Los créditos de “Amarga Navidad” (2026; se estrena hoy) aparecen, con una tipografía y colores característicos del diseño gráfico de los filmes de Pedro Almodóvar, como si fueran las palabras tecleadas por un ordenador, con el cursor siguiendo cada letra. Primera pista: uno de los protagonistas del filme, Raúl (Leonardo Sbaraglia), es un cineasta que está escribiendo el guion de su próxima película. El plano de la pantalla del ordenador y el teclado aparecerá constantemente, ya que la película es una historia dentro de otra historia o, mejor dicho, el momento presente, 2026, y el tiempo pasado, 2004, en el que Raúl ubica lo que está escribiendo y Almodóvar lo visualiza como si se tratara de un filme ya realizado. En ese pretérito, que en el fondo es el tiempo real de “Amarga Navidad”, Almodóvar empieza filmando a Elsa (Bárbara Lennie) en primer plano, una composición habitual en su cine de mujeres que aquí tiene otro sentido o justificación: Elsa tiene fuertes y constantes migrañas que la dejan fuera de combate más tiempo del deseado. El dolor, como en “Dolor y gloria” (2019), es importante, pero en este caso ocurre en la cabeza de una de las protagonistas, del mismo modo que su historia ocurre solo en la cabeza de Raúl. Los medicamentos –para la migraña, para la ansiedad, para la depresión– son en el filme objetos absolutamente cotidianos, recurrentes: los tranquilizantes se tienen en casa como se tienen cuadros, libros, revistas, fotografías, discos o botellas de vino; o bien los suministra una amiga, o hay que ir a buscarlos a casa de otra que celebra una fiesta multitudinaria.
“Amarga Navidad” es otra vuelta de tuerca almodovariana al tema de la ficción, la autoficción y la realidad, lo que la conecta con “Dolor y gloria”, aunque de una forma distinta. Esta última película es más corolario o compendio de varios motivos presentes o agazapados en la obra del director de “Volver” (2006): la creación artística, el juego entre cine y vida, la muerte de la madre –¿cuánto dura el duelo? –, la música de Chavela Vargas, Lanzarote… Elsa es la directora de dos películas de culto que ahora se gana muy bien la vida realizando publicidad. Vive con Bonifacio, apodado Beau (Patrick Criado), bombero casi a tiempo completo y stripper de fin de semana. La extraña pareja. Pero funciona en el contexto de las relaciones que establece Almodóvar entre sus personajes. “El cine tiene algo de premonitorio”, comenta Elsa, sin saber que casi todo en “Amarga Navidad” acaba siendo una concatenación de premoniciones urdidas por el doble fabulador, Almodóvar y su cineasta imaginario, Raúl, que no alcanza aquí la entidad de alter ego que tenía Antonio Banderas en “Dolor y gloria”, filme en el que Sbaraglia encarnó al examante del cineasta protagonista: otro juego de espejos. Una en apariencia intrascendente panorámica en la calle sirve de transición entre los dos tiempos del relato, para que nos situemos definitivamente en los dos espacios temporales y dramáticos, el de quien crea y el de quien es creado: Elsa sale del hospital y el movimiento de cámara termina encuadrando a Raúl y su asistenta y confidente personal, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), que podría ser la indispensable Esther García de la productora de los Almodóvar, pero el personaje tomará otra bifurcación.
La permuta entre las dos épocas y la conexión entre lo que vive Raúl en 2026 y vuelca en su guion ambientado en 2004 permite todo tipo de juegos dentro del propio mecanismo narrativo: por ejemplo, aparece el rótulo “Elsa recuerda cómo conoció a Beau”, pero la frase procede del guion de Raúl y es una buena forma de anunciar el flashback desde el proceso de escritura. Poco a poco, con una cierta reiteración en los diálogos en torno al concepto de ficción, autoficción y la legitimidad de esta cuando el creador implica a personas que no desean ser implicadas, los dos tiempos, los dos relatos, se van vampirizando mutuamente. Raúl incorpora todo lo que le ocurre a los demás a su guion, que por supuesto se titula “Amarga Navidad” –el período navideño es tan solo una pincelada, un reclamo que no llega a la condición de estado de ánimo–, y en ese guion el personaje de Elsa empieza a absorber lo que le pasa a su mejor amiga, Patricia (Victoria Luengo), en la escritura de un guion para su posible tercera película. Hay otro personaje en apariencia más fugaz, pero finalmente capital, de quien se apodera Elsa a través de lo que Raúl canibaliza de Mónica: es una joven modelo de cabello asalvajado llamada Natalia (Milena Smit), alguien verdaderamente trágico; Elsa es solo una mujer doliente, por sus intensas cefaleas y, en la primera parte, también alguien sensible.
