Santi Carrillo, director editorial de Rockdelux, acudió recientemente al festival Vórtice, en Talca (Chile), y explica aquí (a lo Me, Myself & I, su antigua sección personalista en Rockdelux) sus impresiones y experiencias allí y, antes, en Santiago. Fue la primera edición de un certamen cuya misión es fortalecer la escena musical regional y crear redes entre artistas y profesionales.
Eduardo Lobos, director del certamen, me invitó a participar en unas charlas alrededor del mundo de la música. En la mesa redonda “Booking y Management – Desafíos frente a la IA”, la segunda en la que participé en Talca, me acompañaron Carla Arias (directora de la agencia de contratación y representación Armónica y socia fundadora del sello Quemasucabeza; fue ella quien me devolvió a Santiago en coche: gracias, Carla), el citado Diego S. Porzio (productor ejecutivo de música independiente chilena y fundador de Cazador) y el moderador Fernando Mujica (locutor con gran experiencia en radio y, en su día, periodista musical y editor de ‘Extravaganza!’, referente absoluto de la prensa musical alternativa noventera en Chile). Versamos sobre los efectos de la IA en la música hoy en día. ¿Hasta dónde vamos a permitir su intromisión y cuáles serán nuestros límites ante esta inevitable avalancha que no cesa?, apunté románticamente desde la ingenuidad. En la charla, defendimos todos el “factor humano” como contrarréplica, pero, quizá, sin mucha convicción. Fuimos escépticos ante la IA y nos conjuramos como resistencia ante lo que se avecina. Alegamos que “el toque del ser humano es insustituible”; lo juramos. Pero, al mismo tiempo, aceptamos las comodidades que ofrece la IA para gestionar lo que antiguamente denominábamos “papeleo”: gestiones grises de organización, contratos, excels, etc. Conclusión recomendada: utilicemos la IA como lo que es, un robot a nuestro servicio con fines técnicos, prácticos, aburridos, pero no consintamos que interfiera en las elecciones artísticas, bendito precepto que a todos los apasionados por la música nos ha marcado con un halo no terrenal en nuestras respectivas filiaciones sónicas. ¿Vamos a dejar todo en manos de un reaccionario y comodón algoritmo? ¿No es el arte sagrado, por lo menos para unos cuantos locos como nosotros? Mientras mis compañeros de “conversatorio” (así se denominan en Chile estas charlas) lanzaban ideas, propuestas o quejas sin solución de continuidad, decidí coger el toro por los cuernos, mi teléfono, y preguntar a la IA directamente por la afectación que puede tener (que ya está teniendo) en el ámbito periodístico. Esto me respondió:
¡Hola!
Puede ser bastante perjudicial para algunas partes del periodismo, pero no creo que vaya a hacer desaparecer el periodismo como profesión. Lo que sí puede hacer es cambiarlo muchísimo.
El principal riesgo está en el periodismo más rutinario: noticias breves, resultados deportivos, resúmenes económicos, notas basadas en comunicados, reescritura de agencias, transcripciones, etc. Una IA puede producir ese contenido en segundos y muy barato. Eso puede llevar a que algunos medios necesiten menos redactores para producir el mismo volumen de noticias.
También hay un problema más serio: la IA permite generar cantidades enormes de información falsa o de baja calidad. Fotos falsas, vídeos, declaraciones inventadas o páginas enteras que parecen medios de comunicación. Paradójicamente, eso puede hacer que el buen periodismo sea todavía más necesario, porque alguien tiene que comprobar qué ocurrió realmente.
Donde la IA tiene muchas más dificultades para sustituir a un periodista es precisamente en lo que hace que el periodismo sea bueno: investigar, conseguir fuentes, entrevistar, detectar que alguien está mintiendo, acudir físicamente a un lugar, comprender el contexto, decidir qué merece ser investigado y asumir responsabilidad por lo publicado. Una IA puede ayudarte a analizar dos mil documentos; no puede llamar por sí sola a una fuente que lleva tres meses negándose a hablar y conseguir que finalmente cuente lo que sabe.
Y hay otro efecto interesante: un periodista que sepa utilizar bien la IA probablemente tendrá bastante ventaja sobre uno que no. Puede usarla para transcribir entrevistas, encontrar patrones en documentos, organizar datos, comparar versiones de un texto, traducir material o hacer búsquedas preliminares. Eso deja más tiempo para investigar y escribir.
Así que yo lo resumiría así: la IA amenaza bastante al “redactor de contenido”, pero mucho menos al periodista que aporta información original. De hecho, cuanto más fácil sea generar texto automáticamente, más valiosos pueden llegar a ser la investigación, las fuentes propias y la credibilidad.
Si estás preguntando esto porque estás pensando en estudiar periodismo o dedicarte a ello, ahí cambia un poco la respuesta: te puedo contar qué ramas del periodismo veo más y menos expuestas a la IA de aquí a 10–15 años.
(Gracias, IA, no es necesario).
