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Un tatuaje de Dolly en el brazo

El fallecimiento de Dolly Parton hace apenas una semana ha provocado una marea sentimental que conjuga aflicción por la pérdida artística y reconocimiento a su compromiso social lejos de los focos y escenarios. Lara Alcázar, colaboradora de Rockdelux, lleva el recuerdo de la estadounidense siempre consigo.

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l día que me vacuné contra el COVID con la vacuna que Dolly Parton (1946-2026) había ayudado a financiar con un millón de dólares a través del Vanderbilt University Medical Center, decidí que me tatuaría en el brazo algo que me recordase a ella.

Tenía 8 o 9 años la primera vez que escuché “Jolene”. No sabría explicar por qué me impresionó tanto, pero se quedó para siempre conmigo. Más tarde llegó Aunt Dolly en la serie “Hannah Montana” (Michael Poryes, Rich Correll y Barry O'Brien, 2006-2011) y ahí conecté el personaje con la artista. Dolly formó parte de un panteón de artistas que me inspiraron a lo largo de la adolescencia. Es curioso que llegara a relacionarla con Kurt Cobain gracias a “In The Pines”, canción apalache que Dolly grabó para su disco “Heartsongs. Live From Home” (Columbia, 1994); Nirvana grabó ese mismo tema –vía Leadbelly– como “Where Did You Sleep Last Night?”, para cerrar su histórico “MTV Unplugged In New York” (Geffen, 1994), disco que me compré en vinilo con uno de mis primeros sueldos y que después perdí en una mudanza.

Diseño del tatuaje de David Kirchen que Lara Alcázar lleva en su brazo.
Diseño del tatuaje de David Kirchen que Lara Alcázar lleva en su brazo.

Frente a otros ídolos adolescentes, Dolly aportaba –desde su brillo sureño– la felicidad, la amabilidad y el espíritu para conseguir aquello que te propones. No hacía falta un libro de autoayuda ni un influencer diciéndote que madrugaras para triunfar en la vida, ver su sonrisa me levantaba el ánimo para estudiar, superar un examen y, más mayor ya, para ir a trabajar el día que estaba de bajón o quedarme viendo sus actuaciones durante horas mientras una pizza y un vinito me sacaban del pesimismo.

Dolly Rebecca Parton falleció el martes 25 de agosto en Nashville, a los 80 años. La noticia la dio su sobrino en un vídeo grabado en nombre de la familia. Recuerdo abrir Instagram en la cama, junto a mi mujer, cuando apareció un vídeo posteado hacía dos minutos en la cuenta de Dolly… Pero no era ella quien aparecía, y ahí supe que venía algo malo. “No, no, no puede ser…”. Pero sí fue. Mientras escuchaba ese mensaje, las lágrimas caían por mi cara. Triste y pensando a la vez “¿Cómo puedo llorar por alguien a quien no conocía?”. Ese vínculo no es único ni excepcional; muchísimas personas han sentido lo mismo al ver cómo se iba una figura tan inspiradora, creativa y excepcionalmente amable. El duelo no es por su muerte, sino por la certeza de que ella ya no podrá seguir haciendo, de primera mano, todo el bien que hacía. La pérdida es para el mundo, porque sin duda el mundo está peor sin Dolly.

La fascinación siguió a lo largo de mi posadolescencia y adultez. En mi afición por el country, estudié su música, me informé sobre sus proyectos sociales y seguí de cerca sus apariciones, conciertos y discursos. Fue, antes que icono, una compositora extraordinaria, bordando punto a punto canciones llenas de detalle. “Coat Of Many Colors” describe la pobreza de su infancia, rodeada de hermanos en una cabaña en Tennessee, así como el amor de su madre haciéndole un abrigo con retales que, frente la humillación de otros niños, Dolly convirtió en un gesto de orgullo. “Jolene” se escribió en menos de tres minutos y trascendió generaciones con un mensaje claro: no compitas por el amor, simplemente sé sincera. Solo necesitas tres acordes y la verdad, three chords and the truth, como decía el compositor de country Harlan Howard (1927-2002).

