Treinta años después de la publicación de “Trainspotting” (1993; Anagrama, 1996), Irvine Welsh (Edimburgo, 1958) sigue siendo una de esas raras figuras culturales capaces de moverse entre la literatura, la música y la crítica social sin perder ni un ápice de filo. Su nueva novela, “Hombres enamorados” (“Men In Love”, 2025; Anagrama, 2026; traducción de Arturo Peral y Laura Salas), retoma a Renton, Sick Boy, Spud y Begbie en la resaca emocional de los años de euforia química y hedonismo rave. Si “Trainspotting” era una novela sobre la adicción, la precariedad y la ausencia de futuro, esta se adentra en un territorio menos explorado dentro del universo de Welsh: el amor, la vulnerabilidad y la dificultad de construir una identidad masculina cuando la fiesta empieza a apagarse.
Nos encontramos con él en un hotel de Barcelona, cerca del Brit Under Fest, donde al día siguiente participará en una charla y ejercerá de DJ, una faceta que nunca ha abandonado del todo desde los años en que las pistas de baile y la cultura acid house moldearon buena parte de su imaginario. Durante la conversación hablamos de los treinta años de legado de “Trainspotting”, de cómo la adicción ha mutado desde la heroína hasta los algoritmos, de la crisis contemporánea de la masculinidad, de la desaparición de las contraculturas y del extraño destino de una novela nacida en los márgenes que acabó convertida en iconografía pop global. Pero también de algo que atraviesa su nueva obra de principio a fin: la idea de que, incluso en los personajes más dañados, siempre existe la posibilidad, por remota que sea, de seguir intentando encontrar una forma mejor de vivir.
“Hombres enamorados” tiene algo sorprendentemente vulnerable, no solo el título, sino el tono general. Se siente bastante tierno, algo poco habitual dentro del universo masculino de tu ficción. ¿Cuál era tu intención con eso?
Simplemente quería retratar a estos personajes en ese momento de sus vidas, mediados de los veinte, en que empiezan a tomarse el romance en serio y a orientarse hacia la búsqueda de una pareja real, una pareja que encaje con sus ambiciones personales, románticas y sociales.
Tus personajes masculinos suelen convertir la amistad en una especie de intimidad emocional deformada. Es como si solo pudieran expresar amor a través de bromas, violencia o sustancias. ¿Eso refleja tu experiencia de la masculinidad?
Creo que sí, en cierto modo. Cuando los hombres están juntos, existe ese elemento performativo en todo ello. Pero creo que, cuando entran en una relación, terminan desarrollando otro tipo de habilidades sociales. Tienen que volverse un poco más expresivos. Y me parece interesante reflejar eso porque están justo en el límite entre dos estados. Quizá lo que pasa es que crecemos dentro de una familia y, de niños, nuestra familia lo es todo. Luego nos rebelamos contra eso y aparecen los grupos de amigos, la pandilla, y ellos pasan a serlo todo para nosotros. Y después nos rebelamos también contra eso y aparece una pareja, un amante, una relación seria que se convierte en el centro absoluto de nuestra vida. Así que me interesaba retratarlos justo en ese punto de transición entre esas dos cosas.
Hay momentos en “Hombres enamorados” donde parece que los personajes intentan sobrevivir emocionalmente a su propia masculinidad. ¿Crees que los hombres atraviesan hoy una crisis real o simplemente la pérdida de una determinada narrativa de poder?
Ambas cosas. La división tradicional del trabajo, el mundo industrial y todo eso ha desaparecido. Y eso colocaba a los hombres en una determinada posición y les daba un cierto estatus dentro de la sociedad, algo que ya no existe. Así que ahora hay una búsqueda de un nuevo rol. ¿Qué hacemos? ¿Para qué estamos aquí? Existe una especie de crisis existencial. Y eso se está abordando de maneras muy distintas. Desde formas extremadamente tóxicas y misóginas, por un lado, hasta esta figura del “nuevo hombre”, emocionalmente conectado con sus sentimientos, por el otro. Creo que mucho de eso depende también del poder y de la riqueza, de dónde se sitúe cada persona socialmente. Como todo hoy en día, las cosas se están polarizando. Es una época interesante, pero también muy peligrosa.
A través de Sick Boy parece que exploras un tipo de masculinidad muy contemporánea. Él se considera a sí mismo una especie de aliado, alguien que dice odiar a los hombres y amar a las mujeres, pero al mismo tiempo resulta igual de misógino que los demás.
