Lo que define la vida de los humanos no es lo que dicen, o lo que dicen que piensan, sino lo que acaban haciendo. Joan Gil Albert manifestó en uno de sus relatos que “la grandeza es un traje que nos viene siempre demasiado grande”. No solo estoy de acuerdo con él; por suerte he tenido suficientes ocasiones en la vida para comprobarlo. Sin duda, una de las mejores fue la de haber disfrutado durante largos años de la amistad de Remigi Palmero (1950-2026), en quien las palabras “marginal” y “coherente” cobraban el mejor sentido.
En cuanto a este particular en especial, debo reconocer que siempre sentí envidia (y no soy el único) por su decisión de abandonar el mundanal barullo y parapetarse en su rural exilio, al cual siempre perteneció. “Més val que me carregui es personatge…”, como muy bien supo expresar Joan Miquel Oliver.
Así fueron pasando los años. Todos sabíamos que seguía haciendo música a solas, allá en su casa de Alginet. Y también que eso era todo lo que teníamos que conformarnos con saber… No news, good news. En este sentido, a menudo me viene a la memoria uno de sus mensajes favoritos: “El que quiera correr que se compre una moto bien grande”. Al abrigo de consejos como este, deslumbrado cada vez más por lo natural y lo esencial, dio un salto hacia delante (o hacia atrás, lo mismo da) y se fugó. Con tal de dejar atrás el realismo trágico de las ciudades y a las víctimas de la televisión y del qué dirán…
Desde luego no fue el único en poner en marcha esa brillante idea, pero en el mundo en que sobrevivimos una presencia como la del maestro Remigi es una luz en medio de la oscuridad en que nos quieren hacer vivir. Su hija, Marina, lo dijo bien alto durante el sepelio: una manera de ser como la de su padre es la mejor herencia que se puede recibir.
(... y ahora ahí van unos versos para el amigo):
“El Gran Dios Pan ha regresado a su morada en el Olimpo.
Se ha llevado todo el vino, un sinfín de pétalos de rosas,
las parrandas astrales, las verbenas clandestinas,
las ocúlteras piscinas y todo lo demás…
El barco fantasma se aleja por el cielo,
ya no hace falta intentar reunir todas las piezas.
Acostúmbrate a partir de ahora a apañarte como puedas
solo con el corazón;
en los días siempre iguales, previsibles,
como una eternidad”. ∎