Escultor de electricidad, artista sonoro, ingeniero ubicuo y parte muy activa del buen momento mundial que vive la música de corte ambiental. Es Rafael Anton Irisarri, un norteamericano con acento (muy) vasco que ahora divide su tiempo entre Nueva York y Navarra, y que después de cimentar una sólida discografía sobre montañas emocionales eléctricas, consigue ser más directo que nunca interpretando imágenes con su guitarra. El 14 de mayo actuará en la sala Dabadaba de San Sebastián.
Rafael Anton Irisarri tiene su cuartel general en Nueva York, pero no en la ciudad. Suso Saiz nos sopla que, cuando está en aquel lado del Atlántico, no cabe imaginarlo en mitad de la ciudad, sino que vive feliz entre bosques. Allí está su cuartel general, Black Knoll Studios, desde donde mezcla o masteriza obras ajenas imprimiendo un sello sonoro que ya se ha transformado en uno de sus principales rasgos y ha posibilitado una discografía que es, además de otras cosas, reflejo de sus viajes por el mundo y de las huellas que dejan en su carácter. Su amplísimo abanico de trabajos para otros abarca desde el añorado Ryuichi Sakamoto (1952-2023) hasta el grupo canario Pumuky, y en sus discos colaborativos hay trabajos de ambient –como los que hace con Abul Mogard– o de shoegaze de alto voltaje –junto a Benoît Pioulard– en Orcas.
Ahora, con “Points Of Inaccessibility” (Black Knoll Editions, 2026) resulta más accesible melódicamente, a la vez que se sustenta sobre algunos de los desarrollos más largos que ha grabado nunca en solitario. A partir de un encuentro en México con el artista visual neerlandés Jaco Schilp, se citan para trabajar en imágenes y música en Utrecht, en el estudio Uncloud, situado en las antiguas instalaciones del Pietre Baan Centre, una prisión psiquiátrica forense en la que se recluía a sospechosos de delitos violentos. Irisarri tocaría y Schlip lo transformaría en imágenes. Por eso se puede decir que Rafa realmente estaba moldeando imágenes con la guitarra: “En el sistema que teníamos, si el sonido era excesivo, las imágenes se dañaban y no me gustaba cómo se veía, pero luego llegaba a un punto en el que me gustaba lo que estaba pasando en la pantalla. Yo estaba justo enfrente tocando y dependiendo de lo que estaba haciendo o no haciendo; las imágenes se mantenían de una manera que me molaba mucho. Fue un proceso que era más de qué no tocar que de qué tocar. Todo lo que escuchas se improvisó en algún momento. Lo estaba pensando desde el punto de vista de una performance. Es algo que nunca había hecho de esta manera. En este disco se ha interpretado todo completamente en directo. Claro, luego cuando voy a mi estudio en Nueva York decido añadir unas cosas para crear lo que yo llamo ‘la película’, o un trabajo de edición mínimo para crear momentos de impacto, pero no para corregir errores ni para que no fuera lo que está plasmado ahí”.
Tiene que haber una energía muy extraña en un lugar que sirvió como prisión psiquiátrica.
Rafael: No lo sabía antes. Me pareció todo un poco raro. Hay esas puertas reforzadas que ya no tienen los cerrojos porque ya no está en activo el lugar, pero siguen estando las puertas de metal con una ventanilla pequeña para la observación, y te das cuenta de que el estudio está en una sala de observación para prisioneros. Todo tiene esa energía extraña. Da una sensación, también, de hospital, pero lo han transformado en unos estudios para artistas que han revitalizado el lugar desde una historia tan opresiva y fuerte. Es un espacio creativo hoy en día, pero todavía se siente esta energía. Llegamos a ese lugar sin tener ni puta idea de lo que íbamos a hacer. Yo tenía una invitación abierta para ir a crear un proyecto audiovisual para hacerlo en directo. No había un plan.
¿Qué tiene que ver la inaccesibilidad del título con el lugar en que se ha grabado y con la música que hay dentro?
Rafael: Muchas veces creo conceptos en viajes, en un avión o en un tren, observando o pensando en espacios para estar completamente desconectado. Ahí empecé a desarrollar esta idea que había leído sobre los puntos de inaccesibilidad, que son los lugares en la tierra que están lo más alejados posibles de cualquier otro punto, como islas remotas de África, la costa de Brasil o el Pacífico. Ese concepto me parecía interesante. Y luego me enfrento a estas imágenes de Jaco que parecían como manchas de Rorschach. Eso se mezcla cuando pienso que vivimos en estos puntos aunque nuestra desconexión ya no es física. Estamos todos hiperconectados, pero, al mismo tiempo, más aislados que nunca.
Históricamente, ¿estamos más aislados que nunca, somos esas islas?