Claro. Él construye una ficción sobre sí mismo para justificar su propia existencia. Es extremadamente manipulador y ese es uno de sus mecanismos de manipulación. Como todos los grandes manipuladores y mentirosos, primero necesita creer su propia propaganda. Se fabrica un sistema completo de valores que no resiste el más mínimo análisis de la realidad. Y eso me parece fascinante: cómo la gente crea estas ficciones absurdas sobre sí misma y luego actúa como si fueran verdad.
Tus personajes suelen hablar con brutalidad, pero debajo de eso normalmente hay una enorme incapacidad para expresar ternura. ¿Te interesan más las personas dañadas intentando conectar que la autodestrucción en sí misma?
Sí. La autodestrucción no es tan interesante a menos que haya un intento de salir de ella. Ver a gente tropezando en la oscuridad no tiene interés salvo que estén intentando encontrar el interruptor de la luz. Eso es lo que lo hace interesante. Ahí es donde se golpean contra cosas, se caen, casi llegan… o quizá llegan. Como dicen: “Dios ama al que lo intenta”. Y el público siempre seguirá a los personajes si siente que están intentando ser mejores personas.
Si “Trainspotting” se hubiese escrito hoy, en una era de vigilancia digital permanente, smartphones y redes sociales, ¿crees que esos personajes podrían existir de la misma forma?
No, no de la misma manera. Estarían todos encerrados en habitaciones, con problemas de salud mental, mirando pantallas. No estarían saliendo a la calle de la misma manera.
Treinta años después de “Trainspotting”, parece que la cultura nunca salió realmente de aquella resaca. El libro sigue sintiéndose contemporáneo en una época igual de adicta, solo que ahora las sustancias son algoritmos, validación y dopamina digital.
Los dos grandes temas del libro eran la crisis existencial derivada del final del trabajo y el fin del empleo estable. De eso iba realmente “Trainspotting”. Y la adicción era una forma de sustituir todo eso. Y esos dos problemas son hoy más grandes que nunca. Como dices, las drogas callejeras son ahora la parte más pequeña de la adicción. Vivimos en una sociedad completamente orientada hacia la adicción. Una economía de la adicción basada en pequeños golpes de dopamina. Es una puerta de entrada a todo lo demás. No puedes mirar alrededor, ver a la gente pegada a sus teléfonos y decir que eso no es una adicción. Todos vivimos en precariedad. Nadie sabe qué va a pasar mañana, si podrá ganarse la vida o no. Esos eran los problemas a los que se enfrentaban aquellos personajes entonces y ahora son los problemas de todo el mundo.
Mucha gente habla de los noventa como una era hedonista, pero releyendo tus libros hoy aparece también un enorme dolor relacionado con la clase y el abandono social. El thatcherismo está en todas partes aunque nunca se mencione directamente. ¿Te molesta cuando la nostalgia britpop borra esa parte de la década?
Sí. Lo curioso de los noventa es que fueron una celebración de la cultura británica, pero también una misa funeral para esa misma cultura. La gente inteligente de aquella época entendía que estábamos empaquetando nuestra cultura para venderla al resto del mundo a través de internet y que, una vez hecho eso, desaparecía para siempre. Ya no incubamos la cultura dentro de nuestras comunidades. Simplemente la lanzábamos online. Creo que mucha gente entendía, en el fondo, que aquello era el final de la cultura británica tal y como la conocíamos.
En aquella época parecía que la cultura juvenil todavía podía crear mundos enteros: escenas, clubs, lenguajes, estéticas, ideologías. Hoy todo parece más fragmentado y acelerado. ¿Crees que todavía es posible una verdadera contracultura?
Sí, lo creo. Pero no creo que pueda existir online. Veo pequeños fragmentos de eso cuando viajo a distintas ciudades: bandas locales tocando para gente local, DJs desarrollando sonidos propios, lecturas de poesía, grupos de escritores… Aunque todo eso termine en Instagram, nadie está realmente mirando. Hay demasiada contaminación. Estamos obligados a publicar constantemente, pero nadie presta verdadera atención. Creo que las cosas todavía están ocurriendo, pero en cuanto una idea tiene que existir online, empieza a morir. Hay que mantener las cosas dentro de la comunidad el mayor tiempo posible antes de exhibirlas.
Cuando salió “Trainspotting”, la heroína era el símbolo definitivo del nihilismo juvenil. Ahora vivimos una época mucho más farmacológica: microdosis, ketamina, antidepresivos…
Creo que aceptamos que cualquier droga puede ser una celebración de la alegría de vivir o una vía de escape de sus horrores. Lo increíble es que sigue existiendo una enorme desinformación sobre las drogas y sobre lo que realmente está ocurriendo. Si miras la explosión de ketamina en las zonas pobres de Estados Unidos, básicamente es una droga de suicidio para gente que siente que ya no le queda nada. Pero no podemos decir eso porque implicaría reconocer que enormes sectores de la población ya no tienen un lugar dentro de la sociedad; ya no son económicamente ni socialmente viables dentro del mundo que hemos construido.
