Solo para fans.  Foto: Hybe-Bighit Music
Solo para fans. Foto: Hybe-Bighit Music

Concierto

BTS, la ley del mínimo esfuerzo

El septeto surcoreano aterrizó por primera vez en España el pasado fin de semana con dos fechas –26 y 27 de junio– en el estadio Riyadh Air Metropolitano de Madrid. Y puede que el k-pop que –junto a BLACKPINK– ayudaron a convertir en global se encuentre ahora en un momento de recesión, pero para su armada de fans no hay nada que supere la emoción irracional de encontrarse con sus ídolos en directo. Espoleados siempre por su grito unísono y ensordecedor, BTS entregaron un concierto pobre, poco esforzado y visualmente desnudo para una producción de su calibre, lastrado además por un sonido malísimo. Por fans y para fans, pero el público, oye, se lo gozó igual.

Era la primera vez de BTS en España. Después de más de diez años en activo, con un paréntesis entre 2023 y 2025 para cumplir con el servicio militar obligatorio –la mili, vaya– que exigen las leyes de Corea del Sur a todos los hombres sanos antes de cumplir 28 años, el grupo masculino que ha abanderado la conversión del k-pop a fenómeno global de masas seguía siendo una rara avis prácticamente imposible de avistar fuera de Corea del Sur, Japón o Estados Unidos. Eso explica el fervor apasionado de sus fans: las entradas para sus dos fechas en el Estadio Metropolitano de Madrid –nosotros asistimos a la primera: viernes 26 de junio– estaban agotadas desde hace meses, y la armada –así se autodenominan los fans del septeto, “army”, con unas connotaciones militares que siempre han sobrevolado un género que en su expansión internacional se ha diseñado en base a un modelo de exportación y blanqueamiento cultural– lleva años esperando este momento. No solo eso: parte de la performance de su hinchada está arraigada en el fanatismo y se inspira en lo que en Corea del Sur se conoce como sasaeng, seguidores prácticamente obsesos y dispuestos a hacer cualquier cosa por estar cerca de su artista favorito. En el estadio –antes de que el grupo amenace siquiera con asomarse– lo único que puedes oír son sus gritos. Se clavan en el tímpano.

Ritual en busca de una salida.  Foto: Hybe-Bighit Music
Ritual en busca de una salida. Foto: Hybe-Bighit Music

BTS salieron al escenario con retraso, pasadas las ocho de la tarde: un enorme dispositivo de seguridad separa al público de la pista y se asegura de que se mantengan siempre las distancias. Es curioso: los surcoreanos venden un modelo de proximidad y cercanía que es diametralmente opuesto a su cultura, y cuando tienen que responder ante él lo hacen siempre desde lo performativo. Puede que en este formato de gira estén dejando un anillo para dar la vuelta al estadio como si fueran los Juegos Olímpicos, acompañados por una comitiva de estandartes y banderas de LED, pero no hay ni un solo acercamiento verdaderamente cálido al público y mucho menos una mirada directa. La distancia con los fans, con los fanáticos, convierte el toma y daca en una relación de recelo.

Es tan solo una de las muchas contradicciones que marcan las dos horas de concierto. El ambiente es el de las grandes noches, desde luego, pero el fanatismo pronto revela su cara más amarga: igual que la “army” haría cualquier cosa por BTS, también les permite y les perdona cualquier cosa. El despliegue del escenario –con una gran plataforma central que quiere simular el Gyeongbokgung, uno de los principales palacios de Seúl con 600 años de historia, pero se queda en armatoste de metal coronado por unas pantallas demasiado protagonistas– siempre provoca que todo resulte demasiado vacío, demasiado yermo. Desde aquí se extienden cuatro rampas hacia las esquinas, donde van turnándose los componentes del grupo para, de nuevo, dar la sensación de cercanía con la armada. Un cuerpo de medio centenar de bailarines brilla más por su ausencia que por su presencia predominante en algunas canciones. Y la plataforma central, transformable y desaprovechada, permanece sistemáticamente desierta.

