El principal valor de este libro es su equilibrio entre lo emocional y lo analítico. El logrado balance entre lo intangible y lo científico. Que resulte igual de fiable ante lo que se puede cuantificar y ante lo que resulta imposible de destilar en datos. La convivencia entre la pasión y su entraña: la dopamina, la oxitocina y todas esas hormonas y neurotransmisores que explican por qué nos pirra tanto toda esta mandanga, la música sin la cual apenas podríamos vivir. Y por supuesto, como factor diferencial, un punto de vista que difícilmente se me antojaría plausible desde un prisma estrictamente masculino. La galesa Jude Rogers (Swansea, 1978) lleva cerca de tres décadas ejerciendo el periodismo musical en medios como ‘The Guardian’, ‘The Observer’, ‘Mojo’ o ‘NME’, y con este trabajo se propuso exorcizar una experiencia personal que la marcó de por vida: en el umbral de su domicilio familiar, su padre se despidió de ella para una operación rutinaria. No volvió. La anestesia tuvo la culpa de la fatalidad. Murió sin salir del quirófano. Lo último que le dijo a la pequeña Jude (solo 5 años) es que tomara buena nota de quién sería el número uno de ‘Top Of The Pops’ al día siguiente, martes, para contárselo cuando este volviera a casa el viernes. Sentarse juntos ante la tele para ver el programa de la BBC era una tradición. Pero ya no hubo más programas juntos.
Aquí lo de menos es que la autora escoja varias canciones de ABBA, Neneh Cherry, R.E.M., Kraftwerk, Kate Bush, Talk Talk, Martha Reeves & The Vandellas o Prefab Sprout para titular cada uno de los capítulos, alimentando aquel modus operandi que instigó Nick Hornby hace más de dos décadas. Su visión del pop es omnívora y desprejuiciada: por algo se curtió en ‘Smash Hits’, cantera de mujeres que escribían de música en un tiempo en el que no era demasiado común (bueno, lamentablemente, sigue habiendo una infrarrepresentación, por diversos y complejos factores). Uno de sus pasajes es toda una declaración de intenciones: “La prensa musical no nos anima a creernos por encima de los demás, con cara seria y engreída. Nos hace querer disfrutar todos juntos de este glorioso asunto”, afirma. Y aprovecha un poco antes para reivindicar el trabajo de pioneras como Miranda Sawyer, Vivien Goldman, Penny Valentine, Caroline Coon o Robin Green. La escritora británica es de esas periodistas que no tienen reparo alguno en reconocer que les gusta hacerse un selfi tras entrevistar en persona a alguno de sus ídolos, pese a no ser rehén de una mitomanía desbocada. Y hace muy bien. Que tire la primera piedra quien no lo haya hecho alguna vez (no seré yo, desde luego).
Lo realmente mollar de “La banda sonora de nuestras vidas” (“The Sound Of Being Human. How Music Shapes Our Lives”, 2022; Libros del Kultrum, 2026; traducción de Gabriela Bustelo), singular y delicioso ensayo destinado a convertirse en un clásico de la literatura musical –a mí me lo descubrió el periodista esloveno Jaša Bužinel en un Monkey Week hace tres años: se lo agradeceré siempre–, es su exquisita sensibilidad para explicar cómo las canciones modelan nuestra percepción de la vida. Cómo nos regalan herramientas para transitar por el mundo y jalonar nuestra existencia, y nos inspiran un orden, una armonía, una escala de valores desde los cuales disfrutar –y sufrir– porque el aprendizaje personal, la madurez, la expresividad, el talento, la nostalgia, el carácter e incluso la muerte son cuestiones que siempre se pueden abordar con la música ejerciendo de catalizador principal. Como dijo una vez Rob Sheffield, autor de esa otra joya que fue “Vives en las cintas que me grabaste. Una historia de amor y pérdida” (2007; Blackie Books, 2018), nunca llegaremos a comprender los millones de caminos mediante los cuales la música une a las personas. Y eso, por cursi que suene, es parte de esa magia con la que ninguna otra manifestación artística consigue empatar. ∎