Anoche, a la hora prevista para el inicio del concierto del estadounidense Ye aka Kanye West, el crepúsculo aún se colaba por el inmenso tragaluz del estadio Riyadh Air Metropolitano, iluminando cenital y naturalmente lo que vendría a llamarse la zona de pista en cualquier otro macroevento muchísimo más usual que el que aguardaba. En este caso, nada de verde ni de cualquier otro color, todo el plano horizontal estaba cubierto de negro abismo y en el centro del mismo se erigía un gran escenario semiesférico blanco, flanqueado por seguratas de oscuro. Doce minutos después, un enmascarado –sin miedo ante el calor: pasadas las nueve de la noche teníamos 34 grados en la capital de nuestro pequeño reino– cruzó a paso firme desde el túnel de vestuarios hasta la apertura de la estructura. El color rojizo terroso del atuendo que cubría totalmente el corpulento cuerpo, aparentemente humano, podría recordar a un superhéroe, alguien como Deadpool, un personaje parangonable incluso por la capacidad de desmembrarse, una y otra vez, para terminar recomponiéndose y triunfando. Cinco minutos de música drone a volumen brutal fueron suficientes para probar alguna llamarada e inundar de humo espacial el espacio, antes de comentar el espectáculo.
Imagino que, a estas alturas de la imprevista gira europea en curso, cualquier seguidor del famosísimo Kanye Omari West –nacido así en Atlanta, Georgia, hace 48 años– esperaba tal diseño escénico, ideado por el mismo Ye junto a Aus Taylor. Un despliegue personalizado con la iluminación que aportan imágenes realistas tanto de la Tierra como de la Luna, que se proyectan sobre toda la superficie y son mapeadas por John McGuire creando su ilusoria rotación, cuando el único que gira es nuestro protagonista, agarrado por un casi invisible cable de seguridad por si se precipitara al vacío, consciente o accidentalmente.
En Europa, el “Ye Live Concert Tour” fue cancelado a su paso por Londres, Marsella, Chorzów, Reggio Emilia –pasó también con Travis Scott: se alegaban problemas de orden público y seguridad– y Praga. La mayoría de las veces el motivo de las cancelaciones estuvo relacionado con sus declaraciones antisemitas y su coqueteo con la peligrosa ideología neonazi durante el período 2022-25. Pero sí se ha podido ver en Estambul a finales de mayo, supuestamente ante 118.000 asistentes. Y en junio por partida doble en la ciudad holandesa de Arnhem con el amparo de las autoridades y tribunales del país, que citaron las leyes constitucionales de libertad de expresión de la nación y concluyeron que no había una base legal suficiente para prohibirle actuar. Ye agotó un recinto similar al neerlandés –70.000 de aforo– en Tiflis y también a su paso por Tirana con, al parecer, una subvención de cuatro millones de euros mientras manifestantes se reunían frente a la oficina del primer ministro para oponerse a proyectos inmobiliarios de lujo en la costa albanesa, liderados por el yerno del presidente estadounidense, Jared Kushner, y su hija, Ivanka Trump. El 7 de agosto, cerca de la localidad portuguesa de Faro, Ye despedirá los conciertos europeos de la gira. Anteayer añadió una última fecha al tour: el 24 de octubre de 2026 se le espera en el estadio Gelora Bung Karno de Yakarta.
En Madrid, con entradas nada asequibles –entre los 225 y 355 euros, 400 en sala VIP o 600 en los palcos principales–, quedó algún hueco libre, pero en absoluto eso deslució la sensación de éxito. Según la organización, fueron más de 60.000 fans los que asistieron ayer al estadio rojiblanco, procedentes de más de 41 países. Un acontecimiento mayúsculo, la primera visita de West a España desde aquella actuación a finales de marzo de 2006 en la sala Razzmatazz 1 de Barcelona. Fueron muy llamativas las larguísimas colas a la entrada y salida frente a los puestos oficiales de merchandising, con el último vinilo a 35 pavos, camisetas a 55 o 75 y sudaderas a 110-130, no precisamente de la marca Yeezy.
