Cómic

Gerry Conway - Ross Andru

Superman vs. El Asombroso SpidermanPanini, 2026

La reciente muerte del guionista y editor estadounidense Gerry Conway (1952-2026) invita a volver a una obra que durante décadas ha ocupado un lugar extraño dentro de la historia del cómic estadounidense: demasiado importante para ser ignorada, demasiado imperfecta para figurar entre las grandes obras maestras del medio. Y, sin embargo, pocas publicaciones encapsulan mejor la idea del sense of wonder superheroico que “Superman vs. El Asombroso Spiderman” (DC-Marvel, 1976; Panini, 2026; traducción de Santiago García).

Hace cincuenta años, dos dólares –los comic books normales de la época costaban 25 o 30 centavos– podían comprar en el quiosco una pequeña puerta de entrada al paraíso: Superman y Spiderman compartiendo palmito y logos en portada por primera vez. Conviene recordar hasta qué punto aquello resultaba improbable en 1976. DC Comics y Marvel Comics no competían únicamente por ventas; representaban formas opuestas de entender el superhéroe. Mientras los personajes de DC seguían envueltos en cierta pureza mitológica heredada de otra época, Marvel había trasladado al superhéroe a un ecosistema urbano y neurótico, bien trufado de guiños al mundo real.

Ambos mundos chocaron porque un agente literario llamado David Obst se preguntó en voz alta por qué nadie había reunido todavía a los dos héroes más populares del planeta. La ocurrencia atravesó despachos, editoriales, departamentos legales y egos corporativos hasta convertirse en realidad. El capitalismo editorial, en uno de sus días inspirados.

Gerry Conway era la persona perfecta para aquel encargo imposible. Había guionizado decenas de números del trepamuros antes de desembarcar en DC Comics y familiarizarse con sus personajes emblemáticos. Esa doble ciudadanía editorial lo convertía en uno de los pocos guionistas capaces de escribir ambas voces sin impostar ninguna. Formaba parte, además, de la primera generación de jóvenes profesionales que habían crecido como lectores obsesivos antes de entrar en la industria. Sabía exactamente qué escenas necesitaban ver los fans porque él mismo llevaba años imaginándolas: ¿qué ocurriría si Spiderman conociera a Superman?, ¿se caerían bien o acabarían barriendo el suelo con su rival?

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El mismo Conway que había matado a Gwen Stacy y llenado las páginas de Spiderman de melodrama juvenil no necesitaba en esta ocasión de ninguna coartada para que el lanzarredes, residente en la Nueva York de Marvel, conviviera en el mismo mundo que el hijo de Krypton y habitante de Metrópolis, una de las ciudades estadounidenses ficticias de DC Comics. Bastaba con que el fan quisiera verlo. Sobre esta lógica emocional se levanta un esquema argumental que terminaría sirviendo de molde para casi todos los crossovers editoriales posteriores: dos héroes se enfrentan durante algunas páginas por un malentendido, pero acaban colaborando para salvar el mundo cuando dos de sus principales némesis, Lex Luthor y Doctor Octopus, acaban también por cogerle gusto a esto del universo compartido. Superman y Spiderman, sin ir más lejos, volverían a encontrarse en la inevitable e hipertrofiada secuela publicada en 1981 bajo el yugo editorial de Jim Shooter, con guion suyo y dibujos de John Buscema. Y, una vez enterrado el hacha de guerra editorial entre DC y Marvel, en este mismo 2026: nuevas reuniones de Superman y Spiderman con equipos creativos actuales.

En este primer encuentro de 1976, lo importante nunca fue realmente la trama ni las inevitables trampas de guion, como recurrir a la famosa radiación de sol rojo para justificar que Spiderman pueda sobrevivir físicamente a un enfrentamiento contra Superman sin quedar pulverizado en segundos. Lo importante es ver a Peter Parker observando fascinado a Superman como si fuese una celebridad o preguntando a su alter ego civil dónde están las cabinas telefónicas para cambiarse; a Clark Kent, tan aburrido que ni Lois Lane parece soportarlo a veces, desconcertado ante un hiperactivo Peter Parker que se mortifica por cometer siempre los mismos errores; o a los empresarios de prensa J. Jonah Jameson y Morgan Edge compitiendo por ser el jefe más hijo de puta del universo superheroico.

Los autores son conscientes del valor de la mercancía que venden. La primera página anuncia la batalla del siglo con la solemnidad de un cartel de boxeo; las cuarenta siguientes se dedican a retrasarla. El tebeo, de extensión muy considerable para su época, 92 páginas en total, tarda tres prólogos enteros en reunir físicamente a los protagonistas. Hoy ese ritmo parecería suicida, pero la espera forma parte del espectáculo. Cuando Superman y Spiderman se ven finalmente las caras en una inolvidable página doble, el efecto tiene menos de giro narrativo que de descarga física de una espera larguísima.

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Las páginas dedicadas al inevitable enfrentamiento superheroico llevan la firma del nunca suficientemente ponderado dibujante Ross Andru (1927-1993), que aprovecha el gigantesco formato Treasury, un tabloide extraordinario en el comic book, para desplegar una versión hipertrofiada de todas sus virtudes visuales. Había dibujado tanto a Superman como a Spiderman durante años y pocos artistas comprendían mejor el funcionamiento físico de ambos personajes. Su Nueva York de rascacielos vertiginosos, perspectivas imposibles y figuras lanzadas constantemente hacia el lector encuentra aquí el espacio perfecto. Cada una de las splash pages que contiene el tebeo, y no son pocas, parece concebida para acampar en las rodillas del lector. Que Carmine Infantino, editor de DC durante los setenta, sacara temporalmente a Andru del cómic más vendido de Marvel –“The Amazing Spider-Man”– era, más que una decisión creativa, un movimiento calculado dentro del tablero de rivalidad editorial. Perder durante dos meses al dibujante principal de Spiderman podía afectar las ventas de la competencia. Carmine lo sabía, pero lo hizo igualmente. Completaron el equipo gráfico Dick Giordano (1932-2010), entintador canónico en la DC de entonces –con ayuda no acreditada de Terry Austin y Bob Wiacek en el entintado de fondos– y Jerry Serpe (1919-2008) a los colores.

Años después también se supo que Neal Adams (1941-2022) redibujó discretamente el rostro de Superman en varias viñetas sin avisar siquiera a Andru, mientras John Romita Sr. (1930-2023), director de arte de Marvel, retocaba caras de personajes de su compañía a petición de Stan Lee. Este tebeo también inventó muchos de los vicios futuros del crossover moderno: las negociaciones obsesivas sobre quién recibe más páginas, quién gana cada escena o qué personaje no podía quedar visualmente subordinado dentro de la viñeta. Toda esa lógica corporativa disfrazada de equilibrio dramático aparece aquí por primera vez.

Ninguna de esas tensiones industriales consigue arruinar el placer que proporciona este cómic. Medio siglo después, “Superman vs. El Asombroso Spiderman” continúa transmitiendo la sensación de que algo extraordinario está ocurriendo entre nuestras manos. Al fin y al cabo, como recuerda el propio Parker, no todos los días dos leyendas vivientes hacen historia. ∎

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