Hay algo fascinante en tu obra sobre la tensión entre euforia y vacío: la noche como liberación, pero también como forma de evitarse a uno mismo. ¿Crees que la cultura rave fue genuinamente espiritual o simplemente otra manera elegante de desaparecer?
Ambas cosas. Había una enorme sensación de comunión, camaradería y trascendencia. Pero si permaneces demasiado tiempo en cualquier escena y haces lo mismo durante demasiados años, termina convirtiéndose en otra forma de compulsión hedonista. Creo que de cada escena tienes que aprender algo y luego seguir adelante. Puedes volver de vez en cuando, divertirte, integrarlo en tu vida social. Pero hacer lo mismo cada fin de semana –como hacía yo entonces– termina destrozándolo todo. Hay que encontrar equilibrio en las cosas.
Algunos escritores terminan atrapados por sus personajes más famosos, pero en tu caso volver al universo de “Trainspotting” parece más una conversación continua con el tiempo. ¿Qué ves ahora en Renton, Sick Boy o Begbie que no podías ver en los noventa?
Lo interesante de todos ellos es que siguen intentándolo. Ninguno se ha rendido. Incluso Begbie, en su camino de violencia y posterior redención, sigue luchando. Todos están eligiendo la vida a su manera. Renton sigue intentando salir adelante. Sigue interesado en el amor. Sick Boy también, aunque de formas improbables. Y Spud continúa resistiendo hasta el final. Todos siguen peleando por encontrar la mejor versión posible de sí mismos. ∎

Más de treinta años después de “Trainspotting” (1993; Anagrama, 1996), resultaría fácil acusar a Irvine Welsh de vivir de la nostalgia. Sería también un diagnóstico demasiado simple. “Hombres enamorados” (“Men In Love”, 2025; Anagrama, 2026; traducción de Arturo Peral y Laura Salas) vuelve a Renton, Sick Boy, Spud y Begbie, sí, pero lo hace desde un lugar distinto. Ya no se trata tanto de la heroína, de la violencia o de la rabia como motores narrativos. Lo que interesa es observar qué ocurre cuando esos hombres descubren que enamorarse puede resultar mucho más desconcertante que drogarse.
La novela se sitúa inmediatamente después de los acontecimientos de “Trainspotting”. Renton intenta reinventarse en Ámsterdam; Sick Boy asciende socialmente sin dejar de ser Sick Boy; Spud sigue peleando contra la precariedad y contra sí mismo; Begbie continúa orbitando alrededor de la violencia. Pero aquí Welsh ya no escribe únicamente sobre la supervivencia. Escribe sobre la posibilidad –o la imposibilidad– de construir una vida.
Como es habitual, la novela está poblada por personajes egoístas, manipuladores y contradictorios. Sick Boy continúa siendo uno de los grandes embaucadores de la literatura contemporánea; Begbie sigue generando tanta fascinación como rechazo, y Spud conserva esa humanidad desesperada que siempre lo ha convertido en el corazón moral de la saga. Welsh no intenta redimirlos. Lo que hace es concederles algo más interesante: la posibilidad de seguir intentando convertirse en personas mejores.
Quizá ahí reside la mayor virtud del libro. La autodestrucción, parece decir Welsh, solo tiene sentido cuando existe un deseo de encontrar una salida. Sus personajes siguen tropezando, mintiendo y saboteándose, pero ya no parecen impulsados únicamente por el impulso de destruirlo todo. También buscan amor, estabilidad y una versión más soportable de sí mismos.
También resulta inevitable leer “Hombres enamorados” desde el presente. Welsh insiste en que “Trainspotting” nunca fue únicamente una novela sobre la heroína, sino sobre el final del trabajo estable y la búsqueda desesperada de sustitutos. Tres décadas después, las drogas solo representan una pequeña parte de una economía mucho más amplia de la adicción, dominada por algoritmos, dopamina y precariedad. Esa lectura convierte “Hombres enamorados” en algo más que un ejercicio de nostalgia: funciona como un puente entre dos épocas que, en el fondo, comparten las mismas heridas.
No es una novela que pretenda repetir el impacto de “Trainspotting”. Tampoco lo necesita. Lo que propone es algo más modesto y, quizá por eso, más honesto: volver a unos personajes icónicos para descubrir que crecer nunca consiste en dejar atrás el caos, sino en aprender a convivir con él. Porque, incluso después de todo, Renton, Sick Boy, Spud y Begbie siguen haciendo lo mismo que hace treinta años: eligiendo la vida, cada uno a su manera. ∎