The Sophs son los nuevos chicos de moda en la escena de Los Ángeles. Sin embargo, antes de que su nombre empezara a circular con insistencia, eran poco más que una anomalía bien guardada. Un grupo sin una gran huella digital que de pronto captó la atención del sello Rough Trade con un puñado de demos enviadas casi a ciegas. No había gira previa, ni ruido en redes, sino una colección de canciones incómodas y deslenguadas escritas desde un lugar que no busca caer bien.
Ese impulso cristaliza ahora en “GOLDSTAR” (Rough Trade-Popstock!, 2026), su álbum de debut, un disco que gira alrededor de una sola pregunta: ¿qué significa ser una buena persona? En lugar de ofrecer respuestas, The Sophs se recrean en la duda, en la contradicción y en los pensamientos intrusivos que normalmente se censuran antes de llegar a una canción. Ethan Ramon, líder y vocalista de la formación que completan Sam Yuh (teclados), Austin Parker Jones (guitarra), Seth Smades (guitarra), Devin Russ (batería) y Cole Bobbitt (bajo), escribe desde personajes moralmente torcidos, exagerados hasta el esperpento, no para justificarlos, sino para darles un espacio donde existir sin consecuencias reales. Musicalmente, el grupo se mueve con la misma falta de pudor: pop-punk, funk, blues, emo o rock noventero conviven sin jerarquía.
“GOLDSTAR” suena a muchas cosas, pero mantiene una voz clara y reconocible, construida a partir del choque entre melodías inmediatas y letras que avanzan justo donde suele activarse la autocensura. En un contexto como el actual, cualquier éxito rápido despierta sospechas –de ahí las comparaciones con The Strokes o la etiqueta de industry plant, de grupo prefabricado, hacia el sexteto– y The Sophs optan por no defenderse ni aclarar nada. Asumen la herencia, la exageran y la reproducen sin pudor; no como truco, sino como punto de partida. No se trata de provocar por reflejo, sino de aceptar que esas ideas existen y darles forma antes de que se queden enquistadas. Sobre todo esto y algunas cosas más conversamos con Ramon y Yuh en Madrid.
Antes de firmar con Rough Trade, apenas había información sobre The Sophs. ¿Cómo se forma realmente la banda?
Ethan: En realidad, no hay mucho más antes de eso. Sam y yo nos conocimos en el instituto. A Austin y a Seth, los guitarristas, los conocí más o menos en esa misma época. Todos acabamos mudándonos de Phoenix a Los Ángeles, pero cada uno tenía otros proyectos, otras bandas, otros caminos musicales. The Sophs empezó casi como algo secundario, un proyecto paralelo que hacíamos sin demasiadas expectativas.
¿Y cómo se completa la formación?
Ethan: Ya en Los Ángeles conocimos a Cole, nuestro bajista, que es de allí de toda la vida, y a Devin, el batería, que es de Florida. Poco a poco empezamos a dedicarle más tiempo a The Sophs, a trabajar de una forma más constante, y la música empezó a mejorar mucho. Llegó un momento en el que pensamos: “Esto no puede quedarse en algo marginal, hay que sacarlo”.
¿Y qué pasó con los otros proyectos en que estabais?
Ethan: Fue bastante extraño, casi kármico. Todas las otras bandas y proyectos en los que estábamos se fueron disolviendo uno a uno, simplemente desaparecieron. De repente, lo único que nos quedaba era The Sophs. Ahí fue cuando pensé que tenía sentido apostar de verdad por esto.
Sam: Además, The Sophs son, sin duda, los músicos más talentosos con los que he trabajado, y creo que todos diríamos lo mismo. Eso hizo que el proyecto se volviera imposible de ignorar.
¿Cómo llegáis entonces a Rough Trade?
Ethan: Decidí escribir a varios sellos independientes porque quería tener algún tipo de respaldo antes incluso de publicar la música. Mandé un correo bastante simple, una demo de cinco canciones, unas fotos de prensa y un párrafo explicando quiénes éramos y qué estábamos haciendo. Nada especialmente elaborado.
¿Y respondieron rápido?
Ethan: Muchísimo. Rough Trade contestó al día siguiente. Nos dijeron que su cofundadora, Jeannette Lee, iba a estar en Los Ángeles con Pulp y que le gustaría vernos tocar en directo mientras estuviera allí.
¿Ya teníais experiencia tocando en directo como The Sophs?
Ethan: Ninguna. Nunca habíamos ensayado seriamente para tocar en vivo y, literalmente, nunca habíamos dado un concierto como The Sophs. Así que nos encerramos a toda prisa en un local de ensayo, pedimos algunos favores y conseguimos un bolo en un bar de Pasadena. Lo hicimos realidad como pudimos y, por suerte, salió genial.
Antes de firmar con Rough Trade, ¿teníais experiencia con la industria musical? ¿Habíais trabajado ya con sellos o representantes?
