A los 84 años, Joan Baez (Nueva York, 1941) ha hecho muchas cosas: cantar en la Marcha sobre Washington, ir a la cárcel por negarse a pagar impuestos, enamorarse de Bob Dylan, dibujar a Patti Smith, hacer ayuno público contra la guerra de Vietnam, cantar en español, en cárceles, en funerales. También tuvo tiempo para hacer terapia intensiva, reconciliarse con las voces que la habitaron y escribir poesía.
Voz clave del folk de los años sesenta y figura activa en la lucha por los derechos civiles, publicó en Estados Unidos su primer libro de poemas “Cuando veas a mi madre, sácala a bailar” (“When You See My Mother, Ask Her to Dance”, 2024; llegó en abril de este año a España en edición bilingüe con traducción de Elvira Valgañón). Este no intenta explicar su vida ni celebrar su legado: es un cuaderno disperso, recuperado desde cajas, ordenadores antiguos y voces internas. El título nace de una escena imaginaria inspirada por su madre y el tenor sueco Jussi Björling, mientras ella los observa con un ponche en la mano.
El libro reúne poemas escritos a lo largo de más de tres décadas, con un tramo especialmente intenso entre 1991 y 1997 tras ser diagnosticada de trastorno de identidad disociativo. Algunos poemas están firmados –literal o simbólicamente– por esas otras voces. Lo interesante –y casi inevitable– es asomarse antes por el documental “Joan Baez. I Am A Noise”, porque ayuda a entender desde qué lugar se construye todo esto.
Sinceramente, no todos los poemas ni notas son grandiosos, pero tampoco es la intención. Hablemos de “Vivian”, dedicado a su madre, con la escena de una hija leyéndole a ella moribunda mientras esta susurra el nombre de la suya. “Gold Leaf” condensa el deseo, la caída del mito. Ese momento exacto en que los hombres y muchachos se desprenden de su piel de pan de oro al rodar por su cama. “Dear Leonard” es una carta escrita en voz baja a Cohen, firmada junto a otra de sus voces, Yasha.
La gratitud como gesto de reconocimiento aparece en “Colleen” (Colleen Creedon, amiga cercana a la artista), que acaba con ese “Te echo de menos. Te quiero. Solo es cuestión de tiempo”. También nos encontramos en “Los alegres trompetistas” con imágenes coloridas, casi alucinadas hacia la muerte. En “La Poesía y yo” explica cómo la poesía es como el amor y no puede forzarse. O en “Afraid” habla del miedo y de contar segundos para aguantar el día: “1001, 1002, el avión aterrizará…”.
Hay algo de beat y algo de folk, algo de oración pagana y algo de confesión sin fe. Hay fragmentación y trauma, y hay un intento de ordenar el caos con palabras. Su poesía quizá no funcionaría igual sin el eco de su historia y su música detrás, pero al final son apuntes de una vida en tránsito: sus hermanas, amores, sus padres, su entorno, la niña que fue y la activista que sigue siendo. Todo esto es conmovedor. No solo sobrevivir, sino trascender la supervivencia. ∎