El año pasado fue agitado para el periodista Jacobo Rivero (Madrid, 1974). Por un lado, rescató la vida del mítico bar Candela –laboratorio musical, refugio cultural y termómetro social de Lavapiés durante cuatro décadas– con su obra “Candela. Memoria social de un Madrid flamenco” (Altamarea, 2025). Por otra parte, se reeditó su libro “Bulbancha. Música, calle y resistencias desde New Orleans” (2021; Siglo XXI, 2025). En el tomo sobre el Candela, su último libro hasta la fecha, narra desde sus entrañas un pedazo esencial del país. En conversación con el autor, emerge un retrato de una ciudad que transforma, mezcla y también destruye, mientras el flamenco y su gente luchan por conservar un patrimonio que no se dejará extinguir.
De España se sabe que su parlamento más honesto reside frente a la barra de un bar. Es en ese Triángulo de las Bermudas donde confluyen las conversaciones, ritos y anécdotas que sirven de argamasa para el nexo social. Algunas tabernas se convierten así en abrevaderos de ideales políticos contestatarios, o garantistas, mientras que otras se alzan como megáfonos culturales. Lugares que sirven bufé libre tanto para los lotófagos ansiosos de la desinhibición como para quienes aspiran a encontrar el tesoro de una idea que los empuje a las gozosas costas de la creación.
Pero a veces, muy de vez en cuando, la evolución urbana da a luz a lugares que están destinados a reinar en la memoria porque consiguen hacer confluir todas las expectativas. Garitos que reúnen la fauna al completo, convirtiéndose en el escaparate de un safari donde pueden verse luchas ideológicas junto a efluvios artísticos, lo mismo que a refugiados inadaptados abrazándose hasta desvirgar la madrugada junto a una jet set de postín. Y uno de aquellos oasis, no solo si hablamos de Madrid sino de España entera, tuvo por nombre Candela.
El Candela ingresó en las filas del imaginario cultural patrio por muchos motivos. Como trampolín del flamenco, supo reunir a los mejores en condiciones hogareñas, lo mismo que ofreció cobijo a los aspirantes y mediocres amantes del género. Como Piedra de Rosetta del barrio de Lavapiés, el Candela se convirtió en el puerto a donde iban a parar todos los náufragos de la noche, sin importar condición, estilo o cartera. Y ahora, como le es propio, Jacobo Rivero lo ha convertido en el protagonista de su libro: un repaso por este icónico emplazamiento que abrió sus puertas en 1982 y cerró en 2022 antes de su reapertura en 2025, y que sirve al autor como escenario para analizar un género musical, un período histórico, un lugar de culto y, en definitiva, un retazo de la memoria nacional.
¿Qué te llevó a pensar que la historia del flamenco en Madrid podía contarse desde el Candela?
Llevaba tiempo dándole vueltas a que el flamenco de Madrid, y especialmente el de esta zona, no estaba bien contado. No había un relato sólido. Y pensé que el Candela podía ser una buena percha para hablar no solo del flamenco, sino de los cambios que ha vivido el barrio en cuatro décadas. Al final quería hacer un homenaje doble: por un lado, al propio Candela, y por otro, al lugar en el que estaba, que tiene una identidad muy marcada.
Cuando hablas del barrio, dices que en Lavapiés siempre ha habido algo especial, una especie de refugio cultural permanente. ¿Qué características destacarías de la zona para entender por qué aquí ha pasado lo que ha pasado?
Este siempre ha sido un barrio-refugio. Un barrio que acogía. Por aquí han vivido músicos, escritores, pintores… muchísima gente vinculada a la cultura. Y además para el flamenco es un lugar esencial: aquí al lado nació la guitarra flamenca con Ramón Montoya. Por estas calles han pasado Gloria Fuertes, Pepe Isbert, Ana Belén… Y, por supuesto, toda una mezcla constante de procedencias. Siempre hubo inmigración marroquí, africana… Ese mejunje cultural influye en todo: en la manera de vivir, en la manera de relacionarse y también en la mirada flamenca.