Ye es la suma de todas sus partes, un ser que vive en las nubes intentando mantener los pies en el suelo. De productor en Chicago a autoproclamado genio del rap, ha sido calificado como provocador, magnético, bocazas, ególatra, incontrolable, viral, irascible, alienígena, exigente, iluminado, gigante visible, contradictorio, influyente, inconsciente, brutalista, dadaísta, vitalista, optimista, extremista (interesado tanto por las luces como por las sombras), enfermo mental (bipolar diagnosticado) y siempre polémico. Está consolidado entre los músicos más relevantes de todos los tiempos y se asume su rol como una de las figuras vivas más destacadas del hip hop masculino, con permiso de Jay-Z, Kendrick Lamar o Nas. Por si fuera poco, a su carrera musical se suma un destacable negocio como diseñador de moda, que lo coloca en la élite económica. Es un músico con una presencia tan potente que incluso desde esta premeditada distancia respecto al público dispara barras sin que a nadie le importe no sentir su calor o ver su expresión: las van a cantar y bailar igual.
Esta es su séptima gira de conciertos, la primera desde hace una década, y sirve de apoyo a su duodécimo álbum en estudio, “BULLY” (2026). En ella, el repertorio es prácticamente incuestionable, excepto en los momentos en que grita “next!” y acorta alguno de los casi cuarenta temas que suenan: lo que podía durar casi dos horas y media se queda en noventa minutos.
Un cuarto de hora después de haber comenzado, desciende de la cumbre para quitarse la máscara, aunque no haya pantalla alguna repartida por los graderíos para ver el rostro del cantante de cerca. Durante la celebrada “Heartless”, con la mayoría de las linternas de los teléfonos encendidas, el hábil realizador del espectáculo decide mostrarnos su careto sudado en blanco y negro. En una celebración de tal calibre, los dispositivos móviles llegan a calentarse incluso más que de costumbre: los más jóvenes lo usan como certificado FOMO para exhibirse durante el evento y a posteriori. Los fotógrafos profesionales acreditados tuvieron que asumir el reto de disparar también con su móvil, ya que no estaba permitido tirar de equipos profesionales. Que conste.
Me parece curioso que entre las canciones más celebradas por la afición estén las originalmente colaborativas: “Niggas In Paris” sin el inmenso Jay-Z, “Mercy” sin las rimas de Pusha T, “CARNIVAL” sin Ty Dolla $ign pero con ese coro tan futbolero, “American Boy” sin Estelle, aparentemente la fav del fandom femenino. Ye ni saluda ni agradece, pero en un par de ocasiones sí que anima a aplaudir o a botar con él. “ALL THE LOVE” nos descubrió un pequeño escenario con al menos dos instrumentistas, uno de ellos el también productor y director musical André Troutman al siempre llamativo talk box. Paradójico fue el karaoke que se montó con “EVERYBODY”, como si de los mismísimos Backstreet Boys se tratara.
Aproximadamente a la hora de haber empezado, tras “Good Life”, Ye volvió a sumergirse en el polo norte de su planeta-satélite, quizá para ser refrigerado de alguna manera. “All The Lights”, acompañada por incontables cabezales de luz, flashes y láseres, provocó uno de los delirios de la velada. Mandó rebobinar “Ghost Town”, probablemente por descoordinación de sonido, aunque pudiera haber sido un haul and pull up en guiño a la cultura jamaicana. Anécdota que se salió del guión, como anteriormente “Famous”, pues quería que la multitud cantara más fuerte “I made that bitch famous”, sin poder imaginar que hubiera swifties en la casa. Para la interpretación de su (c)oda “Runaway” apareció acompañado de una caja de ritmos, aunque solamente interpretó el coro y la melodía, no hubo estrofas. Sucedió justo antes de que desapareciera para no volver, mientras sonaba la dedicada “True Love”. ∎