Cómic

Macan - Kordey - Desko - Vitković

Marshal Bass. Integral volumen 1Astiberri, 2025

El francés Jean “Moebius” Giraud (1938-2012), a quien no hace falta presentar, afirmó hace años que “gracias al cómic, ya no necesitamos a Hollywood”. Giraud añadió que el género sobre el Salvaje Oeste había desaparecido prácticamente del cine cuando un milagro apareció como una carga de caballería. “El milagro se llama ‘cómic’, bueno, no, ese es solo su nombre, el patronímico entero es ‘cómic francófono’. Ahí fue donde se refugiaron los vaqueros”. Generalizando, tenía razón.

El wéstern: un género narrativo made in USA dedicado a mitologizar la “conquista” del Oeste por colonos blancos. Construido en novelas decimonónicas que solían recoger leyendas basadas en exploradores, sheriffs y forajidos reales, el wéstern mutó en el siglo XX trasladando sus códigos y arquetipos, sobre todo el american frontier hero, a entornos urbanos. Así se forjaron la novela hard boiled y, derivada de ella, el noir cinematográfico. El wéstern estuvo también en las raíces fundacionales del cine hasta el punto de identificarse en cierto momento con el medio en Estados Unidos, desde las primeras películas mudas hasta su auge como género establecido entre los años cuarenta y primeros sesenta, su época de mayor popularidad, que incluyó series televisivas. Desde entonces, el wéstern cinematográfico se deslizó hacia una etapa manierista y crepuscular que revisaba de modo crítico sus propios tópicos, hasta entrar en un lento declive por razones culturales complejas (contracultura juvenil, Guerra de Vietnam, etc.). Para comienzos de los noventa, una película como “Sin perdón” (Clint Eastwood, 1992) era una rara avis en las grandes pantallas. Y así continúa siendo, salvo cineastas puntuales que desean dar su visión autoral del asunto: Kevin Costner, los hermanos Coen, Quentin Tarantino, Jacques Audiard, Jane Campion et al. El género también se ha reavivado en series recientes de streaming, pero casi nada de esto ha podido verlo Jean Giraud, fallecido en 2012.

Sin embargo, tal como este observó, el wéstern se refugió en el cómic hasta convertirse en un género recalcitrante. Y lo hizo, esto es lo más llamativo, en la bande dessinée francobelga. Por supuesto, el wéstern en viñetas fue un invento original de Estados Unidos. Hay ejemplos tempranos en su cómic de prensa, alguno tan bello y singular como “White Boy In Skull Valley” (1933-1936), una tira de Garrett Price que lo abordó desde la perspectiva de los indios y las mujeres, eternos secundarios en los códigos del género. El caso es que, tras gozar de amplio predicamento en los comics books desde finales de los cuarenta, en los sesenta el wéstern en viñetas estadounidenses entró en declive hasta desaparecer de ellas. En la industria francobelga, en cambio, persiste. Podemos ampliar el foco y hablar de un eurowestern en cómic porque en otros países europeos, sobre todo Italia, ha existido una tradición importante de tebeos de vaqueros.

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El belga Joseph “Jijé” Gillain (1914-1980), maestro de Jean Giraud, fue uno de los primeros en estandarizar el género en la bande dessinée con la serie “Jerry Spring” (1954-1990), creada para la revista juvenil ‘Spirou’. Giraud, asistente y discípulo aventajado suyo, llegó a dibujar una aventura de “Jerry Spring” antes de abrir su propio camino en “Blueberry” (1963-2007), la serie que creó con el guionista Jean-Michel Charlier (1924-1989) para la otra gran revista de la bd juvenil, ‘Pilote’. Las aventuras del teniente Blueberry nacieron en los sesenta, la década de máximo furor europeo por los cowboys, pero con los años se convertiría en EL wéstern de la bd, su modelo principal. Una saga de enorme éxito que, a través de diversas subseries, construyó la iconografía del Oeste más imitada en las viñetas europeas, amén de generar mucho dinero, un soporte económico que permitió a la mano divina de Giraud realizar sus experimentos dibujísticos bajo la coartada de la ciencia ficción y el seudónimo de Moebius. Tras la muerte de sus creadores, “Blueberry” se sigue reeditando (en España, por Norma) y la franquicia ha “resucitado” con autores de la generación de la nouvelle bd como Joann Sfar y Christophe Blain; véase su “Teniente Blueberry. Rencor apache” (2019; Norma, 2020), que este año tendrá continuación. Nuevas series recientes al margen de “Blueberry”, como el best seller de los franceses Xavier Dorison y Ralph Meyer “Undertaker” (desde 2015, ocho álbumes por ahora, traducidos aquí por Norma), demuestran la fortaleza del wéstern como género convencional en la industria de la bande dessinée. De hecho, todas sus grandes editoriales cuentan con varias series del Oeste en activo.