Hablando del primer Candela, ¿crees que estar en este barrio permitió un tipo de flamenco más abierto, menos ortodoxo, una mezcla que quizá en lugares más puristas no se habría dado?
Sin duda. El Candela lo habitábamos muchas tribus. Esa mezcla, sobre todo en la parte de arriba, hizo que muchos flamencos ampliaran su mirada, investigaran, se acercaran a otros sonidos. Y ahí Enrique Morente fue la referencia. Él era un asiduo y, de alguna manera, el padrino espiritual del lugar. Su presencia marcaba un horizonte. Y junto a él, toda esa generación de guitarristas que encontró en el Candela un laboratorio musical.
Has usado varias veces el “nosotros”, como alguien que también era parte de ese ecosistema. ¿Cómo recuerdas tú tu llegada al Candela? ¿Qué significó para ti ese espacio?
La primera vez que entré fue a finales de los años ochenta. Éramos tres chavales, casi niños, con estética punk. Desde el primer momento nos sentimos bien recibidos. Eso no era lo habitual en una época socialmente complicada. Esa sensación de acogida hacía que el bar se convirtiera en algo tuyo. Esa fue la virtud del Candela: todo el mundo podía entrar, nadie miraba con recelo al foráneo. Eso te hacía volver y volver y volver.
¿Recuerdas alguna anécdota que capture bien ese mestizaje, ese ambiente donde convivían personas y estéticas tan distintas?
Muchísimas. Por ejemplo, estar en la barra con Tomasito y que entrara un grupo de punkis con crestas de colores y acabar medio abrazados. Allí se mezclaba todo. O que Paul Laverty e Icíar Bollaín se hicieron novios allí. La barra invitaba a hablar con quien tuvieras al lado, a compartir. El libro podría haber sido una sucesión infinita de anécdotas, pero preferí centrarlo más en la mirada flamenca y en cómo el Candela miraba el mundo y lo que venía de fuera.
Se ha dicho mucho que tu libro no es solo sobre un bar ni solo sobre flamenco, sino sobre todo el ecosistema que los rodeaba. ¿Cómo lo ves tú?
Un director de cine me dijo que, para él, el libro era “la historia de España contada desde un bar”. Y es verdad: ahí estaba la guerra civil, el franquismo, la transición, la movida madrileña… Todo condensado en un lugar. Pero además el libro sale de las cuatro paredes del bar, camina por otros lugares y otras memorias. Me gustó mucho esa lectura.
En Francia se hablaría de cafés o teatros. En España, para hablar de cultura, hay que hablar de bares. En Lavapiés eso parece casi una ley. ¿Qué papel crees que han tenido lugares como el Candela en la vida social del barrio?
Aquí las tabernas siempre han sido fundamentales. En el franquismo y en la transición eran espacios de confabulación, de cuidados, de resistencias. Y el Candela heredó todo eso. Por aquí pasaban todas las luchas sociales del barrio. El primer concierto de la Peña Chaquetón fue en la plaza de Cabestreros, hoy Nelson Mandela, organizado por la asociación vecinal. En Lavapiés las asociaciones de vecinos y los movimientos sociales han sido esenciales. El Candela absorbía todo eso: convocatorias, celebraciones después de una mani, lo que hiciera falta.
Dices que te interesa un periodismo que no se fija solo en lo inmediato, sino que cuida la memoria social. ¿A qué te refieres exactamente?
Creo que se olvida mucho el contexto. Se hace periodismo sobre hechos concretos o sobre personajes brillantes, pero se pierde la atmósfera social. Pasa con la movida madrileña: parece que la inventaron cuatro personas brillantes, que las había, pero la movida era un clima. No puedes hablar de Madrid sin hablar de los heavies, de los punkis, del paseo de Camoens con The Smiths ante 200.000 personas, o de Camarón en el Palacio de los Deportes con 15.000 en 1985, o de la revista ‘Madriz’. Mi trabajo intenta rescatar ese conjunto. Escarbar para que no quede un relato reducido a cuatro protagonistas.