Ethan: Sí, todos veníamos con bastante recorrido previo. Cada uno había pasado por otros proyectos en los que ya habíamos trabajado con mánager y con gente de sellos. Cuando llegó lo de Rough Trade, además, nuestro bajista Cole, por haber crecido en Los Ángeles, tenía contacto con un abogado musical muy bueno a través de su familia, así que contamos con alguien de confianza revisando los contratos. También teníamos representantes con los que ya habíamos trabajado en otras etapas, así que no fue un salto al vacío. Simplemente aplicamos herramientas que ya conocíamos a un proyecto nuevo.
Podría decirse que sois amigos antes que compañeros de banda, ¿no?
Ethan: Totalmente.
¿Y os da miedo que, ahora que las cosas se ponen serias, eso pueda quedar en un segundo plano?
Ethan: No, la verdad es que no. Incluso antes, como amigos, todo lo que hablábamos era música. Cuando la música es lo que más te obsesiona, es difícil separar amistad y colaboración.
¿Hay paralelismos entre vuestra relación personal y la manera en que os comunicáis musicalmente en el escenario?
Sam: Si no fuéramos tan buenos amigos, sería imposible tener esa “conversación” que se da en directo a través de los instrumentos. Hay también algo casi invisible, conocemos muy bien las inercias de cada uno, anticipamos movimientos, sabemos cuándo entrar y cuándo dejar espacio. Como instrumentistas, encajar en esos huecos se vuelve algo muy natural. A veces tengo la sensación de que llevo tocando con ellos desde hace muchísimo más tiempo del que realmente llevamos conociéndonos fuera de la música.
Vuestro primer álbum se titula “GOLDSTAR” y gira en torno a la idea de ser una buena persona. ¿Qué significa eso para vosotros?
Ethan: Para mí, ser una buena persona es más una pregunta que una respuesta. No es algo que tenga claro, y precisamente de esa falta de claridad es de donde nace el disco. Pensé: “No sé realmente qué significa ser buena persona, así que quizá tenga sentido hacer un álbum intentando entenderlo”. Sé que suena un poco a no responder, pero es lo más honesto que puedo decir. De ahí sale toda la música.
Creo que quienes se hacen esa pregunta constantemente suelen hacerlo porque, en el fondo, sospechan que quizá no son tan buenos.
Ethan: Parece más fácil pensarse como alguien “malo” que como alguien “bueno”. Pensarte como una mala persona resulta casi más cómodo. Pensarte como una buena persona viene acompañado de cierta vergüenza, de incomodidad. Nunca terminas de aceptarlo, porque en cuanto lo intentas tu cabeza empieza a generar una lista automática de todo lo que has hecho mal. Es un reflejo inmediato. Piensas: “Soy buena persona”, y al segundo aparecen los fallos, las contradicciones, los errores. Al final acabas convenciéndote de que esas razones anulan por completo la posibilidad de ser realmente bueno.
Sin embargo, da la sensación de que quien está obsesionado con ser una mala persona rara vez lo es de verdad.
Sam: Exacto. En realidad, alguien que está constantemente preocupado por no ser una mala persona probablemente no lo sea. Las personas verdaderamente malas suelen ser las que no tienen ningún tipo de conciencia sobre sí mismas. Lo curioso es que aplicamos esa misma lógica al revés: pensamos que alguien que cree ciegamente que es una buena persona tampoco puede serlo, porque no está siendo consciente de sus defectos. Al final es un callejón sin salida, nunca te permites ser bueno sin cuestionarlo inmediatamente.
Cuando componéis desde esa peor versión de vosotros mismos, ¿sentís culpa?
Ethan: Más que culpa, sentí algo parecido a la liberación, casi como un exorcismo. La culpa estaba más presente cuando simplemente cargaba con esas emociones dentro. Darles un lugar a través de la música y construir esta versión dramática de mí mismo, este personaje, me dio una vía mucho más saludable para gestionar lo que sentía, sin tanta vergüenza.
Probablemente, las canciones más crudas con respecto a esos pensamientos intrusivos son “THE DOG DIES IN THE END” y “DEATH IN THE FAMILY”. Son duras, pero también tienen algo de humor. ¿Había una intención cómica ahí?
Ethan: Sí, totalmente. Creo que son graciosas precisamente porque son muy valientes. Nadie diría ese tipo de cosas en voz alta. Tienen muchas capas, pero las letras son muy directas y están envueltas en un tono muy seco, oscuro y, al mismo tiempo, humorístico. Además, hay una fricción muy clara entre lo que se dice y la música que lo acompaña, y creo que ese contraste es lo que genera ese humor tan seco.
Cuando las escuchaba, pensaba también en la idea de la violencia justificada o injustificada en el arte. Hay quien cree que toda violencia representada debería estar moralmente explicada. Al escuchar estas canciones me preguntaba el papel de esas imágenes tan violentas en vuestra música.
Ethan: Creo que hay una gran epidemia de analfabetismo mediático, especialmente en nuestra generación. Mucha gente asume que, si una obra muestra a alguien haciendo algo negativo o dañando a otros, automáticamente lo está justificando o diciendo que está bien. Y no es así. Muchas obras de arte tienen que incomodar, incluso tienen que ser injustificables. No sé si la violencia en estas canciones es justa o injusta, pero sí sé que es humana. Esos pensamientos y esos impulsos existen, nos guste o no, y tarde o temprano tenemos que hacer las paces con ellos. El arte es una de las mejores formas que tenemos para hacerlo.