Almodóvar juega a placer con el relato –lleva disfrutando de esto desde hace muchas películas–, consigo mismo y con la imagen que traslada a los demás a través de sus películas. Cuestiona no solo el poder de la autoficción, sino también el del propio cineasta consagrado: Mónica le comunica a Raúl –quien lleva tiempo sin dirigir nada– que le ofrecen 200.000 euros por ir un par de días a un festival de cine en Catar. En una de las tensas conversaciones entre Raúl y su asistenta, se nos dice que “el final de una película (o de una novela, una pieza teatral) es a veces una sorpresa para el autor y para el personaje”. Autor y personaje(s), la clave del enigma en el juego propuesto por el director de “Hable con ella” (2002) y “Julieta” (2016), otros de sus filmes sobre los mecanismos de representación y usurpación. “¡Ahórrate lo de la realidad y la ficción!”, le increpa airada Mónica a Raúl, situando la acción en una encrucijada que, por ejemplo, afectó de un modo determinante a la valoración que se tenía de los libros de memorias de Lillian Hellman, quien incrustaba en el supuesto recuerdo figuras inexistentes. El personaje de Sbaraglia no es honesto, aunque cree serlo, como cualquier artista que piensa que su libertad al crear implica la aceptación de todos aquellos en los que se inspira. Pero Elsa, en la ficción de Raúl, acaba entendiéndolo: ella, tras un duro aprendizaje, traslada el guion inspirado en los demás a la ficción propia.
“Amarga Navidad” es un melodrama que acepta distintos enfoques y texturas. Siendo tan propio del director español, tiene un empleo del rojo habitual en él pero también en los exaltados melos de Vincente Minnelli, el rojo intenso de la camisa y el automóvil de Elsa sobre el negro volcánico de Lanzarote, la isla donde acontecían situaciones determinantes en “Los abrazos rotos” (2009). A partir del tratamiento del género melodramático, Almodóvar se interroga –¿se cuestiona?– sobre sí mismo: comentarios de Mónica a Raúl, en la secuencia definitoria en el parque, en torno a mostrar tantas veces en sus películas el recuerdo de la madre muerta o las canciones de Chavela Vargas. La cantante mexicana le sirve para recrearse en sí mismo incluyéndola siempre en el debate de los sentimientos que procura la película. Almodóvar ama a Vargas, eso es incuestionable: ha utilizado antes sus canciones en “Kika” (1993), “La flor de mi secreto” (1995), “Carne trémula” (1997), “Julieta” y “Dolor de gloria”. Aquí llega aún más lejos: el título del filme (el real y el imaginado) está tomado de la canción homónima de Vargas. En la secuencia en la fiesta en casa de Rossy de Palma, Elsa, con su jaqueca, y Beau se refugian en una habitación alejada del mundanal ruido, pero aparece Amaia –otra realidad engastada en la ficción– para susurrarles, antes que cantarles, otro tema de Vargas, “Las simples cosas”, cuyas estrofas principales reverberan en el relato: “Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón / Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó”. Y la escucha del clásico “La llorona”, con comentarios de Elsa y Patricia sobre las distintas versiones en las que quedaba patente cómo Vargas estaba perdiendo la voz, sirve para tomar unas decisiones extremas que abocan el filme a su segunda y más intensa parte. Las canciones como ilustración, relato y acicate. ∎