Entrega incondicional. Foto: Hybe-Bighit Music
Entrega incondicional. Foto: Hybe-Bighit Music

El concierto está dividido en tres actos principales, pero poco o nada significa. En el inicio domina una estética entre lo gótico y lo ciberpunk –a claras reminiscencias de “Final Fantasy”– que contradice el repertorio, formado esencialmente por canciones de su último trabajo, un “ARIRANG” (2026) que homenajea a las raíces de la música folclórica surcoreana. Por la intensidad y la oscuridad diríase que la aspiración es Kanye West o Romain Gavras, pero el resultado se parece más bien a “La casa de papel”. Tras un interludio con coreografías y efectos de luz que incomprensiblemente luego no vuelven a aparecer en todo el concierto –y que por desgracia es lo más interesante de este: una mezcla de soft club, ambient, estéticas de PlayStation 2 y hasta guitarras deanblunteras–, el segundo bloque está definido por sonidos más hiphoperos y una imagen más humanizada, más urbana. El problema, de nuevo, es que quieren ser un shonen guapísimo pero se quedan en manhwa romántico de WebToon.

Otro interludio completamente vacío y destinado al lucimiento de los fans en las pantallas –inevitable acordarse de los que afeaban los diez minutos de Bad Bunny en la parte de abajo de La Casita– da paso, por fin, a la última parte del concierto y, de nuevo, a la contradicción: suenan las canciones más enérgicas, conocidas y efectistas –como “Butter” o “Dynamite”– y una de las exclusivas que van rotando de fecha en fecha es la también explosiva “Outro: Wings”... Y sin embargo en esta sección del show los vemos recluidos en un formato más íntimo, recogidos en la plataforma central prescindiendo del efectismo, la pirotecnia y el cuerpo de baile. Por no hablar de que ahora ya se ha puesto el sol: cuando todo el aparataje lumínico se despliega en el segundo acto apenas puede distinguirse.

Coreografías de ayer y hoy. Foto: Hybe-Bighit Music
Coreografías de ayer y hoy. Foto: Hybe-Bighit Music

Evidentemente hay una dirección creativa ambiciosa en el concierto, y es interesante cómo en algunos momentos se apuesta por el minimalismo y por un enfoque coreográfico más desnudo. En “SWIM”, por ejemplo, los siete BTS cantan elevados en la plataforma del escenario central, y unos bailarines cubiertos solo por telas blancas los rodean desde el suelo simulando la ola que surfean. Por desgracia siempre es poco porque a los siete les vale con guiñar un ojo, con esbozar una media sonrisa o con aparecer simplemente en pantalla para desatar pasiones desenfrenadas. Gritos, gritos y más gritos: más que de música, este concierto va de gritos; ni Taylor Swift, oiga. A ratos, cuando las cámaras enfocan a Jimin, que con su media melena rubia platino parece un joven Sephirot, hasta lo entiendo: es la ley del máximo resultado con el mínimo esfuerzo.

En algunos pasajes del concierto incluso puedo abstraerme del sonido espeluznante o incluso olvidar que estaba plenamente dispuesto a meterme entre pecho y espalda (por el c***) una clase de k-pop salteada con lecciones sobre la música popular de Corea del Sur aunque finalmente no haya rastro alguno de coreanidad: hay que recordar que “Arirang” es también una canción folclórica coreana con más de 600 años de historia, considerada desde 2012 patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Quiero ser como ellos, un fan enfervorecido que entienda todo lo que está pasando. Quiero ser como esa abuela que viene con su hija y con su nieta ¡y es ella la que lleva la camiseta! Hoy yo también quiero ser parte de esta secta. Pero recorro los vomitorios del Metropolitano decepcionado en dirección a la salida. En el fondo, lo que realmente quiero es fumarme un cigarro. ∎

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