¿Creéis que haber crecido en un mundo atravesado por las redes sociales nos ha vuelto más obsesivos con ser “buenas personas”, con comportarnos bien porque estamos siempre siendo observados?
Ethan: Sí, totalmente. Siempre me viene a la cabeza una frase: “Los padres más estrictos crían los hijos más desviados”. Vivimos en un mundo donde se prioriza parecer moralmente impecable, ser más puro que el de al lado, y estamos sometidos constantemente a una presión externa enorme. Creo que eso hace que el péndulo se mueva hacia el otro lado por dentro. Internamente se generan pensamientos mucho más oscuros, contradictorios, incómodos. Así que, sí, lo reconozco completamente. La honestidad está por encima de la alineación moral. Es humano. No creo que podamos coger una parte de nosotros mismos y etiquetarla sin más como buena o mala.
Sam: Si es algo real dentro de ti, entonces es algo que tienes que reconciliar, entender y aprender a gestionar de una forma saludable. Lo contrario de eso es juzgarte constantemente, y no lleva a ningún sitio.
Sois una banda numerosa. ¿Cómo encontráis el sonido que queréis sin que tantas influencias distintas se desdibujen?
Ethan: Creo que precisamente funciona porque los seis venimos de proyectos musicales muy distintos y con referencias muy variadas. A nivel de influencias… es que la única banda en la que todos coincidimos de verdad es The Sophs y, aunque pueda parecer contradictorio, eso genera una energía muy potente en el estudio.
Sam: Solemos empezar desde una idea muy clara, un pensamiento, una sensación o algo concreto que queremos provocar en quien escucha. Partimos de ese núcleo y, desde ahí, los sonidos se van colocando alrededor. Por eso, “GOLDSTAR” suena tan dispar a nivel musical, pero el mensaje y la voz del disco se mantienen constantes.
También habéis dicho que no os importa “copiar” o apropiaros abiertamente de referencias descaradas. En realidad, todos los artistas lo hacen, pero casi nadie lo reconoce. ¿Cómo es sentirse cómodo con esa idea?
Ethan: Creo que es una de esas cosas inevitables. Siempre te sientes mejor cuando aceptas algo que sabes que va a pasar de todos modos. Si es inevitable, ¿para qué resistirse? Viniendo de Los Ángeles y estando tan conectados a internet como estamos, ves constantemente bandas nuevas y una fijación enorme con la nostalgia. Todo el mundo quiere ser la próxima banda de una tendencia que ya existe. Todos somos versiones bastante baratas de lo que pasó hace diez años, pero algunos intentan ocultarlo y fingir que no están copiando nada. Como reacción a eso, quizá de una forma un poco provocadora, pensé: “¿Y si nuestro modus operandi fuera justo lo contrario? ¿Y si lo ponemos sobre la mesa desde el principio?”. Incluso la portada es una reproducción directa del cuadro de Magritte, “La reproducción prohibida” (1937). Me hace gracia esa fricción, porque literalmente es una copia y el cuadro se llama así. Todo eso añade una capa de comedia y, sobre todo, nos da libertad. Al no intentar esconder nada, podemos jugar más y ser más creativos.
La nostalgia es un arma poderosa, pero también limitante.
Sam: No creo que sea algo que se pueda forzar. Si alguien crea algo completamente nuevo, algo que no se haya visto ni escuchado antes, ocurrirá de forma natural, no porque esté persiguiendo activamente la idea de novedad. Si miras la historia de la música, rara vez algo aparece de la nada. Lo extraño es que ahora muchos artistas no quieren admitir que forman parte de esa continuidad.
Claro. Tras “SWEAT”, por ejemplo, casi todo el mundo os catalogó como unos Strokes 2.0, o un nuevo industry plant. ¿Habéis tenido síndrome del impostor con este crecimiento tan veloz?
Ethan: Los éxitos suelen ser, en realidad, años y años de trabajo acumulado. Antes de que existiera The Sophs todos nosotros llevábamos mucho tiempo dentro de la industria musical. No es que sacáramos un disco desde nuestra habitación en la universidad y de repente pasara todo esto. Somos adultos, tenemos otras fuentes de ingresos y llevamos años intentando que la música funcione. Cuando alguien te llama industry plant, normalmente significa que estás yendo en la dirección correcta. También me da un poco de pena esa reacción, porque hay mucho nihilismo y mucho cinismo alrededor de la industria. Todo el mundo está obsesionado con internet y con la idea de que ya no se puede hacer nada como antes. Se preguntan por qué no se firman bandas “a la vieja usanza” y, cuando de repente una banda sí firma de esa manera, la reacción es pensar que no puede ser real. Es casi una forma triste de rendirse. Parece más fácil creer que todo está manipulado que aceptar que, a veces, las cosas funcionan porque hay trabajo detrás. ∎