Rafael: Definitivamente, sí. Hace unas semanas estábamos hablando de la Prehistoria y caímos en el tema de la Edad del Hielo, y de que en esa época los vínculos sociales eran muy importantes porque no solo eran vínculos sociales, sino de supervivencia. Unos cazaban, otros mantenían el fuego encendido, otros trabajaban con las pieles para que tuvieras abrigo. Esas comunidades estaban muy integradas, y lo que hacía cada cual era muy importante para conseguir que la humanidad sobreviviera. El sentido comunitario se ha perdido completamente en los últimos diez años. Vivimos en unas burbujas en las que hemos perdido el sentido de empatía. Si no puedes ver a la otra persona como un ser humano con tus emociones y sueños, ¿cómo puedes tener empatía? Nuestros datos son los que mantienen económicamente a una cantidad reducida de individuos.
Discos como este normalmente son mucho más disfrutables en soledad, ¿cómo casa eso con la cuestión de que precisamente el disco sea una reflexión sobre lo solos que estamos?
Rafael: Se puede disfrutar en una cómoda soledad, pero hoy en día, poderlo hacer juntos y que todos podamos tener esa experiencia comunitaria ya de por sí es un acto subversivo, pero no lo hacemos, estamos completamente aislados.
¿Es la historia reciente la que impulsa a mucha más gente a refugiarnos en esta otra manera de escuchar música?
Rafael: Sí, vivimos muy acelerados y no estamos diseñados para vivir tan rápido. Pero hay movida con el ambient. Estamos creado espacios para que la gente tenga, al menos, unos 45 minutos de enfoque total sin distracciones de otras cosas, y eso tiene su valor. Parte del problema que tenemos hoy en día es que ya no tenemos tiempo para estar aburridos ni para pensar, y no somos creativos. Cuando eras crío y estabas aburrido te imaginabas cosas y la mente corría, a lo mejor tenías un amigo imaginario o estabas pintando algo o te inventabas una historia. Tenías que tener ese nivel de aburrimiento. En música o política estamos repitiendo lo que estamos recibiendo, y es un gran problema, sobre todo si le sumas tu algoritmo y a ti te sale una cosa, a mí me sale otra y a mi mujer le sale otra cosa distinta. Vivimos en la misma casa pero, joder, vivimos en realidades completamente diferentes. Es un gran problema.
A veces emulas instrumentos clásicos con tu guitarra en este disco. ¿Estás volviendo a mirar ese neoclasicismo del que te separaste hace unos años?
Rafael: Sí y no. Soy muy fan de Arvo Pärt, que para mí es un dios entre nosotros, y he estado escuchando mucho su música en los últimos años, redescubriendo cosas; cómo compone y cosas que escribe. He escuchado mucho “Fratres” (1977), por ejemplo. Para este disco tenía un arco de viola y siempre he intentado sacar tonalidades en la guitarra que recuerden el sonido de un chelo, de una viola o de un violín, pero nunca tuve entrenamiento como músico clásico. Pero, claro, lo de tocar la guitarra con un arco no es nada nuevo, ya lo hacía Jimmy Page aunque era en otro contexto, más para hacer ruidos. Si escuchas “Dazed And Confused”, de Led Zeppelin, está tocando con el arco pero para crear unas capas sonoras psicodélicas, no tratando de emular el sonido de un chelo o una viola.
Ahora es cuando estás dando más conciertos en España en toda tu carrera. ¿Cómo ves aquí la recepción actual o el momento de esta música de corte ambiental?
Rafael: ¡Hay movida! Indiscutiblemente. Llevo viniendo a tocar a España quince años, creo. La primera vez que me presenté acá fue en un gaztetxe, en Euskal Herria, en Getaria, y la recepción fue increíble. Tocamos en Barcelona y estaba todo vendido, como en el bolo que dimos en Madrid en 2023, en Condeduque. Es muy buena recepción.
Esta música, alternativa de lo alternativo, nunca va a ser mayoritaria pero, viendo lo que dices, ¿es ahora un poco menos minoritaria que en otros momentos?
Rafael: Es muy minoritaria. Hoy en día la música ya no forma parte del entretenimiento principal de una persona, sino que es algo que se hace alrededor de otra actividad; estás con la Play, o estás con una peli, o estás con Netflix, y estás escuchando cosas pero ya no estás en el mismo contexto. Cuando era adolescente me podía sentar con los colegas a escuchar un disco de principio a fin. Ese tipo de relación con la música se ha perdido completamente. La gente menor de 35 o 40 años no tiene esa relación con la música. En el siglo XX, sentarse alrededor de una radio a escuchar música grabada era una actividad principal de entretenimiento para una familia. Todo eso ya no existe. Ahora escuchamos música a trozos, tienes una canción en una playlist, luego brincas a la próxima y luego dedicas cinco segundos a Instagram o TikTok. Hay un desfase y una desconexión en la que todo está sacado de contexto. No me puedo imaginar un disco como el “Dark Side Of The Moon” (1973) de Pink Floyd escuchado a trozos. Sería como leer “El Quijote” pero solo el capítulo tres y que luego saltaras al “Lazarillo de Tormes”, o algo así, para leer otro fragmento. Luego está lo del móvil en los conciertos, pero yo lo he empezado a ver como una forma de aplaudir. No me molesta que alguien grabe unos segundos o unos minutos y luego lo ponga en su red; muy bien, pero para estar todo el puto concierto con el móvil, para eso, quédate en tu casa. ∎