Cumbre del flamenco social.
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Fuera de Juego

El Cabrero, el anarcocantaor al que el miedo hizo rebelde

A José Domínguez, “El Cabrero”, la muerte le ha llegado estando retirado desde hacía siete años –falleció el pasado día 13 con 81 años–, pero en todo ese tiempo nadie que lo hubiera escuchado cantar lo ha relegado al exilio de su memoria. El cantaor de Aznalcóllar era uno de esos artistas que te marcan para siempre porque te hablan desde un lugar poco habitado en el negocio del espectáculo, y eso deja un vacío colosal en el flamenco.

Ya lo conocía, había escuchado sus discos por cuestiones de índole política que no vienen al caso, pero cuando escuché cantar a El Cabrero (1944-2026) en directo, lloré. Fue en el teatro de La Axerquía de Córdoba, el 20 de junio de 2010, dentro de la Noche Blanca del Flamenco. No sé si fue porque llevaba todo el día deambulando por la ciudad sin hablar con nadie, en plan introspectivo, pero aquello descorchó algo en mi ser. El calor de la siembra, la fatiga de la cosecha, el ardor de la lucha, la rabia por la derrota y el empecinamiento en no dejar de presentar batalla: todo eso brotaba de la garganta de José Domínguez de una manera tan auténtica que te aplastaba.

Nueve años después de aquel encuentro leí la noticia de su retirada de los escenarios por problemas de salud. Y otros siete después, veo la de su muerte a los 81 años: falleció el miércoles 13 de mayo en Bormujos, Sevilla. Me pregunto por qué la escena flamenca no ha tenido el valor de darle el lugar que merecía. Evidentemente, pagó caras muchas cosas.

Actuación de El Cabrero en Dos Hermanas, en 1977. Foto: Fondo Antonio Vargas de la FAL
Actuación de El Cabrero en Dos Hermanas, en 1977. Foto: Fondo Antonio Vargas de la FAL

Natural de la localidad sevillana de Aznalcóllar, José vino al mundo el 19 de octubre de 1944 y desde niño se dedicó al pastoreo de cabras, oficio que ya nunca dejaría por mucho trabajo que le saliese cantando flamenco. Fue en 1972 cuando empezó a dedicarse más a fondo al cante, recorriendo con la compañía La Cuadra de Sevilla gran parte de España y algunos países extranjeros, donde quedaron maravillados con su voz y su estar en el escenario. De hecho, su carrera en solitario debuta sobre las tablas fuera, en Ginebra, al año siguiente.

A pesar del éxito y del reconocimiento, él quería dedicarse a sus cabras, y solo la necesidad lo llevó a lanzarse con todas las de la ley: cuando vio que el dinero no alcanzaba para garantizar un parto digno a su mujer, Elena, decidió que había que ganar esas perras extra actuando. Su primer disco, “Así canta El Cabrero” (Belter, 1975), salió poco antes de la muerte del dictador Francisco Franco, y para entonces él ya se consideraba anarquista de cerebro y corazón. Pero su era dorada lo esperaba en los años ochenta, que arrancaron con sus victorias en los premios de soleá y malagueña del IX Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, y se desarrollaron en un clima de lo que hoy llamaríamos hype, pues en las peñas de toda Andalucía llegó a tener más popularidad que el mismísimo Camarón.

“El Cabrero. Le chant de la sierra”, documental dirigido por Amar Arhab y Béatrice Solué en 1988.