Sirva esta introducción genealógica para enmarcar el cómic que nos ocupa. “Marshal Bass. Integral volumen 1”, publicado a finales de 2025 por Astiberri (traducción de Isabel Moragón), recopila los cinco primeros álbumes de esta serie, editados originalmente entre 2017 y 2019 por Delcourt, una de las tres grandes editoriales de bd. Si la citada “Undertaker” y otras siguen el modelo “Blueberry”, de manera casi mimética en lo visual, “Marshal Bass” es un wéstern atípico que se sale del canon Giraud. Primero, por su vocación de abordar el género desde el punto de vista de las minorías y oprimidos del Wild West: afroamericanos, indios, mujeres y marginados variopintos. En este sentido “Marshal Bass” tiene que ver de manera lejana con “El sargento negro” (John Ford, 1960) y, de modo más cercano, con el Tarantino de “Django desencadenado” (2012) y “Los odiosos ocho” (2015). Segundo, por su tratamiento estético, que se aleja del realismo idealizado de Giraud para abrazar el naturalismo grosero de violencia sucia, humor bruno y escenas procaces.

Que los autores de “Marshal Bass” sean los croatas Darko Macan (1966) e Igor Kordey (1957) puede explicar ese acercamiento oblicuo al wéstern, que evita tópicos de Hollywood y del cómic francobelga tradicional. Aunque ambos siguen residiendo en su Zagreb natal, los dos han trabajado para el comic book estadounidense: Macan como guionista de la recordada “Grendel Tales. Guerra de clanes” (1994-1996, dibujada por su compatriota el difunto Edvin Biuković) y otras obras; Kordey como dibujante de franquicias varias que incluyen títulos Marvel como “X-Men”, “Cable” o “Viuda Negra”. Es decir, conocen el “terreno” pero les separa una distancia geográfica y cultural.

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La cosa arranca en Arizona, 1875, con el protagonista a punto de ser ahorcado por error. Se trata de River Bass, un antiguo esclavo pronto convertido en ayudante de marshal, un personaje basado muy libremente en Bass Reeves, el primer marshal afroamericano de la historia, del que toma ciertos rasgos documentados, como su capacidad para disparar con ambas manos o su incapacidad para leer. El primer encargo de Bass será infiltrarse en una banda de forajidos negros liderada por un (canalla) blanco. “La única razón por la que ese coronel blanco quiere que seas su ayudante –dice Bathsheba, la mujer negra de Bass– es porque eres negro y quiere detener a una banda de negros. Es como mandar a un perro a cazar lobos”. Así se enuncia el gran tema de “Marshal Bass”, la historia de violencia y racismo que cimentó Estados Unidos. Pero el protagonista es un “héroe” bien dudoso: truhan, malencarado e imprevisible, incapaz de perdonar incluso a sus propios familiares, River Bass está lejos del tratamiento de la miniserie televisiva “Hombres de ley. Bass Reeves” (Chad Feehan, 2023), que retrata al marshal negro de manera más “digna” (= políticamente correcta). El Bass del cómic sufre el constante racismo de los blancos, sí, pero él mismo continúa la cadena de opresión maltratando como patriarca despiadado a su mujer y su familia.

El segundo álbum de la serie, “Asesinatos familiares”, es un relato macabro basado en un hecho real con giros chocantes muy divertidos, pero la joya de la corona es el tercero, “Su nombre es Nadie”, una obra maestra construida a base de equívocos tragicómicos, donde River Bass acude al rescate de su hija secuestrada por indios para encontrarse con un hijo bastardo, también indio, que no sabía que tenía. Conforme avanza, la serie aspira a ser un gran fresco del siglo XIX estadounidense que atraviesa diferentes estratos sociales, un poco a lo “The Wire” (David Simon, 2002-2008): la corrupción en la alta política, el submundo de una penitenciaría –“Yuma”, el cuarto álbum– o el inframundo de una fantasmal comunidad de lisiados de la Guerra Civil en el tomo cinco.

Si el guion de Macan, pleno de elipsis y diálogos mordaces, es sofisticado y adulto a pesar de ciertos altibajos, la estrella aquí es el dibujo de Kordey, una suerte de Richard Corben croata que brilla como nunca con su registro de caricatura realista de gran expresividad y potente claroscuro, muy inclinado a lo sórdido y grotesco, bien acompañado por un color naturalista (de Desko en el tomo primero, mucho mejor el de Nikola Vitković en los tomos segundo al quinto). Kordey también lo da todo a la hora de documentarse para dibujar paisajes y escenarios. Articulada como episodios autoconclusivos unidos por un hilo común, la “huida” imposible del protagonista de su propia condición y país, “Marshal Bass” abarca doce álbumes en total que serán recopilados en dos volúmenes integrales más. Un wéstern negro, y de humor negro, que merece pasar al canon alternativo del género. ∎

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