Kanye West, ahora conocido como Ye, publicó el pasado viernes “BULLY”, su duodécimo álbum de estudio. Un trabajo anunciado en septiembre de 2024 y que se ha ido retrasando hasta estas fechas. A sus 48 años, resulta difícil discutir que su ego público ha engullido su entidad artística. En la larga gestación del disco, West no ha aminorado su faceta como aspersor de polémica, controversias que lo desplazan hacia las páginas extramusicales. Pese a sus modales y comunicados reprobables, su peso en la música popular de este siglo provoca que muchos aún atendamos a sus movimientos creativos. No es este el espacio para valorar si las 18 pistas del nuevo disco recuperan la relevancia perdida en sus últimos intentos discográficos, pero sí el de indagar en el clip colgado a las pocas horas del lanzamiento del álbum, dispuesto para generar ese buzz orgánico que le devuelva a la primera plana sin necesidad de usar su bocaza.
El trabajo en cuestión, con créditos de su esposa Bianca Censori, atañe a uno de los temas más redondos del disco. “FATHER” gravita alrededor del sample de “Heavenly Father, You’ve Been Good”, de Johnny Frierson, y gana volumen con la colaboración vocal de Travis Scott. La concepción de su envoltorio visual se articula como un tableau vivant alucinado: un plano estático de una iglesia con múltiples capas de acción y referencias que albergan significados ocultos y easter eggs que dejará engrescado a cualquiera de sus seguidores.
Universos imposibles colisionan en este único espacio de colores ocres y apagados. A la típica parroquia de un oficio religioso se le une un caballero medieval montado sobre un corcel negro, policías que se llevan a una monja durmiente, una suerte de mago que hace trucos a un maniquí antes de que le caiga una Biblia ardiendo sobre las manos, una madre medio humana-medio reptil que lidia con un hijo saboteador y, por supuesto, un sacerdote, testigo de todo ese circo sacro. Mientras tanto, por el ventanal de la iglesia se observan otros personajes y acciones: la llegada de un ovni, de un coche policial, de un portador de la cruz de Jesús y de otro alienígena que al poco descubriremos que es el propio Travis Scott, cuyo enlace marital con dos mujeres dicta la conclusión de la ceremonia. Esta hilera de situaciones rocambolescas y enlaces increíbles es contemplada desde la primera fila por un Kanye West impasible, hasta que dos astronautas irrumpen en la iglesia y, tras quitarle una máscara, descubren su apariencia alien. También genera todo tipo de teorías y observaciones la presencia de Michael Jackson en las últimas filas. No es hasta el desalojo de todos –menos el coro góspel y el maniquí– cuando el portador de la cruz entra en la iglesia. No son más que tres minutos de intersecciones impensables, propias de los servicios cristianos, cruzadas con una mitología disparatada que parece arrojar luz sobre el ánimo de incomprendido, vilipendiado y excomulgado que acarrea ser Ye. ¿O habría que hablar de la resurrección de Yeezus? ∎