Aunque ya era muy conocido en el extranjero, los noventa fueron años de reconocimiento masivo y galáctico, por así decirlo: compartió cartel con estrellas internacionales como Gilberto Gil o Chick Corea e incluso formó parte de la gira “Secret World Tour” de Peter Gabriel en 1993. Pero nada de eso le hizo perder el cable a tierra, cosa imposible. Siguió teniendo muy claras sus convicciones, participando en discos solidarios promovidos por sindicatos anarcosindicalistas como “Chiapas. Los ritmos del espejo” (BOA, 2000) o donando el dinero de algunas de sus actuaciones a diferentes causas, también a una asociación de cantaores jubilados. Además, pasó por el calabozo varias veces por su implicación en diferentes luchas campesinas y ganaderas. Curiosamente, la que lo mantuvo más tiempo entre rejas fue por una punkarrada que se marcó en el escenario. En 1982, actuando en Alcolea del Río, soltó un “me cago en Dios” que le valió condena a prisión por blasfemia. “Me encerraron porque era yo, no por lo que dije. Allí no hubo ningún escándalo público. A los pocos meses me volvieron a contratar y, cuando me fui a disculpar, los aplausos no me dejaron terminar. Hubo mucha movilización social y, en vez de dos meses, solo estuve tres semanas en la cárcel”, relataría más de tres décadas después.

Plantando cara, siempre.
Plantando cara, siempre.

Tenía claro que su riña con el poder, su resistencia, su dignidad, no le saldrían gratis. Pero a El Cabrero no lo domaba nadie. “Algunos dicen que soy un cantaor político, pero los políticos son los que comen del pesebre y se hacen fotos con los que mandan, y no yo, que lo que hago es cantar lo que siento y guardar cabras. ¿Que si creo que me ha perjudicado? No es que lo crea, lo sé. Pero eso lo sabía desde el primer día y no me arrepiento”, le confesó al respecto al compañero Israel Viana hace unos años.

Ahora es difícil saber si en sus últimos momentos se alegró de todo lo conseguido, o si sentía que todo se estaba yendo a la mierda. Yo apuesto a que recordó aquel verso de “Como el viento de poniente” –canción versionada por Marea, por cierto– que decía: “Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño, porque no sé a dónde va”. En cualquier caso, su voz indómita se apagó el pasado miércoles en el hospital San Juan de Dios del Aljarafe, como ha comunicado su hijo El Crespo Zapata, también cantaor, a través de Facebook. “Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el teatro municipal de Aznalcóllar”, dice su comunicado, que termina con una frase escueta, sin pretensiones ni sentimentalismos, pero que lo clava: “Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros”. ∎

No es fiera para domar

“Así canta El Cabrero”
(Belter, 1975)

El debut discográfico de El Cabrero es de obligada escucha para conocerlo, porque es pura leyenda: vio la luz poco antes de morir Franco y el 19 de noviembre, cuando el dictador agonizaba, los informativos de Televisión Española cerraron con él cantando: “Venga la tormenta, venga el temporal, estoy tan jecho a pasar fatigas, que to me da igual”. En este álbum, ya vemos al anarquista combativo que tanto molestaría a algunos flamencos, con piezas como el martinete “En la puerta de la cárcel” o el taranto “No debes pedir clemencia”.

“Que corra de boca en boca”
(Doblón, 1983)

Reeditado en 1993 por haberse convertido en uno de sus discos más populares, este álbum, que se publicó en casete, salió siendo ya una estrella del flamenco dentro y fuera de nuestras fronteras. Aquí hay algunas de las piezas más emocionantes de su repertorio, con temas tan explícitos como “Porque nunca me he vendío”, “Van diciendo por ahí” o el fandango valiente que da título al álbum, en el que escuchamos: “No critiques a mi copla y apréndela tú también, que corra de boca en boca, pa’ que el pueblo sepa bien, quién lo engaña y quién lo explota”.

“Ni rienda ni jierro encima”
(Atípicos y Utópicos, 2018)

Escuchar el último disco de estudio que grabó antes de retirarse es ahora una experiencia muy distinta, obligada para quien quiera conocer a este mito del cante en toda su dimensión. Ojo a lo que le motivó a hacerlo, ya pensando más en descansar que en otra cosa: “Le he cantao a casi to lo que me ha dao que pensar, pero no a todo, me faltaba cantarle a la amapola, siempre a la sombra del trigo, pero nada nubla su color, y a las flores que crecen en las cunetas, y a escupirle a los opresores, a los explotadores y al miedo, que es el mayor enemigo”.

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