No contento con tratar de seguir la máxima wildeana de hacer que su vida parezca una obra de arte, quien se considera a sí mismo la víctima número uno de la cultura de la cancelación nos quiere hacer creer que es posible hacer también un arte de la otra cancelación, la suya propia: la que deja a muchos de sus fans compuestos y sin bolo. Él ya se cancela solo: una de cada tres veces. Aunque eso le reporte un eco mediático que ya nadie esperaba –lo de su catatonia en Valencia generó titulares en ‘Rolling Stone’, ‘The Guardian’, ‘NME’, ‘Pitchfork’ y decenas de cabeceras del mundo–, el precio a pagar no es pequeño: convertirse en un interminable meme. Queda, cómo no, el día después. Los conciertos que sí ofrece. Ese 20, 30 o 40 por ciento, dependiendo de la época. Y el de Zaragoza fue de los que no se olvidan. Al menos uno de los dos o tres mejores entre los seis que yo he visto. Incluso uno de los más notables de entre los últimos que han catado su directo más de cincuenta veces a lo largo de su vida –como el amigo Luis Le Nuit, fan fatal a quien ya me encuentro a las puertas del recinto un par de horas antes del bolo– y han disfrutado en mucho tiempo. Debieron sentarle bien los tres días de descanso, desde luego. También influyó uno de sus mejores repertorios de las últimas semanas, para qué negarlo.
Cuarenta minutos antes de su irrupción en escena, se despliega el carrusel de imágenes de su mitología particular. Como siempre. Canciones de Ramones, Gene Pitney, Sham 69, David Bowie, Barbara Lynn, Judy Garland e incluso de unos Kid Creole And The Coconuts por quienes nunca pensé que pudiera mostrar alguna simpatía. Aún nos puede sorprender con ese tipo de cosas, no solo con su rosario de excusas. Abre con una expeditiva “Billy Budd”. Buen material de fogueo. “I Just Want To See The Boy Happy” prolonga la enérgica apertura. Se le nota con ganas. “Suedehead” genera el primer karaoke de la noche: más que justificado. Es una lectura correcta, no mucho más. Hasta que llegan dos de las canciones de su nuevo trabajo que acomete casi enlazadas, y lo que a priori podría ser una excusa para consultar el móvil, charlar con el vecino, tomar la barra del bar al asalto o aliviar la vejiga (en realidad nadie se mueve de su localidad en toda la noche; de hecho, nadie permanece sentado ni siquiera en la primera canción) se convierte en una relativa sorpresa: tanto “Notre-Dame” como “Make-Up Is A Lie” salen reforzadas del directo, mucho menos planas que en los surcos del disco. Con un plus de robustez.
Una larga introducción de piano a cargo de Camila Grey –no son habituales solos instrumentales tan dilatados en sus conciertos, salvo algunos de batería y ya hace años– da la bienvenida a la melancolía eterna de una imbatible “Everyday Is Like Sunday”. Enseña máxima de esas canciones tristes que tienen la virtud de ponernos contentos (especialmente cuando se cantan en comuna), en feliz definición de un Jorge Martí (La Habitación Roja) que me pregunta en ese momento por WhatsApp cómo discurre la noche, tras haberse quedado con un palmo de narices el jueves en Valencia. Hasta “World Peace Is None Of Your Business” cobra sentido como liviano entremés entre dos composiciones tan emblemáticas e intensas en su angst vital, porque en realidad anticipa el bis con una “There Is A Light That Never Goes Out” con la que cuesta reprimir la lágrima. No la malbarata ni una pizca. La encara con el porte y la entereza exigibles.
Morrissey reconoce, antes de despedirse, que ha disfrutado mucho de la noche (nunca se lo escuché antes) y que al día siguiente van a tener que recogerlo prácticamente con una pala. Uno a uno, los miembros de la banda nos saludan tras la presentación del jefe. Todos lo hacen en perfecto castellano: los tejanos Camila Grey y Jesse Tobias (guitarra), la italiana Carmen Vanderberg (también guitarra) y, cómo no, el bajista bogotano Juan Galeano. Tan solo el batería Matthew Ira Walker –de Chicago, ataviado con camiseta del álbum “Meat Is Murder”(1985) de The Smiths– lo hace en inglés. Suena “You’ll Never Walk Alone” en la voz de Judy Garland (en la de Gerry And The Pacemakers hubiera resonado demasiado liverpuliana) y enfilamos la salida. Y aunque me hubiera gustado una mísera mención a Valencia –seguramente no sería Morrissey, de haberla hecho– y en ocasiones comparto el lógico encabronamiento de quienes no escarmientan tras tanto bolo abortado a última hora, doy por más que buena la escapada a Zaragoza porque llegará el día en que ya no podremos disfrutar de este hombre, uno de los últimos bastiones de una forma de entender el pop que posiblemente se extinga cuando él ya no esté. Por mucho que pensemos que algunas luces no deberían apagarse nunca. ∎