No hay épica en la forma en que Edwyn Collins (Edimburgo, 1959) habla de su retirada. No hay grandes frases ni voluntad de cerrar nada con solemnidad. Lo dice casi como quien constata una evidencia: “Sé que este es el final de las giras para mí”. Y, sin embargo, detrás de esa sentencia aparentemente sencilla hay más de cuatro décadas de carrera, un accidente cerebrovascular que estuvo a punto de borrarlo todo y un regreso improbable que ahora encuentra su último capítulo sobre el escenario.
La gira tiene incluso nombre de despedida: “The Testimonial Tour. A Last Lap Around Spain”. Una última vuelta por España. Un adiós en diez fechas que arrancará este miércoles 29 de abril en Bilbao y continuará en mayo en San Sebastián (1), Zaragoza (2), Valencia (3), Barcelona (5), Madrid (6), Sevilla (7), Cádiz (8), Santiago de Compostela (10) y Ourense (11), completando así este recorrido final. Antes de eso, el pasado otoño, Collins estuvo despidiéndose del público de Reino Unido. No es una gira más. Es, literalmente, la última. Un cierre consciente. “Hay que irse cuando todavía estás bien –apunta Grace Maxwell, esposa de Collins, que lo acompaña en la conversación como ha hecho en todo lo importante–, no cuando ya no puedes dar lo que tienes que dar”.
Collins lo asume sin dramatismo, pero con una emoción contenida: “Estoy un poco triste… pero sé que es el momento”. Hay algo de alivio también, y de lucidez. No quiere convertirse en lo que él mismo define, con una media sonrisa, como un músico de “rock de geriátrico”. Ese final en directo no implica una despedida total. Seguirá grabando y escribiendo. Porque, incluso después de todo, lo que no ha cambiado es eso: la necesidad de hacer canciones.
Para entender lo que significa esta despedida hay que volver a 2005. En febrero de ese año, Collins se sintió indispuesto durante una entrevista en la radio; achacó el mareo y las náuseas a una indigestión. Pero dos días después estaba ingresado de urgencias en un hospital de Londres, donde le diagnosticaron un derrame cerebral. A ese ictus siguió otro; hubo de ser intervenido quirúrgicamente y someterse a duras sesiones de rehabilitación. “Permanecí seis meses en el hospital… Grace estuvo conmigo cada día… Estaba muy asustado… vulnerable… Cada día pensaba: ‘Quiero mejorar, avanzar poco a poco’. Y mejoraba. Eso nos unió aún más. No sirve de nada lamentarse”. Había perdido la movilidad en el lado derecho de su cuerpo y la afasia severa le privó del lenguaje. “Solo podía decir unas pocas palabras”, recuerda. “Sí… no… poco más”.
No era una pérdida menor para un cantante y guitarrista. Collins había construido su identidad sobre las palabras. Desde los días de Orange Juice, a finales de los setenta y principios de los ochenta, hasta su consagración en solitario con “Gorgeous George” (Setanta, 1994), el disco que incluía “A Girl Like You”, su mayor éxito: número 4 en Reino Unido y uno de los grandes himnos del pop de los noventa, ganadora del premio Ivor Novello en 1994. De repente, todo eso desaparece.
“La pérdida del lenguaje fue como si todo se esfumara”, explica Maxwell. “Fue aterrador”. Durante meses, la recuperación fue una incógnita. Sin garantías, sin horizonte claro. Solo una idea repetida cada día: avanzar un poco. Tardó tres años, quizá cuatro, en volver a escribir canciones. Afortunadamente, cinco álbumes ha publicado desde entonces.
El más reciente, “Nation Shall Speak Unto Nation” (AED, 2025), se entiende mejor desde ahí. No como una obra sobre la enfermedad, sino como el resultado de haber pasado por ella. Collins no quiere que su música quede definida por ese episodio. Pero tampoco lo oculta. Está en la forma de escribir, en la economía de las palabras, en la necesidad de ir directo. “Antes era demasiado ingenioso”, reconoce. “Ahora tengo que transmitir el mensaje”.
El cambio es evidente. Donde antes había ironía, ahora hay precisión. Donde antes había juegos de lenguaje, ahora hay una búsqueda más esencial. “Creo que son las mejores letras que he hecho después del ictus”, dice. Se intuye un esfuerzo: si algo sigue siendo difícil para él, es precisamente eso, escribir. “La música no es un problema”, explica. “Eso es fácil. El reto son las letras”. Maxwell lo confirma sin rodeos: “Tiene que trabajar muchísimo. Es muy duro para él. A veces le digo: ‘Esto no está bien’. Y se enfada. Pero vuelve y lo mejora”.
