El señor Edi Clavo (Madrid, 1958) escribe bien y sabe de lo que habla, como quedó expuesto en “Electricidad revisitada” (Milenio, 2015), “Camino Soria” (Contra, 2018) o “Viva el rollo! Una crónica de Rock & Rollo en la España de 1975” (Sílex, 2022). El antiguo batería de Gabinete Caligari regresa ahora con un opúsculo de acertado título si por “suite” entendemos aquella composición variada basada en una misma tonalidad. Clavo la usa para rememorar sus aventuras posadolescentes en dos momentos previos a la movida madrileña que titula “Wuppertal 1979” y “Madrid 1980”. Considerando que el autor de la icónica foto del single “Mari Pili” (1980), de Ejecutivos Agresivos, uno de los discos seminales de la nueva ola capitalina, fue un tal Eduardo García Clavo, llama la atención que el material gráfico en “Suite nueva ola” casi brille por su ausencia salvo por las dos instantáneas colocadas al principio de cada título y la fotografía de la cubierta del libro, procedente de aquellas mismas sesiones para Hispavox con Clavo, Ferni Presas (bajista de los Caligari) y la jovencísima Tina Rosenvinge, componente fugaz de Ella y Los Neumáticos, una de las “bandas nido” del rock siniestro nacional fundada por el primero y el sueco Lars Mertanen, futuro guitarra de Décima Víctima, a quienes el autor dedica cuatro capítulos del libro.
No creemos que sea tanto un detalle casual –o presupuestario– considerando la tonalidad menor en pretensiones historiográficas de un libro –recordemos que Clavo se licenció en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid– mayor en todo lo demás. Porque menos es más en sus apenas 164 páginas con índice onomástico –un bien editorial paradójicamente escaso en otros tomos de rango mucho más amplio–, expresivas en cada uno de sus párrafos de una intención clara: la de no aburrir al lector con más batallitas de las necesarias. Una muestra de ello es su penúltimo capítulo, “Bagatelas”, donde el protagonista cita una batería de vivencias por las que algunos matarían. Lo castizo, si breve y sobrio, mucho mejor. Abundando, tampoco dedica en este autodenominado “díptico subjetivo con carácter contrastante” más de cuatro páginas a cada una de las claves seleccionadas; entre ellas, “El concierto de Canito”, “La discoteca de Lars Mertanen”, “Onda 2”, “Un Rollo más de Jesús Ordovás”, “El escalón”, “Lou Reed en Usera”, “Los Ramones en Vista Alegre” o las viñetas dedicadas a Radio Futura, Alaska y Los Pegamoides o Zombies.
Clavo asegura entregar con pelos y señales “una serie de observaciones que han atravesado incólumes el discurrir de los años”, canjeando ferretería de barrio a granel por la supuesta cirugía exacta de su pluma con la disección que le permite un lapso temporal de casi medio siglo en un punto de inflexión de nuestra historia pop, virando para bien cuando aún se llevaba por aquí la pana con bigote protesta y retirao de peine de nailon. ¿Cómo es posible que se acuerde con tan engrasado detalle de todo lo que había que reparar en el Volkswagen de su amigo teutón antes de volver a España tras su aventura iniciática en Wuppertal? Adelantándose a su condición de historiador, ¿conserva acaso la factura del taller? El cronista recuenta, sin perder la distancia y compostura que exige el morlaco de la memoria, lo bien que se lo pasaba, o bien retrata lo que sucedía alrededor con claridad cincelada, gracejo secante –sobre Bryan Ferry: “Siempre parece que esté oliendo algo desagradable”– y altos estándares literarios con el empleo de términos cultos, costumbristas y hasta taurinos –“monosabio”, “pastueño”–, de esos que incitan con premio el uso del diccionario, además de teorizar astutamente sobre el esquema de esta novela autobiográfica como un “circuito mental” que parte de la realidad hacia la abstracción antes de retornar a otra vida por supuesto transformada.
Edi Clavo se saca del capote un opúsculo personal con conocimiento de causa para rememorar ese “pasado remoto, nebuloso pero real”, una lectura absolutamente imprescindible para quienes aún sientan interés en disipar la bruma primordial de la premovida madrileña. “Suite nueva ola” goza de la clase no precisamente turista de un músico pensante y ácido que opta por reivindicar sin complejos de pardillo el zeitgeist transformador de aquella nueva hornada de jóvenes petardos –entre 40 y 400 enterados, no más, según afirma él mismo–, deseosos de romper, sin prisioneros, con todo lo anterior, incluido Lou Reed, incluidos ellos mismos. Era tiempo de destruir para construir encima. Ya llegaría el tiempo de arqueólogos inopinados como este mismo testigo presencial, y fino baterista, que no elude las ascuas contextuales de la política –“El País Semanal”–, los traslados de eje –“Barcelona hizo flop”– o el cine –“Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”– para constatar el viraje de una generación efervescente para quienes “la actitud había devorado a la aptitud”. ∎