Leí en voz alta el informe y algunos asintieron desde sus sillas. La insigne periodista musical Marisol García, sentada en primera fila, dijo: “Es eso, es eso”. Tal que así. El buen periodismo, valorado o no en estos tiempos salvajes, debería sobrevivir a esa carencia multiplicadora de efectos repetidos en cadena en notas de agencia calcadas en mil webs cutres y vacías. Pero ¿acaso es eso periodismo? NO. Eso es una mera suplantación, por defecto, de lo que algunos consideran periodismo. Y las redes sociales han acrecentado ese impacto comunicacional, que no informativo, con fines egocéntricos, lucrativos, viles, serviles, matariles, etc.
Lo de “Desafíos frente a la IA” se celebró en el Centro de Extensión UTALCA (sede del festival, en el centro de la ciudad), gentileza de la estupenda Universidad de Talca –pública y estatal–, como tuve ocasión de comprobar en un lindo recorrido por su campus (en las afueras de la ciudad) guiado por los profesores Marco Díaz (cinéfilo y fundador del Festival Internacional de Cine de Talca y, ahora, impulsor del Festival de Cine Vertical de Chile; tipo divertidísimo, fue de quien surgió la idea de invitarme al festival), Eduardo Bravo (editor de la revista de la Universidad ‘Tralka’, medio plural de culturas en digital) y José Luis Uribe (arquitecto y futbolero, fan del concepto de la revista ‘Panenka’), excelentes anfitriones y todos ellos lectores de Rockdelux en sus años de revista en papel.
Curiosidad: con Marco Díaz y con Eduardo Bravo también compartí mesa, a mi llegada a Talca, en un experimento de creación gastronómica y arte culinario de postín con el reputado chef local e investigador Rubén Tapia, estrella con ego, en su pintoresco restaurante Quinta La Chanchá, cuyo lema es: “En este local: el cliente no tiene la razón”. Se trataba de recrear los sabores del Abate Molina (1740-1829), sacerdote jesuita considerado el primer científico chileno, que dejó manuscritos culinarios que unían las culturas gastronómicas chilena, italiana y francesa. Fue un proyecto auspiciado por la propia Universidad de Talca (Residencia para Creadores) vinculado al patrimonio alimentario de la región del Maule (Talca, la capital, se ubica en su puro centro) que concluyó con una comida basada en un curioso menú degustación, con maridaje de extraordinarios vinos de la zona, al que asistió una representación de las fuerzas vivas de la ciudad: de la política, de la prensa, de la universidad, del sector alimentario, del sector viticultor, etc.
Un día después de la comilona degustativa, me veo sobre una tarima con Marisol García. Fue la primera conversación dentro de las propuestas de Vórtice: “El periodismo musical en la era digital”. Esta vez ocurrió en la privada Universidad Autónoma de Chile en Talca, la competencia de la anterior (entre otras selectas universidades privadas de la zona). En el salón de actos, un público joven y entusiasta, una nutrida representación de estudiantes, no todos de periodismo (estos, por cierto, acabando la primera promoción en esta universidad), algún profesor y Patricio Moraga, reconocido cronista del local ‘Diario Talca’, también presente en el experimento gastronómico del día anterior. Ante ellos, nosotros, dos veteranos periodistas musicales asumiendo el pragmatismo de un modelo de profesión en fase de peligro terminal y lanzando mensajes positivos basados en el compromiso social, la educación cultural, la voluntad de mejora permanente, la necesaria falta de prejuicios como objetivo y todos esos elementos enriquecedores que necesitan oír, ilusionados, los buenos alumnos aplicados con ganas de aprender. Dijimos lo obvio y sonó a película de ciencia ficción: en un mundo como el actual, mediatizado por los poderes ocultos y los fascismos al alza, se necesitan superhéroes que desenmascaren a los malignos. Mientras, a su vez, explicamos aventuras personales y lanzamos opiniones, algunas divertidas, otras quizá extravagantes, sobre la crítica musical para animarlos a ser personales, valientes e incorruptibles. Sonó a curso de autoayuda, y en cierta manera lo fue un poco: en un mundo como el actual (repito), una jungla indescifrable, alguien tiene que hacer el trabajo sucio de desbrozar imbecilidades, falsedades, vanidades e intoxicaciones, y no conformarse con titulares capciosos y opiniones sesgadas.