Me han contado historias muy gráficas: Camarón entrando casi a escondidas a la gruta de abajo y otras tantas...
Sin ir más lejos, Morente bajaba muchas veces de casa en pantuflas. La cueva tenía un acceso por detrás por donde entraban las bebidas, y por ahí también se colaba medio mundo. Para cualquier flamenco que actuaba en Madrid, fuera donde fuera, después venía al Candela. Porque era como estar en casa. Miguel Aguilera, su fundador, logró eso. Y sobre todo porque era un lugar donde todo podía ser posible en una noche.
¿Recuerdas alguna noche especialmente singular que resuma esa magia?
Una que cuento siempre: estar con una documentalista de Nueva Orleans y aparecer un gitano que había vivido doce años en el Bronx. Hablaba como un neoyorquino total. La conversación fue increíble. Y cómo conectaba Nueva Orleans con los flamencos hablando de música negra… Era muy fuerte. Ese tipo de encuentros solo se daban ahí.
Hiciste muchas entrevistas para el libro. ¿Cuál fue especialmente intensa o reveladora?
Dos. Pablo Tortosa, uno de los fundadores del Candela, sindicalista de Comisiones Obreras, amigo de Chano Lobato, José Menese, José Mercé… Su mirada era impresionante. Y La Tati: bailaora nacida en el Rastro en plena posguerra, que acabó bailando en los cinco continentes. Pasamos dos horas hablando con un vino oloroso y fue pura verdad. Muy flamenco en el sentido más profundo del término.
Has dicho alguna vez que escribir este libro fue también un ejercicio de memoria personal. ¿Ha cambiado tu relación con el barrio o con el propio Candela después de investigarlo y volver a escucharlo a través de tantas voces?
Sí, sin duda. Volver a escuchar a tanta gente te recoloca. Te das cuenta de que el Candela no era solo un bar donde pasaban cosas, sino un lugar que ayudó a sostener a muchas personas en distintos momentos de su vida. Y te recoloca también el barrio. Cuando te pones a tirar del hilo histórico, político, cultural… cuando ves cómo se entrelazan las luchas vecinales, la inmigración, la música, los cambios urbanos… entiendes que este no es un barrio cualquiera. Creo que el libro me ayudó a ordenar todos esos recuerdos y a verlos no como nostalgia, sino como una memoria viva. Algo que sigue latiendo.
Para acabar, ¿cuál es la situación del flamenco en el imaginario cultural español? ¿Crees que hay voluntad de preservación desde lo público?
En la educación pública no se habla absolutamente nada del flamenco. Si se habla, es de pasada o mediante tópicos. En los medios de comunicación públicos hay poquísimo espacio dedicado al flamenco y a la música en general, pero al flamenco en particular. Por tanto, lo que hay es una carencia desde el otro lado, no tanto una contradicción entre gentrificación y turismo por el apoyo institucional, sino precisamente por la falta de ese apoyo. Durante la pandemia se habló de hacer giras e incluir el flamenco en el currículo de las escuelas, pero no se hizo nada. Además, han cerrado espacios dedicados al flamenco; por ejemplo, aquí en Madrid cerró Casa Patas, un edificio entero consagrado al flamenco, y la administración no hizo absolutamente nada para evitarlo, ni el ayuntamiento, ni la Comunidad de Madrid, ni el Ministerio de Cultura. Era un lugar al que venían músicos de todo el mundo y alucinaban, no podían creer que existiera un edificio así. No me imagino que en Nueva York cerraran el Blue Note o el Lincoln Center. El flamenco es patrimonio inmaterial de la humanidad, y tiene más sentido que lo protejamos. Sin embargo, Madrid es una ciudad que tritura su patrimonio, incluido su patrimonio social. ∎