Si describo con detenimiento este plano es porque, desde ya, merece constar inscrito con letras doradas en las páginas de la historia catódica. Pero resulta que, entonces, entra el típico flashback que transporta al espectador hacia el pasado, diez días antes para ser exactos. Y a partir de ahí “De puntillas” despliega una ficción que, contra todo pronóstico, no juega al
whodunit que explique esta escena inicial –la sombra de la apertura en la piscina de “El crepúsculo de los dioses” (Billy Wilder, 1950) es bien alargada– porque, en definitiva, lo importante aquí no es quién es el asesino. Lo importante aquí es más bien el retrato sublime del choque entre dos identidades enmarcadas en un entorno familiar y un contexto social muy concretos. Además de extremadamente realistas y contemporáneos.
Por un lado está Clive Goss (colosal David Morrissey), el “monstruo” de la primera escena. Se trata de un señor con dos hijos de los que no sabe absolutamente nada, una mujer que lo desprecia y una acuciante dificultad para llegar a fin de mes con su oficio de manitas. Contra todo pronóstico, Clive resulta ser el personaje más complejo de la serie: es un tipo que se pasa las noches viendo contenido hiperviolento en su móvil y los días escupiendo teorías conspiranoicas –el VIH no existe, el COVID tampoco, todo es culpa de los inmigrantes– con las que intenta justificar su situación de mierda. A su alrededor se arremolina una familia nuclear tradicional rebozada en esos secretos que abundan cuando no puedes ser tú mismo frente a las personas con las que compartes el hogar. Clive es, en definitiva, símbolo absoluto de ese hombre heterosexual blanco que no comprende por qué no está en la cúspide de la pirámide socioeconómica que se le prometió de forma no expresa durante su crianza. Ese hombre heterosexual blanco que no sabe manejar un aturdimiento que se le enquista en rabia teledirigida hacia los culpables de su situación. Porque la culpa siempre es de los demás. Del otro. Del inmigrante. Del maricón.
Y precisamente la mariconería está en la base de la identidad del personaje contra el que choca el señor Goss: Leo Struthers (igualmente colosal Alan Cumming), el ahorcado de la primera escena. Se trata del dueño de un bar
queer en la icónica Canal Street de Mánchester, un hombre que a sus 60 años lleva una vida hipersexual y no se corta un pelo a la hora de exhibir su colorido plumaje. Leo, como solemos hacer los maricones, transgrede límites constantemente con sus comentarios y su comportamiento, lo que incomoda a los Goss. Su familia elegida está formada por sus amigos y por los trabajadores de su bar, por los que se preocupa de forma paternal. Y su contexto es especialmente descorazonador, porque estamos hablando de una comunidad LGTBIQ+ que en los últimos años ha visto cómo pierde derechos a la vez que es atacada cada vez con mayor virulencia, algo que queda sublimemente sintetizado en las intervenciones de Melba (Paul Rhys), una travesti que asume el papel clásico de pitonisa especialista en radiografiar la realidad y vaticinar la tragedia inminente.