Para todos aquellos que crean que cualquier pasado siempre fue mejor, esta es su novela. Para aquellos que piensen orgullosos que la identidad está conformada por lo que fuimos más que por lo que somos o seremos, esta es su historia. Y para aquellos nostálgicos del pasado que repiten hasta la saciedad que antes se vivía mejor y que hay que volver a los valores de antaño, “Albión” (“Albion”, 2025; Libros del Asteroide, 2026; traducción de Regina López Muñoz) será su panacea. Pero no porque les confirme sus ideas o prejuicios, sino porque les puede librar de ellos. Al menos descubrirán ateridos que cualquier idea del pasado no es más que un relato que nos cuentan siempre otros y la mayoría de las veces no con las mejores intenciones.
La británica Anna Hope (Mánchester, 1974) regresa a la ficción con “Albión”, un excelente relato donde deconstruye la idea misma de la novela situada en una casa señorial de la campiña inglesa. Remite a “Mansfield Park” (1814), de Jane Austen, a “Middlemarch” (1874), de George Elliot, y a la tétrica Manderlay de “Rebeca” (1938), de Daphne du Maurier, pero solo para escarbar hondo en sus tierras y sacar toda la porquería que ha permitido tanta belleza y ostentación. El libro huele a putrefacción, sabe a tierra, se siente en los dedos la sociedad y la podredumbre, pero a través de una prosa hermosa, elegante, ordenada, con fuertes cimientos, como eran esas casas de familias de grandes fortunas. Ese es su mayor hallazgo: cómo la forma imita a la perfección el fondo del libro.
En realidad, la historia es sencilla. Un padre multimillonario muere y sus tres hijos reciben de herencia una gran carga económica, por supuesto, pero al mismo tiempo una enorme carga moral, que tiene como representación física esta enorme casa señorial en Sussex, en el corazón de la campiña inglesa. A medida que pasen los capítulos, y sobre todo tras la presencia de una joven estudiante afroamericana con un desagradable secreto, se descubrirá cuáles han sido los verdaderos cimientos que levantaron aquella casa y se descubrirá definitivamente que el pasado, para ciertas personas, es mejor mantenerlo enterrado y bien enterrado.
Esto no es “Succession” (Jesse Armstrong, 2018-2023). Aquí a la escritora no le importan las trifulcas familiares para controlar la fortuna, sino lo que ocurre cuando dicha fortuna se vuelve intolerable y has de afrontar con dignidad y entereza no solo tus pecados, sino los de tus padres, abuelos, bisabuelos y toda una estirpe construida a partir de la humillación y la explotación de los más débiles. Todo olía a podrido en Dinamarca, pero en Sussex huele a bazofia y tristeza y constreñimiento y estiércol y abono y mierda.
Albión hace referencia al nombre que los romanos daban a la isla antes de la existencia de algo llamado Inglaterra. Y ese es el tema del libro: qué nos hace defender el nombre que nos han dado si no sabemos de dónde viene en realidad. Por ello, no puede entenderse la novela sin pensar en el Brexit y el gran sentimiento de culpa que ha despertado en ciertos estratos de la sociedad británica hasta el punto de cuestionarse la idea de excepcionalidad que hasta ahora les había valido como eje principal de la identidad nacional.
El libro casi parece como si George A. Romero o John Carpenter cogiesen los escenarios de “Downton Abbey” (Julian Fellowes, 2010-2015) y en lugar de a los elegantes y pijos aristócratas hiciesen transitar sus cadáveres. Los personajes están muy bien definidos, las dinámicas de la familia son muy reales y empáticas, y no hay malos ni buenos, como en los culebrones tipo “Dallas” (David Jacobs, 1978-1991), sino que hay un pasado que lo afecta todo y a todos y hay que reaccionar ante él. ¿Cómo? Ahí están el dilema moral y el drama y suspense de la novela. ∎