Si entonces, el 28 de noviembre y el 5 de diciembre de 2025, The Waterboys agotaron las entradas de forma consecutiva en el auditorio de menor capacidad del enclave multiusos valenciano con dos mil personas por noche (para quien aún no lo conozca, la sala es algo así como el Sant Jordi Club para el Palau Sant Jordi de Barcelona, pero dentro del mismo recinto), ayer las cuentas cuadraron con creces, sobrepasando la mera multiplicación de aquellas dos citas ya en el espacio por el que pasan los músicos con mayor poder de convocatoria.
Personalmente, me quedé entonces –como en casi todos los últimos bolos que los he podido de ver– con la sensación de que la banda necesitaba un poco más de Steve Wickham (el violinista entonces ausente) y un poco menos de Brother Paul (el eficiente pero histriónico teclista y ocasional guitarrista), y esta gira no solo prometía eso, sino también la ocasión de ver al legendario Steve Earle (una vieja amistad los une) integrado como si fuera un miembro de pleno derecho de The Waterboys, interpretando algunos de sus clásicos junto a las canciones de un “Fisherman’s Blues” (1988) que está cerca de cumplir cuarenta años.
Pintaba bien sobre el papel, y lo cierto es que la combinación funciona. El de anoche fue uno de los conciertos más brillantes que uno es capaz de recordarle a una banda que ha pasado por esta ciudad –o alrededores– cerca de una decena de veces –me vienen a la cabeza recintos como Arena Auditorium, Ku Manises, Repvblicca, Palacio de Congresos, Jardines de Viveros o Auditorio de Burjassot– y siempre ha tenido una acogida más que entusiasta por parte de su fiel parroquia. Hay una simbiosis especial, una relación de afinidad singular entre The Waterboys y el público valenciano, que se puede extender a otras formaciones surgidas del fermento post-punk de los ochenta –como The Mission, The Cult, The Sisters Of Mercy o The Chameleons– y que tiene mucho que ver con un concepto muy local y peculiar de la nostalgia. Siempre flota en el ambiente la sombra del manido sonido remember: hay mucho de ese público. No todo, claro. En honor a la verdad, ninguna de las bandas antes mencionadas depara conciertos tan rotundos y vivificantes como los de Mike Scott, aunque todas vivan de rentas del pasado. Este hombre sigue pletórico sobre las tablas a sus 67 años. No admite renuncios ni momentos de flaqueza.
Curiosamente, yo mismo esperaba que la querencia local por cierta clase de épica rock deparase una acogida mucho más entusiasta para la primera parte del concierto –la que va más allá del título de la gira y se centra en la producción que no tiene nada que ver con “Fisherman’s Blues”– que para la segunda, la que revisita las raíces folk irlandesas y norteamericanas en connivencia con un Steve Earle que no es precisamente de gran dominio público en nuestro país. Porque esto no es exactamente lo que se anuncia: es mitad y mitad. Como dos shows diferenciados. Y aunque fue más o menos así –me dio la impresión de que estábamos más anchos durante ese segundo tramo de concierto–, lo cierto es que ambas fases fueron recibidas con alborozo. Superaron prácticamente tres horas de actuación, durante las que transitaron desde esa big music que definió su ascenso a las primeras ligas –cuando parecía que podían competir con Simple Minds e incluso U2– hasta una exuberante combinación de música de raíz en la que Irlanda y Texas no quedaban –ni mucho menos– tan lejos.