Icono para siempre. Foto: Michael Ochs Archives (Getty Images)
Icono para siempre. Foto: Michael Ochs Archives (Getty Images)

Dolly Parton ha sido la artista más prolífica de la historia del country, llegando a escribir más de tres mil canciones originales, entre las que se incluye, por supuestísimo, “I Will Always Love You”. La canción que Elvis Presley le pidió grabar, pero que la artista decidió rechazar a causa de las condiciones que le exigía el mánager, que reclamaba la mitad de los derechos de publicación. Dolly había tomado la decisión correcta, y aunque eso le rompía el corazón, sabía que había honrado su obra y hecho justicia ante lo que era suyo. Ella quería la oportunidad, pero no a cualquier precio. Más exposición no equivale a más respeto. Para mí, esta anécdota habla de que no todos los trenes que pasan hay que cogerlos, hay que saber decir que no, aunque a priori la decisión más obvia parezca la correcta. Ojalá lo hubiera tenido yo más presente esta historia el año pasado cuando me estaban dando arritmias por estrés…

Para Dolly Parton no fue fácil situarse en la gran liga musical del country, lo hizo a raíz de grandes esfuerzos. En 1964, al mudarse a Nashville, Tennessee, justo el día después de graduarse en la secundaria, atravesó momentos de pobreza que la hicieron recurrir “a la imaginación” para no pasar hambre. Recuerdo escuchar en una entrevista cómo describía la “sopa de condimentos”. Al no tener dinero para comida, coche ni teléfono, Dolly compraba botes muy baratos de mostaza, kétchup y aderezo de pepinillos. Luego mezclaba estos condimentos con agua caliente y hacía una sopa. En otras ocasiones, cuando la invitaban chicos a cenar, pedía siempre una hamburguesa para tomar y otra para llevar, y así tener comida al día siguiente. Más de una vez pensaba en esto, terminando de estudiar sin un trabajo serio y comiendo un día pasta y al otro arroz, sintiendo que hay personas muchísimo peor que yo y que más vale no quejarse y estar agradecida por lo que se tiene.

La buena de Dolly, criada en una cabaña de una sola habitación junto a once hermanos en Locust Ridge, Tennessee, llegó a su primer contrato discográfico en 1965 con Monument Records. El sello le pidió que pospusiera su boda con Carl Dean, temiendo que estar casada perjudicara su lanzamiento, pero Dolly no hizo ni caso. Ella y Dean se escaparon en secreto a Ringgold, Georgia, donde se casaron el 30 de mayo de 1966. Su matrimonio duró casi seis décadas y de nuevo puso el éxito personal por delante del cálculo comercial. Cuatro años después actuó en Grand Ole Opry, aunque pocos saben que su primera aparición en el legendario programa fue a los 13 años, de la mano de Johnny Cash.

Cartel de la fundación Dollywood, en 1988. Foto: Ron Davis (Getty Images)
Cartel de la fundación Dollywood, en 1988. Foto: Ron Davis (Getty Images)

Dolly siempre se mantuvo en contacto con esa niña que había sido, lo que la conectaba con la creatividad, la diversión y el amor maternal. Aunque nunca tuvo hijos propios, crió a muchos dándoles un referente positivo, becas y apoyo escolar, una forma de maternar bien conocida en las comunidades queer. Ella misma decía haber estado siempre rodeada de “gays, lesbianas y drag queens”, a los que debía mucho, aunque era recíproco. Hizo entender a muchas personas que la aceptación es un ejercicio apegado a la bondad y, en su caso, a la fe. A las mujeres nos dio un referente de maternidad distinto, donde la amistad, el arte, la filantropía y la comunidad pueden dar a otras personas la seguridad para vivir su vida tal y como son, sin miedo.

Siguiendo ese espíritu, dedicó cientos de millones de dólares a la educación, la ayuda humanitaria y la sanidad a lo largo de toda su vida. En lugar de hacerse multimillonaria, prefirió repartir los beneficios de sus negocios para mejorar la vida de otras personas. Así llegó, en cierto modo, esa vacuna de Moderna a mi brazo. ¿Puede ser que Dolly me salvase de una enfermedad espantosa? Sí, puede ser. Lo que es seguro es que no solo tendré su recuerdo en un brazo, siempre estará en mi corazón. ∎

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