su morosa cadencia y su dejadez aparente, pero “Given Up My Heart”, “Evaporating Love” y “When Animals Come Back” son jangle pop de manual: radiante, contagioso, prístino, con la Rickenbacker en primer plano, de ese que el amigo Pedro Vizcaíno nos podría surtir en finas rodajas en cualquiera de las entregas de sus recopilaciones “Twelve String High”.
Con todo, la (relativa) sorpresa viene casi al final: quién iba a decir que la única versión sería de “So Beautiful”, de Simply Red, extraída de su álbum “Life” (1995), en una relectura que pone sordina a sus trompetas originales de soul sureño para reforzar su condición –sobrevenida– de letanía indie pop. ∎