Una vez más, sentí el respeto enorme que se le tiene en Chile a Rockdelux, circunstancia que ya experimenté en 2013, cuando fui invitado, junto con Francesc Vaz (director ejecutivo de Rockdelux), al festival Pulsar de Santiago y, tras una charla, la gente nos esperó para que les firmáramos revistas antiguas y fotografiarse con nosotros. Lo mismo que experimentó Juan Cervera en 2018 en el mismo Pulsar y en otro festival chileno, el Fluvial, de Valdivia. Y lo mismo que volví a vivir en esta visita, primero en Santiago y después en Talca. Un aprecio basado en la devoción que sentían muchos por aquellas revistas en papel que llegaban seis meses tarde a Chile (y a Argentina, y a México, entre otros países latinoamericanos). El retraso era producto de varios factores encadenados que ahora explico para aclarar las dudas que surgieron en algunas preguntas que se me hicieron a nivel privado entre peticiones de fotos compartidas que, obviamente, acepté. Aquellos ejemplares eran los sobrantes no vendidos en España de cada edición, que debían esperar su turno de devolución por parte de la distribuidora una vez hecha la liquidación (tres meses, más que menos); después, la compra por parte de un intermediario de los palés a peso de las revistas, que sumadas a otras publicaciones españolas en idéntica circunstancia engrosaban contenedores que, una vez llenos, se facturaban en barcos para viajar a América y, desde allí, se iniciaba el proceso de distribución nacional. Todo ese engorroso y laborioso procedimiento, prácticamente artesanal, hacía que un número de enero con lo mejor de la temporada anterior, por ejemplo, pudiese llegar tan ricamente en junio, medio año después, a los quioscos de Santiago o Buenos Aires. Y, aun así, increíble pero cierto, se vendían entre un determinado target de público, que esperaba Rockdelux con devoción y con sanas peleas entre ellos para conseguir las escasas revistas que se exhibían en los quioscos. Sorprendentemente, se creó una especie de mitificación que todavía perdura. Y las consecuencias son estas muestras de fervor vividas, todavía hoy, en nuestras visitas a, por ejemplo, Chile.
Lo comprobé también en algunas entrevistas en medios especializados en Santiago: con Cristian Araya (fundador de la plataforma multimedia ‘Super 45’), con Rainiero Guerrero (del programa ‘Rock Shop’ en Radio Futuro), con Bárbara Carvacho y Paula Altamirano (del pódcast ‘Tallerderadio’ emitido por el sello discográfico Quemasucabeza) y con Francisco Reinoso y Alfredo Lewin (en el pódcast ‘Mesa Sonar’ de la radio Sonar FM), todos ellos con gran conocimiento de la historia y del papel de Rockdelux como medio prescriptor a lo largo de tantos años.
Volviendo al Vórtice musical, Javiera Electra inauguró los conciertos el primer día del festival. Tuve ocasión de conversar con ella tras la actuación. Y hablamos de PJ Harvey, de quien los dos somos fans. Ella ve cada álbum de Polly Jean como un experimento diferente que la reinventa disco a disco. Entre sus predilectos y los míos: “Let England Shake”. Javiera me regaló la reedición en CD (con nueva portada y un tema añadido: “Ancla”) de su primer álbum, “Helíade”, publicado en vinilo este año. Había debutado con un EP en 2023: “Reprís”. A su folk acancionado con raíces campesinas suma efluvios de la mítica canción popular chilena y viscerales arranques rock. Lo presenta de un modo teatralmente performativo y glamurosamente desbocado por momentos, y en otros hace valer una voz ingenuamente ambigua, entre el cabaret y el orgullo sexual recuperado. Le sobran tablas para dominar el escenario. Estuvo en 2025 Bilbao, en el BIME, y allí grabó una sesión en directo para KEXP en la Iglesia de la Encarnación que la resituó en el panorama internacional cuando ya había sido seleccionada ese mismo año por ‘Rolling Stone’ en su lista de 25 artistas hispanohablantes emergentes.
Al día siguiente, Vórtice programó a tres bandas de la zona de Talca: Electric Scape (más The Strokes que los propios Strokes del principio; lo juro), Sebas Collarte (cantautor mainstream de fusión todoterreno; agradable sin más) y Cochebomba (banda de hip hop a dos voces y logradas bases de la época del hip hop instrumental de los noventa; combativos pero repetitivos en su rapeados). En fin, variadas propuestas con inquietudes y resultado irregular ante un público que esa misma semana, el domingo previo, antes de mi llegada a Talca, había podido disfrutar del concierto, éxito apoteósico en una sala, de Candelabro, la revelación actual del rock chileno junto a Hesse Kassel, dos bandas, ahora mismo, a la altura de cualquier otra internacional de nivel superior. Y el sábado me perdí los tres grupos (Miedos de Prensa, Río Río y The Sonoramas) que tocaron el último día del festival porque ya viajaba hacia Santiago para regresar a España.
El festival Vórtice se sustenta en Eduardo Lobos, que dirige el asunto, pero se hace indispensable la ayuda de su socio Juan Pablo Bastidas (con quien comparte la tienda de discos y sello Monophone Records en Santiago y quien moderó alguna charla en Vórtice). El coleccionista Boris Orellana (en su día, cofundador de ‘Super 45’ y con programa en Radio Zero) también ayuda en la feria de discos que acompaña al festival.
Porque en Chile he experimentado ese cariño al objeto musical que se vive entre los aficionados a la música, circunstancia que parecía perdida y que, de nuevo, parece arraigar entre jóvenes y no tan jóvenes. Sobre todo, el CD, pero también el vinilo. Por cierto, recomiendo a quien viaje a Santiago pasarse por La Disquería Chilena, tienda de discos impulsada por la Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes Musicales (SCD) que se encuentra en el Mercado Urbano Tobalaba (MUT), un centro comercial moderno con diseño más propio de cualquier ciudad europea. Allí podrá encontrar joyas en vinilo de la discografía autóctona más recóndita y extensa y nutrirse de las imprescindibles referencias chilenas.