La impresión física del hombre casa raro con su introversión. O del todo, según se quiera. Los bigardos –entre los que me incluyo– tienden a la educación, la discreción o el desparrame. Domicilian su ego en otras comarcas, lejos de la llegada enérgica, porque solo con los cabezazos que se dan contra los marcos de las puertas es suficiente para verlos venir. Yung Prado, alias de Nil Roig, es un espingardo callado. Su predilección por los platos se revela así del todo lógica. Él está ahí, a su rollo, elevado en la atalaya del escenario sin que nadie lo mamonee. Y lo mismo que su mirada hacia dentro es palpable llevando las riendas del ritmo en un club, festi o guateque familiar, también lo es en una entrevista. En las oficinas de FFFEA, en la madrileña plaza de los Mostenses, Praditos mira a un infinito oculto en el canto de la mesa que tiene delante. Responde a las cuestiones sobre su nuevo álbum, “GUFI” (Mainline Planet, 2026), mientras acaricia y rastrilla con las uñas la madera igual que un niño en el despacho del director. Pero nadie le está echando la bulla. ¡Qué va! Nada más lejos. Aquí se viene a reverenciar el cuajo de sus temas, la ironía de sus letras y esa vocación por ser un patoso, un guasón con piernas de regaliz que circula lejos de la soberbia solemne y sensual que se presupone a la cultura electrónica.
Olvídense de people chachi-pistachi con cuerpos sudorosos trajinando pirulas a la manera de aquel adictivo bodrio generacional de “Mentiras y gordas” (Alfonso Albacete y David Menkes, 2009). Esto, como bien señala el título, va de hacer el gufi. El payaso. El chorravaina. Nada más abrir la conversación, le confieso a Yung la sintonía espiritual alcanzada con el disco. Le cuento, como si le importara un pijo, que mis viejos camaradas de noche siempre se retaban en las discotecas a ver quién hacía la danza más ridícula. Ni una gallina puesta de ketamina hubiera alcanzado la calambrada histórica de algunos de los pasos de mis compadres. La vida, la noche, era así un poco menos cruda. Se cocinaba la risa. Y la juerga, tantos años después, sigue saboreándose. Quizá, piensa este cronista, esa sea la razón de cambiarse el nombre. De ser otro. Rollo Spiderman del ridículo. Un superhéroe de la chanza.
¿Por qué nace Yung Prado allá por 2016? ¿A qué vino buscarse un alter ego?
Porque en esa época era como la edad de oro de los raperos y todos se ponían “Yung no sé qué”, “Yung tal”, y me hizo gracia lo de poner “Yung” y una cosa que no fuese nada de malote. Era un meme; o sea, era básicamente un meme porque tampoco en ningún momento pensaba que esto se convertiría en una cosa tan grande. Bueno, tampoco tan grande, pero sí más profesionalizada.
Lo profesionalizado ya es sinónimo de grandeza en lo que a música se refiere en este país. Llevas una década en esto. ¿Cómo ves la evolución de la cultura club en España?
No hay mucha evolución. Bueno, como siempre en todo, pues hay cosas que las pilla la industria y las hace supergrandes y tal, y a partir de ahí ya dejan de ser tan interesantes y son más una fuente de negocio. Pero siempre resurgen cosas que tienen más identidad y que cuentan historias más reales. No solo por dinero y por difusión. Para mí, la industria es todo el círculo ese donde se generan trabajos y se genera dinero de forma muy masiva. No atendiendo al arte, sino atendiendo al mero negocio. Uno de los grandes problemas es la estandarización: deja de ser tan artístico y pasa a ser como una cosilla más de masas y de copiar-pegar.
El disco se llama “GUFI”. ¿Qué significa para ti este concepto?
Ser gufi es como, no sé, patosillo. La música, en este caso, sí tiene un poco de patosilla. Pero después de repente tiene ahí una mezcla de cosas raras que hace que sea especial también.