En una de las canciones del disco aparece una línea que resume bien ese proceso: “It’s so hard to let my old self go” (“Es muy difícil dejar marchar a mi yo del pasado”). Más que nostalgia, suena a aceptación del presente. “Las canciones son positivas”, insiste. “Hay esperanza. Siempre hay esperanza”. Maxwell lo observa desde fuera: “A veces lo pienso. De hecho se lo dije ayer. Me desperté y me di cuenta de que Edwyn tiene que convivir con todo lo que le pasó cada día durante veinte años. Y sin embargo lo lleva con mucha ligereza. No se recrea en ello. No siente autocompasión. Es difícil recordar cómo eras antes, pero ha hecho un buen trabajo dejando atrás su antiguo yo”. Ese equilibrio entre memoria y avance es lo que sostiene el disco, en el que, desde luego, pocas trazas hay de sentimentalismo. “No es muy sentimental”, dice Grace. “Por ejemplo, aquella letra: ‘Down by the harbour, down by the sea. Flotsam and jetsam, painting the scene’..., esa sí que era un poco sentimental” (son versos de “It Must Be Real”, de 1994).
Musicalmente, “Nation Shall Speak Unto Nation” se antoja más orientado a explotar la belleza de las canciones que a decantarse por un estilo u otro. “Una canción puede ser pop, otra punk”, explica. “Siempre ha sido así. Siempre estoy pensando en canciones nuevas”, dice. Su voz suena más frágil, pero también más directa. “Creo que entiendo lo que quieres decir, pero en los conciertos sigue siendo fuerte. Las voces masculinas ganan profundidad con la edad. Uso más el diafragma, protejo la voz...”.
Lejos de Londres, Collins vive desde 2015 en Helmsdale, en la costa noreste de Escocia. De niño visitaba la zona, donde vivía su abuelo, y cuando empezó a salir con Grace en los años ochenta, con orgullo le enseñó la región. Compraron la casa en 2000. “Después de la enfermedad de Edwyn, teníamos la idea de vivir aquí de forma permanente, pero nos llevó diez años conseguirlo”, dice ella. Allí Collins tiene su estudio y compone; allí ha reconstruido una vida que gira en torno a lo esencial. “El paisaje influye”, admite. “Por ejemplo, después del ictus… ‘Losing Sleep’… Ahí las letras eran simples…, pero en el último disco… no son simples en absoluto”. Su música reciente respira ese ritmo más pausado, más contemplativo. Trabaja de una manera casi artesanal. Graba ideas en pequeñas cintas de casete. A veces las canciones le llegan sin buscarlas. “Me despierto y digo: ‘He soñado una canción’”.
En ese contexto, la gira de despedida adquiere otro sentido. No es una huida, sino una decisión coherente. El directo exige una energía física que ya no está dispuesto a sostener a largo plazo. La citada gira por Reino Unido, en otoño de 2025, fue la confirmación de que aún podía hacerlo. “Fue maravillosa”, dice Maxwell. “Yo estaba preocupada por su resistencia, pero no hacía falta. Estuvo increíble”. Quizá el haber llegado al límite de su resistencia es la señal que ha necesitado para darse cuenta de que es hora de retirarse de los escenarios. “Hay que hacerlo cuando todavía estás arriba”, resume ella.
El pasado, mientras tanto, sigue ahí. “A Girl Like You” aparece en cada conversación sobre su carrera. Collins no lo vive como una carga. “Es una bendición”, dice. “Estoy orgulloso. No se compone una canción así todos los días”. Aquel tema, que él mismo escribió, produjo y grabó, no solo le dio reconocimiento mundial, sino que definió una forma de entender el pop que ha influido en varias generaciones.
De hecho, hay quien le atribuye, medio en serio medio en broma, haber “inventado el indie”. Él lo cuenta como una anécdota: una noche en Londres, tres desconocidos le pararon por la calle y uno le dijo: “¡Tú inventaste el indie!”. Collins se ríe al recordarlo. “Así que sí: yo lo inventé”. No está muy pendiente de la música que se hace hoy, excepto por las bandas jóvenes que acuden a grabar a su estudio; de vez en cuando queda con sus amigos de Teenage Fanclub –que no son unos críos– para verse y tomar algo.
En varios momentos de la conversación, Collins murmura: “Soy un hombre con suerte”. ¿Puede decirlo alguien que se dedica a cantar y a tocar la guitarra y que quedó casi mudo y medio paralizado? Ilustra su afirmación con el ejemplo de Frankie Miller, otro músico escocés que también sufrió un ictus, en su caso, en 1994: pasó cinco meses en coma y cuando despertó no podía hablar. A pesar de largos años de rehabilitación, nada volvió a ser igual para él. “Normalmente estos casos te empujan a las sombras”, dice Grace. Después de haber estado a punto de desaparecer, literalmente, haber recuperado el lenguaje, la música y la posibilidad de volver a subirse a un escenario durante veinte años más, la declaración de Collins no parece exagerada. Ahora, simplemente, toca bajarse, sin ruido, pero con todo lo que importa todavía intacto: su talento para componer. “Estoy orgulloso del pasado, pero, sobre todo, pienso en las canciones que me quedan por escribir”, dice. ∎